Tomás Pozzi muestra
su lado más tierno

Querido capricho

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Tomás Pozzi en un ensayo de "Querido capricho". ©Luz Soria

“Este espectáculo me va a mostrar menos actor
que nunca, menos interpretando y más siendo,
y eso me encanta”

Llegó a Madrid desde su Argentina natal para una gira teatral de unos meses, y lleva aquí ya casi veinte años. Se siente “un privilegiado por hacer cine y tele”, pero Tomás Pozzi reconoce que es en el teatro donde está como en casa. Por eso, junto a sus compañeros de Malala Producciones, decidió poner en marcha Querido capricho, el unipersonal que estrena en el Teatro María Guerrero varios meses después de la fecha prevista a causa del confinamiento.

sentimientos universales

¿Esta obra es un capricho o una necesidad?
Sobre todo es una necesidad. Surgió porque llevaba mucho tiempo haciendo cine y tele y sin pisar un escenario, y tenía muchas ganas de hacerlo. Mi punto de partida, mi casa, es el teatro, y no me llamaban, así que decidí armar algo mío, para volver y que la gente viera otra faceta mía. Y comencé a trabajar en el proyecto desde Malala Producciones, una productora independiente en la que participamos Tomás Cabané, Iván Luis y yo. En medio de este proceso, Mayorga me llamó para hacer El mago, y empecé a ensayar con él mientras trabajábamos la dramaturgia de Querido capricho.

En el espectáculo interpreto a una mujer que está encerrada en su habitación, porque se enamoró de un joven 20 años menor que ella, pero también me interpreto a mí mismo, al Tomás actor, entablando un diálogo entre intérprete y personaje, en torno al amor y la soledad, y mostrando cómo nos vinculamos los actores con los personajes que interpretamos.

Tú solo sobre un escenario, interpretándote a ti mismo y a una mujer… Suena muy arriesgado.
Da un vértigo increíble, pero también te lleva a un punto de verdad absoluta. Para mí es muy importante no limitarme en los personajes que puedo hacer, y esto es como un grito reivindicativo, de decir SOY ACTOR y sólo me limita mi imaginación. Antes que yo ya lo demostró Blanca Portillo, a la que amo, que quiso hacer de Hamlet y Segismundo, y nadie la retuvo. Creo que el peor error que podemos cometer es limitarnos a nosotros mismos, y siento que este espectáculo me va a mostrar menos actor que nunca, menos interpretando y más siendo, y eso me encanta.

Un perro de porcelana es la única compañía de Pozzi en «Querido capricho». ©Luz Soria

¿Descubriremos alguna faceta desconocida tuya?
Que soy un tierno. El público va a verme en carne viva, despojado de todo truco, y espero que al final tenga ganas de abrazarme como si fuera un peluche (risas).

Como actor, ¿cómo te definirías?
Soy alguien que no puede limitarse a memorizar un papel y seguir las instrucciones del director. Creo que los actores somos creadores, y debo posicionarme respecto a lo que estoy contando, pelearme si es necesario y llegar a acuerdos. No todo vale por miedo a que me echen, o a caer mal. Aunque tampoco se trata de ser un hinchahuevos que sólo protesta para llamar la atención.

¿Esa implicación hace difícil dejar al personaje en el camerino?
No creo mucho en que te devore el personaje; me parece postureo, pero todos los personajes te modifican en algo, aunque muchas veces me doy cuenta de ello cuando ya los he transitado. Yo salgo al escenario a jugar, porque esta profesión tiene un eje vital de diversión. Sin embargo, hay veces que, por la entrega y el material sensible con el que trabajo, puedo desbordarme. Cuando eso pasa, dejo que suceda, y después tomo el control, para avanzar.

La función nos permitirá descubrir el Pozzi más tierno. ©Luz Soria

¿Qué tipo de personajes te gusta interpretar?
Todos los que la gente diga que no se imagina que puedo hacer. Cada vez apuesto más por el “¿por qué no?”. Lo único que debo tener claro es por qué elijo hacer algo, para no tener facturas conmigo mismo. Y puede ser porque me atrapen, porque me modifiquen, o porque tengo que vivir y necesito un sueldo, lo que no implica que mi compromiso no sea el mismo en uno u otro caso.

