Onírico Sanzol

CRÍTICA DE La calma mágica

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Me da un poco de respeto hablar de Alfredo Sanzol porque me pasa como en La calma mágica, que no tengo muy claro el límite entre realidad y sueño; en este caso, aplicado a que no sé si soy capaz de valorar su trabajo sin dejarme impregnar por mi profunda admiración y cariño hacia él como persona y como profesional que hace siempre crecer el patrimonio artístico de nuestra escena.

No es sólo que Sanzol y su obra sean ya reconocidos unánimemente como una de las voces más originales y valiosas del teatro español contemporáneo, sino que en todas sus propuestas, en medio del estado entre buen humor y vilo en que me mantiene, abre de pronto un punto de fuga hacia lo profundo y lo melancólico, por el que me arrastra y me conmueve sin casi verlo venir. La maestría para hacer uso de lo anecdótico-chiflado como vehículo para llevarnos a la reflexión sobre la vida y sus grandes cuitas es sin duda una de sus mayores virtudes.

También lo es el trazo mínimo de sus palabras, con diálogos frescos, atrevidos, desenfadados, que se permiten a menudo licencias poéticas y toques de surrealismo, nuevamente casi sin esperarlos. En ese espacio de verbo natural con concesiones a la lírica emplaza siempre a sus actores, escogidos con un criterio sabio en todo lo que he visto de él, de los que consigue una espontaneidad tan dúctil que casi pareciera sencillísimo para un intérprete hablar desde la verdad, hacer suyo el personaje.

Quizá la verdad emana de sus textos porque el navarro pone mucho de su alma en ellos. Si en En la luna (ganadora del Max 2013 como mejor espectáculo y mejor autor) transitaba por recuerdos de su niñez inspirado por el feliz acontecimiento del nacimiento de su primer hijo, La calma mágica parece surgir de una nueva catarsis vital, la de la pérdida del padre. La pieza está salpicada de anécdotas que le rinden tributo (como la historia de los rancheros de Texas), de recuerdos a los seres queridos que se han ido (conmovedora la alucinación de Olivia, cuando se reúne con sus familiares en la desnuda calidez de una playa), o el monólogo final, donde el personaje se despoja de su máscara y nos brinda un soliloquio bellísimo que nace de la voz y del corazón del propio Sanzol.

No por conmovedora deja de resultar, en todo su discurrir, un fino ejercicio de crítica social y humana, de bucear en los miedos, las inseguridades, la búsqueda del sentido de la vida, la lucha contra las trampas y los disparos que a veces nos sorprenden y nos quiebran. Sobre todo ello versa esta fábula alocada, de viajes alucinógenos, allanamientos de morada, cacerías de fauna variada, virales en youtube… Una fábula excelentemente jugada por un quinteto de actores que nos ofrece un amplio espectro de arquetipos bien engarzados: desde el fanfarrón y cínico empresario (soberanamente interpretado por Aitor Mazo), pasando por la empleadora descreída, chamana de todos los viajes iniciáticos y sarcástica hasta la médula (estupenda Mireia Gabilondo), junto con su némesis, la pareja de treintañeros a punto de sucumbir a la renuncia de sus sueños (la dulce, casi ingenua y a la vez vigorosa Olivia, interpretada por una magnética Sandra Ferrús, y el ora adorable ora obsesivo Oliver, espléndidamente conducido por Iñaki Rikarte).

Todos ellos, junto con Aitziber Garmendia, que también ejerce como ayudante de dirección, conforman un gran elenco de personajes con color, como esos raros seres color fucsia que observan desde un cuadro kitsch situado en una esquina de la escenografía, vagando en medio de un extraño paisaje nocturno de luna llena. Un guiño a ese estado semionírico por el que Sanzol nos conduce con maestría y humor a lo largo de la obra para concluir disparándonos con el fusil de caza. Un disparo final tan certero como hermoso.

“No quiero saber si esto es la realidad o una alucinación (…) Precisamente la muerte es la que más sensación de irrealidad me ha dado”, dice el personaje de Oliver. En ese diálogo final con el padre que se ha ido, el espectador siente la calma de reconciliarse con los recuerdos y comparte la magia de un tributo escrito con amor. Siente de pronto eso, la calma mágica.


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