Un sermón enamorado

CRÍTICA DE El loco de los balcones

0
222

Con El loco de los balcones se inicia una nueva temporada (y una nueva etapa) en el Teatro Español. A medio camino entre la programación ya cerrada por Natalio Grueso y el nuevo proyecto de Juan Carlos Pérez de la Fuente, este espectáculo bebe de las contradicciones del período que acaba y (todo hace sospechar) del que comienza en el teatro más importante de la capital. Por un lado, participa del suicidio que supuso desde un inicio programar la obra dramática completa de Vargas Llosa. Por otro, parece anunciar una línea de programación de poco riesgo y demasiado escaparate.

Como obra dramática, el texto del premio Nobel carece de una verdadera elaboración capaz de dar cuerpo a lo que el autor plantea. La evocación de la Lima de los años 50 a partir del profesor Aldo Brunelli y su cruzada en defensa de los viejos balcones coloniales se traduce en una monótona presentación de acontecimientos y descripciones sin verdadero conflicto, con escenas cargadas de conversaciones previsibles, exceso teórico y adjetivos rebuscados.

“No es un sermón, es una charla”, parece excusarse el autor, en la voz de un profesor Brunelli amarrado al último de sus balcones. Sin embargo, el progreso del espectáculo se revela más como una larga carta de amor a aquella Lima ya desaparecida que como una verdadera obra teatral. Sólo al final, tarde para la recuperación, estalla un pequeño conflicto familiar que consigue atraer al espectador, a pesar de la inverosimilitud de partida.

Por desgracia, la dirección del espectáculo no ayuda a paliar todos esos problemas de partida. Sin la adaptación dramatúrgica previa necesaria, las soluciones para la puesta en escena del texto resultan pobres y sorprendentes. Sin acabar de decidirse entre lo realista y lo grotesco, el director resuelve su trabajo con propuestas incongruentes y difíciles de defender por parte de los actores. En todo caso, prefiere siempre una interpretación buenista del texto, sin tregua a las posibles tensiones que el autor hubiera podido sugerir.

En ese marco (completado con una escenografía que resuelve de manera útil el difícil desafío planteado por el texto), los actores se esfuerzan por encajar dentro de los límites planteados por la dirección. Entre todos, el trabajo de José Sacristán con los larguísimos textos de su personaje consigue que el espectador se matenga atento al avance de la pieza.

Con todo, esa atención del público intenta encontrar, además, algún tipo de aliciente que añada interés al espectáculo. Podría serlo, por ejemplo, el hecho de presentar un tema de lucha ciudadana ante la alcaldesa Ana Botella. Quizá también la posible actualidad del conflicto entre progreso económico y preservación del patrimonio cultural. Pero ni siquiera en esos registros consigue esta obra dar la batalla a un nivel mínimo. Inofensiva y hasta puritana en su contradictoria moraleja final, la obra acaba con unos espectadores hartos de tantos balcones, envidiando a los personajes que consiguen librarse de ellos.


Te puede interesar:

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre