Querido espectador

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Querid@ compañer@ de butaca:

Hoy quiero confesarte unas cuantas cosas que siempre me he callado. Y es que cuando me viene decírtelas, no es el momento de hablarlas y, normalmente, cuando es el momento de hablarlas, me suelo encontrar ensimismado en cosas más propias de lo que acabo de vivir. Pero he decidido que de hoy no pasa.

Me encanta acudir al teatro y coincidir contigo, es estimulante llegar y ver que estás ahí, encontrarte haciendo cola con tu entrada, escuchar tus comentarios, tus chascarrillos, tus risas, incluso ver que saludas en el patio de butacas a algún conocido –tristemente no somos tantos como para no identificarnos entre la multitud–, pero cuando se hace el oscuro que da comienzo a la función… ahí, en ese momento, prefiero dejar de notar que estás compartiendo reposabrazos conmigo. En el instante que se apagan las luces me gusta sumergirme en lo que sucede en escena y olvidarme del mundo que me rodea, y a veces, querid@ compañer@, me lo pones difícil, MUY difícil; a partir de ese momento, lo que sucede es entre el escenario y yo, nadie más tiene cabida, pero tú te empeñas en hacerte notar, y me da la sensación de que en ese momento no compartimos el mismo grado de entusiasmo por encontrarnos donde nos encontramos.

Entiendo tus toses, tus carraspeos, ¡faltaría más!, muchas veces es imposible reprimirlos, pero ¿no podrías llevar los caramelitos ya desenvueltos o intentar desenvolverlos lo más discretamente posible? Es preferible que te saques una pelusilla de la boca por llevar el caramelo pelado en el bolsillo del patalón a que llenes de papel celofán las palabras del actor.

Como te comentaba, cuando acudo al teatro, pretendo que lo que me quieren contar desde el escenario me atrape; y tú, ahí, no te ofendas, no pintas nada; de hecho, deberías estar metid@ en tu propia burbuja de magia teatral. Sin embargo, sigues empeñad@ en no desconectar del mundo exterior; contigo no va eso de apagar el móvil cuando te lo piden por megafonía, ¿verdad? ¡Si a ti apenas te llaman! Como mucho lo dejas en vibración… lástima que tus conocidos sólo tienen ese momento para comunicarse contigo; y es que, a veces, pareciera que todos tus grupos de whatsapp se compincharan para no dejar de hablar en esas dos horas que dura la representación, y llenas el silencio de zumbidos o, lo que es peor, de ese silbidito característico que nos hace saber a los demás de tu poderío social… Y, ¡claro! es imposible pedirte que reprimas la curiosidad y no eches un breve vistazo; así que, sumergid@ en la oscuridad de la sala, te revuelves en tu butaca, en busca del móvil que a pesar de llevarlo siempre en la mano, como nos pasa a todos, has dejado guardado en el último rincón donde buscarlo, o en el fondo del bolso, allí donde nunca lo dejarías; y cuando por fin lo encuentras, ni cort@ ni perezos@, ¡lo sacas! ¡lo enciendes! y ¡lo miras!… ¡Varias veces! ¿Tú no sabes que eso es cosa de alcaldesas maleducadas?

Y otra cosa, ¿a ti nadie te ha dicho que eso de robar foco está muy feo? Te lo digo porque aunque la cosa está entre tu whatsapp y tú, en realidad, todos estamos pendientes del resplandor que sale de tu teléfono tamaño XXXL, que nos saca de nuestro ensimismamiento, y que incluso distrae a quienes están sobre las tablas, porque, aunque no lo creas, ¡se te ve! incluso si lo intentas tapar con las manos, con el abrigo u ocultándote tras el respaldo de la butaca de delante. Rompes cualquier tipo de magia que se haya generado. Y esto que suena tan ridículamente redicho, sucede, y acabamos por reaccionar acordándonos de tu familia y antepasados de muy mala manera, por no decirte que nos “cagamos” en ellos, y eso que no tienen la culpa de tu desconsideración.

La compañía Teatro del Noctámbulo durante la representación de Contra la Democracia (2016), de Esteve Soler.

En serio, no dejes tu smartphone en modo vibración. Si no quieres apagarlo porque tienes flojera de memoria y crees que no te vas a acordar del PIN, ponlo en modo «avión»; además, de esa manera ya te haces a la idea de que estás embarcándote en un viaje y vas a desconectar del mundo exterior para que te sumerjan en otros que, de otra manera, no hubieras podido visitar… ¿Ves?, esto sí que suena bonito, y no la melodía de tu móvil. Por cierto, lo de las vibraciones déjatelo para pasarlo bien en soledad, tú ya me entiendes…

Y ya para terminar, porque lo mismo te estás molestando y tampoco lo quiero –que somos compañeros de butaca y al fin y al cabo compartimos pasión–, procura contarle a tu acompañante, o que te cuenten, de qué va la historia antes de entrar, con unas cañas. Lo de la traducción simultánea se hace muy pesado para los demás y no lo llevamos incluido en el precio de la entrada… ¡Ojo! Que me divierte mucho cuando el asombro o la diversión arrancan comentarios espontáneos. El público tiene que expresarse y, muchas veces, es necesario que quien pone en escena una función pueda percibir esas reacciones, pero oírte decirle a tu acompañante “mira, es el de la tele” o “qué mona va”, eso, te lo puedes guardar para la salida.

O lo de adelantarte a los hechos y desvelárselos a tu acompañante –y a cuanto desconocido te rodea– antes de que ocurran ¿En serio piensas que es una buena táctica de lucimiento? Porque para los demás resultas un tanto cretin@.

O recitar el texto una milésima de segundo por delante del actor e intentar deslumbrarnos con tu sapiencia… No, querid@, eso no… porque te confieso que el único deslumbramiento que deseo en ese momento es el de un rayo atravesando el techo del teatro y cayendo justo sobre ti, así, en plan castigo divino. Sí, llámame radical, pero es que más que un admirador del teatro resultas una mosca cojonera.

Ya ves, he tenido que escribirte esta carta para contarte mi malestar, porque la cosa va “in crecendo” y no puede ser. Además, las veces que lo he intentado en persona he percibido cierta molestia por tu parte, me has mirado con cara de incredulidad, e incluso has intentado enfrentarte a mí… No seas así, amig@, acepta y sonríe. Si yo estoy encantado de poder encontrarme contigo mil y una veces, te lo digo de corazón. Todos vamos al teatro en busca de lo mismo, de poder vivir una experiencia colectiva… ¡Pero, por favor, disfrutada de manera individual! Ya sabes, aplicando eso de “juntos, pero no revueltos”. Estoy seguro que con estas palabras, dichas desde el cariño, llegaremos a un cordial entendimiento y seremos mejores espectadores.

Nos vemos muy pronto.

Tu más sincero amigo,

El espectador de al lado.

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