Una visión en un parque

CRÍTICA DE Cliff (acantilado)

0
228

Cliff (acantilado),  la obra “más personal” de Alberto Conejero, según la ha calificado el propio autor, tiene todos los ingredientes para ser un caramelo envenenado.

Me imagino la apasionada reacción que puede provocar la primera lectura del texto en el actor que va a protagonizarla o la tormenta de imágenes en la mente del director que decide ponerla en escena. La belleza lírica y la intensidad de las palabras son incuestionables, un gusto para los ojos que las leen o los oídos que las escuchan.

Tampoco carece de atractivo la idea de alumbrar la poco conocida historia de uno de los nombres míticos del Hollywood dorado que, sin tener nada que envidiar a los grandes biodramas de estrellas como Marilyn, James Dean o Liz Taylor, por alguna razón no ha llegado a formar parte del mainstream de leyendas malditas más populares, quizás opacada por las de éstos y otros coetáneos (hasta en eso fue desgraciada la malograda trayectoria de Montgomery Clift). También por ese tono cenizo, esa historia atroz de autodestrucción, esa autocompasión continua que apenas remonta en toda la obra, es una empresa arriesgada tomar un texto de tanta belleza y tanto dolor condensado y servirlo en frío al espectador.

Por eso, el caramelo que es poner en escena un proyecto de estos tintes y esta potencialidad juega con el riesgo de atragantarse en los gaznates si no cuenta con un sólido trabajo de fondo de traslación del lenguaje literario al escénico, con una interpretación y dirección de empaque y con un trabajo artístico de todo el equipo capaz de encontrar el equilibrio justo. Es decir, conseguir que el público entre a sufrir en las carnes de Monty, pero con la distancia suficiente para disfrutar con la narración, y la medida justa para no sentirse apresado en un melodrama excesivo. Pues bien, ese fino trabajo tejido con hilos invisibles y fruto de una labor en equipo está en Cliff armoniosamente conseguido.

En esa mirada violadora de toda intimidad y esa corta y casi obscena distancia que imponen al espectador espacios como La pensión de las pulgas, su hermana mayor La casa de la portera, y otros tantos que han surgido en los últimos tiempos, las medidas de todo han de ajustarse con tino: los movimientos, la intensidad, el uso de recursos y, sobre todo y ante todo, eso que gusta de llamarse “la verdad del actor”, que queda al descubierto sin parapetos en los que refugiarse.

En esta propuesta, el Montgomery Clift de Carlos Lorenzo es una apasionada construcción de un personaje repleto de matices. Se percibe que el actor se ha lanzado sin paracaídas a las manos de los directores –Alberto Velasco y el propio Alberto Conejero– y, también, que en esa apuesta sin autolímites (también el personaje lo requiere, pues baila todo el rato al borde del precipicio) Lorenzo se la juega en cada una de las funciones, midiéndose en combate cuerpo a cuerpo con el público.

Con todo, no deja de sorprenderme la elección de un personaje a priori tan lejano (en espacio y en tiempo) como Montgomery Clift por parte de un dramaturgo doctor en Filología y especializado en cultura mediterránea (suya fue la traducción de los subtítulos del montaje griego de La ilíada que nos trajo el CDN recientemente dentro de su ciclo Una mirada al mundo). Hasta que leí una entrevista de la revista Pastiche al autor, donde lo explicaba así: “Me encontraba en Londres, con una beca postdoctoral para estudiar en Oxford, sentado en un parque, mientras llovía el día de mi cumpleaños, y me planteaba, perdido, quién era yo, quién era físicamente, cómo me veía la gente, cuál era mi vocación, qué era el teatro…; y recordé a Montgomery Clift, porque había visto un ciclo de cine en torno a él en la televisión pública, y dije: “te necesito Monty, necesito que me ayudes con lo que me está ocurriendo”.  Y así fue. Y ahora que me he reencontrado con él, y con el texto que escribí con él, por él o a través de él, me he reencontrado conmigo mismo”.

Cuando leí esta respuesta pensé en lo bello y lo grandioso que es el poder de contar historias, de hablar de la compleja y frágil naturaleza humana tomando un punto de partida tan anecdótico y alejado como pueda ser una superstar hollywoodiense. Y ser capaz de conmover y de alcanzar con cualquier planteamiento (a través de la magia de las palabras bien escogidas) el universo personal de cada uno de los espectadores, que por un momento se convierten en público de una gala de los Oscar en plenos años 60.

Y me emociona esa grandiosa potencialidad del arte. Y por unos días la he personificado en la imagen de un individuo, con sus dudas y sus miedos, sentado en un banco bajo el cielo plomizo de Londres, que de pronto se ve reconfortado por una idea fugaz. Y esa idea fugaz y casi alocada se convierte finalmente en un bello proyecto. Así que no puedo hacer otra cosa que agradecerle, señor Conejero, brindarme esta imagen esperanzadora, a partir de su caramelo envenenado y en contra de todo pronóstico, y otras tantas imágenes maravillosas con las que saldrán ustedes si van a ver Cliff (acantilado) en esta más que merecida prórroga en La Pensión de las Pulgas.

NOTA: Atentos al estreno en enero de la próxima pieza de Conejero: La piedra oscura, en el CDN, y con la dirección de Pablo Messiez. Una obra inspirada en la figura de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero de Lorca en los últimos años de su vida. Un texto “con una inmensa ternura contenida”, en palabras del hispanista Ian Gibson, que lo prologa. Yo ya me estoy relamiendo con el nuevo caramelo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre