Verdades encerradas

CRÍTICA DE Tape

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Lo primero que se escapa por la puerta son los hechos, lo que realmente ocurrió. Después, se quedan bailando en la habitación (o en la sala de fiestas) los recuerdos y las interpretaciones en la mente de aquellos que vivieron aquellos momentos, tanto protagonizándolos, como simplemente asistiendo a ellos. Y aunque hay quien llega a deshacerse incluso de esa memoria, siempre queda algo dentro, algo que anida e incluso va haciéndose más grande con el tiempo.

TAPE

De ese modo, en Tape, de Stephen Belber, las vidas de tres compañeros de instituto se separan tras el último curso compartido, dejando en el aire (o más bien en las obsesiones internas) preguntas sin responder, cuentas no saldadas y tabús entre amigos. Diez años después, uno de ellos decide forzar el reencuentro: el de tres personas distintas de aquellas que un día fueron, antes de separarse y desarrollar estilos de vida radicalmente distintos.

A pesar de la distancia, todos son capaces de recuperar lo que un día fueron, sacar a primer plano el recuerdo de aquella fiesta que lo cambió todo, y con ello descubrir las heridas aún no curadas. La memoria descubre las diferentes formas de evolucionar: la culpa, la superación, el error. En este caso, la dirección de Bruno Ciordia saca a relucir esa disparidad, las distintas perspectivas que miran extrañadas un momento del pasado y descubren en los otros cosas que no hubieran sospechado.

Incluso cuando la historia se hace previsible y desaprovecha los elementos de sorpresa, el espectáculo consigue mantener el interés del espectador gracias a un tono bien medido entre los tres actores. La cercanía del público con ellos –en sintonía con la habitación de motel en que se encierra la acción y la memoria- ayuda a que se mantenga tensa esa cuerda rítmica, que va conduciendo poco a poco al encuentro final con una verdad contradictoria.

Fran Calvo cala perfectamente a su Jon, con una solidez inicial convencida de no ser capaz de hacer ni decir lo que finalmente confiesa, mostrando la debilidad de su personalidad y su memoria. Jano Sanvicente añade el nervio a la obra, en ocasiones descompensado, aunque siempre entregado. Y Yolanda Vega aporta el equilibrio entre ambos, jueza en el personaje y en la actuación, redondeando una relación de fuerzas que deja al espectador en suspenso al terminar el espectáculo.

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