Los Tyrone, poesía macabra

CRÍTICA DE El largo viaje del día hacia la noche

0
218

Quién se puede quedar impasible ante esta obra de Eugene O’Neill. Pocos se han atrevido en España a poner en pie esta pieza escrita “con lágrimas y sangre”, según el propio autor. González Vergel, en el Lara, en los 60; Miguel Narros y William Layton en el Español (1988); John Strasberg en el Albéniz, en 1991; y Álex Rigola en La Abadía, en 2006. Parece que tuviera que pasar más de una década entre montaje y montaje para volver a azotar a diferentes generaciones y dejarlo reposar.

©Antonio Castro

Yo tengo una pulsión muy especial con El Largo viaje del día hacia la noche. Me impresionó la propuesta que Rigola exhibió en La Abadía hace casi una década, con unos Chete Lera, Mercè Arànega, Israel Elejalde y Oriol Vila en estado de gracia. Me provocó una especie de desgarro, de click interno.

Era difícil, por tanto, ver con nuevos ojos y evitando comparaciones, la pieza que parece haberse erigido como el estreno con mayúsculas del comienzo de temporada en Madrid: el montaje que exhibe el Teatro Marquina, versionado del original por el talentoso Borja Ortiz de Gondra, dirigido por Juan José Afonso, y protagonizado por la sugerente pareja Mario GasVicky Peña, junto a Juan Díaz, Alberto Iglesias y Mamen Camacho completando el reparto. Todos ellos excelentes actores que dan la talla con creces.

Dos propuestas muy diferentes ya desde la propia estética del montaje. Si la de Rigola estaba ambientada en un hogar contemporáneo, con una cristalera que les apresaba como una ratonera giratoria, ésta nos sumerge en un ambiente más clásico, con telajes que hacen la vez de pantallas para la proyección del agua que les aísla y ahoga; con un suelo circular e inclinado por el que se escurren los anhelos; con un vestuario de época bañado de un blanco candoroso, como contrapeso a la negritud de la trama y del ambiente corrompido y opresor. Como presencia constante, la sirena del faro, un lamento amenazante que contribuye al espesor, a la agonía de las horas cada vez más dolientes de este largo día que concentra y nos cuenta los demonios internos de una familia atrapada en la mutua dependencia y en la mutua autodestrucción.

©Javier Suárez

Los Tyrone son un clan unido por la enfermedad de la adicción, víctimas de sí mismos, y cuyo dolor se retroalimenta con feroces bocados de esperanzas que se crean y se destruyen. Cada uno de ellos expía su culpa en la miseria del otro, cada uno de ellos reniega de su propia responsabilidad.

La tragedia parece pivotar en torno al personaje de la madre. Mary Tyrone es como el jarrón con flores blancas que adorna la sala (único elemento decorativo que cobra especial protagonismo dentro del minimalismo de la estética). Todo el mundo está pendiente de que no se caiga, de que no se haga pedazos la frágil escayola que la recubre. Y las flores, desde dentro de la carcasa, absorben sin compasión el agua, los nutrientes de alrededor, al tiempo que lanzan un mensaje de auxilio por el miedo a marchitarse.

Vicky Peña, esa enorme actriz capaz de jugar con los registros a su antojo, viaja con maestría por los roles de madre amorosa, pasando por la burguesa caprichosa venida a menos, hasta la criatura despiadada por cuya boca hablan los remordimientos y la debilidad. Todo un espectáculo de matices que se sostiene en la réplica de un no menos acertado Mario Gas. La comunicación entre ellos traspasa la ficción y construye una sólida base que cimenta la casa y la trama. El pater familias lucha también contra sus pulsiones internas, y son muy interesantes sus momentos de cercanía con el hijo enfermo, ambos crean un vínculo muy especial en escena.

La enfermedad, la adicción, han hilvanado con hilo de plomo la relación de todos ellos dejando heridas feas. A medida que pasan las horas del día hacia la noche, planea y nos consume en la butaca el terrible presagio de la desgracia. El espectador se ve envuelto en una tormenta, a la deriva a pesar del bramido inútil del faro.

Y sin embargo, frente a la atención agotadora que exige la madre, es la tragedia del hijo pequeño, Edmund, la que arroja mayor nivel de desgarro, la que provoca mayor compasión. Un hijo en apariencia indolente, maltratado por unos y otros, y por el mismo destino. Difícil reto el de Juan Díaz al tener que encarnar al propio O’Neill en este ejercicio de catarsis que fue escribir la historia de su propia familia. Pero Juan Díaz no se amilana, y crea un personaje complejo y brillante. Le otorga un aura de melancolía precisa, de sensibilidad rendida al peso de la prisión en la que vive, que alcanza sus cotas más altas en lo que para mí son de los mejores momentos de la función: esos en los que el “poeta macabro”, como le llama su madre, da voz a la sensación de irrealidad hacia la que todos huyen y tras la que se esconden. “La niebla y el mar parecían confundirse. Era como caminar por el fondo del mar. Como si me hubiera ahogado hace mucho tiempo. Como si fuese un fantasma surgido de la niebla y la niebla fuera el fantasma del mar. Era una sensación tan apacible ser un fantasma dentro de otro fantasma…”

La obra de O’Neill nos regala un buen número de esos instantes gozosos capaces de agarrar a uno por dentro y quedarse a formar parte de ti.

Hay mucho en esta obra que se agarra, no importa las décadas que pasen entre función y función. Eso sí, hay que ir preparado para contemplarse en el espejo. Quien más y quien menos tiene un papel en la familia Tyrone, de ahí la grandeza de esos textos que no se olvidan y que a veces hay que dejar reposar…


Te puede interesar:

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre