• Han hecho del humor irreverente y gamberro su seña de identidad, y llevan dos décadas haciendo reír a espectadores de los cinco continentes con su sello único. Ésta es la historia de una de las compañías de teatro gestual más reconocidas a nivel internacional.


Los hermanos David y Marcos Ottone, Juan Ramos, Fidel Fernández y Joseph O’Curneen son los cinco pilares sobre los que se asienta Yllana, una compañía madrileña fundada en 1991, que se ha convertido en una fábrica del humor cuya base de operaciones se encuentra en el Teatro Alfil.

Juntos, han producido 17 espectáculos, de los que han disfrutado más de un millón de personas en todo el mundo. Han conquistado el éxito en Nueva York con 666, el montaje que les puso “en boca de todos”, dice Ramos, y con el que se mantuvieron tres meses en la cartelera del Off Broadway. Una hazaña que no están dispuestos a olvidar fácilmente, pues David guarda “como oro en paño” la crítica que entonces les hizo el New York Times, así como el Playbill de la función, nos confiesa.

El principio

Pero los comienzos fueron duros. “Empezamos pateándonos la noche madrileña, actuando en cabarets y cafés-teatro”, relata O’Curneen. Incluso, tuvieron que trabajar entre las mesas de un restaurante mientras la gente comía “porque era la única forma de llegar a fin de mes”, apunta Ramos. Sin embargo, ellos siguieron adelante. “Poníamos en pie nuestros pequeños montajes, sin grandes pretensiones, con el único objetivo de entretener al público, y divertirnos haciendo lo que más nos gustaba”, explica O’Curneen.

¡Muu! fue su primer espectáculo. Esta parodia de la tauromaquia que, desde el absurdo, sigue de cerca un día en la vida de cuatro disparatados toreros antes, durante y después de su encuentro con el toro, obtuvo la Courge d’Or al mejor espectáculo extranjero en el Printemps des Courges de Toulouse (Francia) en 1993.

Después llegó Glub, glub (1994), donde Yllana se vestía con gorro de baño y camiseta a rayas, cual marineros, para motivar galeones a latigazos, hacer surf con tiburones, o salvar tempestades. Con él, la compañía se embarcaba en un humor aún más disparatado, con una pincelada salvaje, característica que potenciaron a gusto en su siguiente montaje: 666 (1998).

Haciendo amigos

Un año más tarde llegaría su primera producción para otros artistas: Hipo, de los Sexpeare, a los que descubrieron en los cafés-teatro de la noche madrileña. Éste fue el principio de una nueva faceta, que han continuado con varias coproducciones con los valencianos Imprebís, como Monty Python’s Flying Circus y Musicall; y más recientemente con el músico y compositor Ara Malikian, con el que han creado Pagagnini; y con Bulbul, con quien han estrenado Sensormen.

Además, han prestado su ayuda en la dirección y el asesoramiento humorístico de grandes producciones, como el musical Avenue Q, comedias como Fuga, o montajes de pequeño formato, como Glorious o Stradivarias.

“Nos gusta juntar nuestra energía, nuestro input creativo, con otras cosas que no tengan nada que ver con nosotros, para aprender”, explica David. “Ya hemos demostrado que podemos hacer humor con música clásica, con música electrónica, que podemos traer gente del extranjero para conocer el humor de otros países… Nos gusta el humor, e investigar sobre él, llevarlo más allá”, añade Ramos.

El Alfil

Y todo eso lo hacen desde su centro de operaciones de la madrileña calle Pez: el Alfil, un teatro que empezaron gestionando en 1996, para comprarlo diez años después. “Nuestra relación con el Alfil es histórica, porque aquí surgió nuestra primera oportunidad en un teatro, y aquí nos sentimos en casa, podemos mostrar nuestro trabajo con libertad y programar lo que queremos, sin censuras de ningún tipo”, comenta Fernández.

De hecho, en esta sala han programado algunas piezas que han levantado muchas ampollas, como Me cago en Dios, de Íñigo Ramírez de Haro, calificada de “blasfema”, sometida a juicio, y reestrenada en el Alfil con grandes medidas de seguridad, tras la agresión que sufrieron su autor y el intérprete de la función, Fernando Incera, en el Círculo de Bellas Artes. O La revelación, de Leo Bassi, que les supuso la colocación de un artefacto incendiario antes de una de las funciones.

Pese a ello, Yllana ha seguido apostando por este artista, de cuyos espectáculos se han convertido en distribuidores, como también lo han hecho con Elliot, Avner the Eccentric, Josep Collard y Krosny.

“Siempre nos ha gustado apostar, arriesgar, y eso nos ha permitido hacer muchas cosas”, dice David. Entre esas “muchas cosas”, está la creación de una escuela de gags, y del Festival Internacional de Humor, que desde 1995 se celebra en Madrid.

Nuevos horizontes

Ahora acaban de abrir el 666 Coctail Bar, para “dar oportunidades a nuevos cómicos”. Y a finales de mayo estrenaron la segunda temporada de la serie Chic-Cas, coproducida con el canal Paramount Comedy, donde se emite.

Pronto volverán con un ¡Muu! renovado, y un nuevo espectáculo de variedades, al que han bautizado The hole, que están “cocinando a fuego lento” con Paco León.

Lo próximo, “montar un restaurante a través del Club Alfil, y seguir buscando nuevas vías, abrir nuevas puertas”, desvela David. Pero, sobre todo, seguir divirtiéndose, porque, “si no nos divertimos, no llegamos al corazón de la gente”, sentencian.

¡Riámonos con ellos!

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