¿Tienes alguna manía o rutina antes de pisar el escenario?
Me gusta llegar con tiempo para estar con maquilladores, técnicos… Lo vertiginoso de esta profesión es que pasamos doce horas juntos y nos convertimos en una familia en poco tiempo, y es necesario que te vean como el ser humano que eres. Es fantástico que te consideren un buen actor, pero prefiero que mi carta de presentación sea la de una buena persona con la que apetece trabajar.

¿Siempre quisiste ser actor?
Sí. La primera vez que pisé un escenario fue con seis años, haciendo de niño Jesús, porque era el único que entraba en la canasta, y ya nunca más paré. A los nueve empecé a tomar clases y entendí que era mi camino. Con el tiempo fui achicando la posibilidad de tener un plan B, y creo que fue el acierto más grande de mi vida. Más aún cuando, con 23 años, subí a un avión para venir acá, con la idea de que iniciar esa aventura significaba vivir de lo mío. Nunca busqué nada más que vivir de lo que amo, y a partir de ahí todo lo que vino después y lo que sigue viniendo es un regalo, como trabajar en una serie en Londres (Mad Dogs), tener una escena con Adrian Brodi o rodar junto a Joseph Fiennes. Pero mi mayor orgullo es que gente como Juan Mayorga (El mago) o Javier Veiga (Gym Tony y Pequeñas coincidencias) se sienten a escribir pensando en mí.


La humildad personificada

Con Martiño Rivas en «Cuestión de altura» (Teatro Español, 2014).
«Los hilos de Vulcano» (Festival de Mérida, 2016).
«Las criadas», (Cuarta Pared, 2012). ©Daniel Alonso (CDT)
«Mad Dogs» (2016).
«Risen» (2016).

“No quiero perder la certeza de saber lo que cuesta conseguir estabilidad en esta profesión. Yo lo agradezco cada día y trabajo para mantenerme, porque la idiotez más grande que puedo cometer es pensar que ya está todo hecho”. Así de claro lo tiene Tomás Pozzi, un actor que ha trabajado con estrellas nacionales e internacionales como Adrien Brody y Penélope Cruz (Manolete), Joseph Fiennes (Risen), Nuria Espert (Hay que purgar a Totó), Aitana Sánchez-Gijón o Mario Casas (Mi gran noche), entre otros muchos, y que, lejos de presumir de ello, considera que es “un regalo” que le ha hecho la vida. Y es que, tanto en lo personal como en lo profesional, le gusta mirar a la gente a los ojos y que vean al ser humano tras el actor, porque “es más fácil hacer las cosas juntos”. 

Abriendo un poco su corazón, confiesa que, pese a ser argentino, ‘odia’ el fútbol, pero no se separa de su mate. Le encanta ver series y películas, pero también viajar. “Creo que es vital conocer nuevos lugares para crecer y enriquecerte como persona. Ver las cosas desde otro lugar ayuda a abrir la mente, y eso es esencial para la vida y para crear”, sentencia.

DESMITIFICAR EL AMOR
Recién terminado el rodaje de la tercera temporada de Pequeñas coincidencias, de momento, en su horizonte profesional sólo vislumbra este Querido capricho, una “apuesta personal” a la que ha dado “total prioridad”.  

Y es que sabe que “no a cualquier actor le invitan a hacer un monólogo en el Centro Dramático Nacional”, pero tiene claro que no va a dejar que la presión le pueda. Se siente “totalmente privilegiado”, y quiere devolver la confianza depositada en él con un espectáculo en el que –dice– se va a mostrar “menos actor que nunca” y va a dejar al descubierto su lado “más tierno”.

Y es que Querido capricho, creada mano a mano con el granadino Tomás Cabané, quien también la dirige, es una historia de ocho encuentros, en la que el actor salta constantemente de su ser al del personaje, una mujer que ya no cree en el amor. 

Mezclando recuerdos y canciones, la pieza habla “de la necesidad de sentirse deseado, del dolor de sentirse menospreciado o ignorado, y de ese amor idílico que nos han inculcado y que no existe”, algo que –en opinión de Pozzi– demuestra que “todos transitamos por lo mismo” y que “la soledad y el desamor no son potestad del hombre o la mujer, son universales, como cualquier sentimiento”.  



  • QUERIDO CAPRICHO

  • Teatro María GuerreroC/ Tamayo y Baus, 41
  • HORARIOS: Martes a domingo, 18:00h. 
  • FECHAS: Del 20 de noviembre al 13 de diciembre de 2020
  • PRECIOS: De 6€ a 12
  • DURACIÓN: 1 hora


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