Lluvia que no moja

CRÍTICA DE Cuando deje de llover

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Estas semanas, en la Sala 1 del Matadero, un amplio tablero de juego acoge los múltiples tiempos y espacios de una historia aún no totalmente contada. La de las diferentes generaciones de una familia marcada por las ausencias y el silencio. A través de ella, Andrew Bovell reconstruye los detalles de siete vidas paralelas a lo largo de años de desencuentros y secretos.

El texto del australiano abarca con audacia y calidad el rompecabezas trágico de los acontecimientos que fueron condicionando hasta el presente –un presente situado más allá de nuestra segunda década del siglo XXI- las cuatro generaciones que pueblan la historia. A través de ciertos elementos recurrentes, presididos por una perenne y apocalíptica lluvia, el autor descubre las constantes cotidianas y emocionales de los que aun sin conocerse compartieron toda una historia familiar por descubrir.

Fuentes Reta, director del montaje de este Cuando deje de llover, consigue llenar ese espacio con tiempos y lugares combinados, jugando en un constante contrapunto de escenas, con instantes de movimiento escénico de gran calidad. La música y –muy especialmente- la iluminación generan una atmósfera particular para el desarrollo del espectáculo, en el que la presencia sonora de la lluvia produce una lograda sensación contradictoria en el espectador: entre el agobio y la protección de las múltiples casas de la historia.

Sin embargo, ese tablero de fichas bien dispuestas y coreografiadas no encuentra correlato en la dirección de actores, con la que buena parte de los logros del espectáculo parecen echarse a perder. Sin variación en el registro interpretativo, todos los diálogos se ofrecen en un mismo código y ritmo, sin profundidad ni matiz, carentes de la verdad e implicación necesaria para poblar de subtextos y emociones la tragedia planteada por el texto de Bovell. Las digresiones y los momentos claves de la dramaturgia parecen no haber sido asimilados como tales por la dirección, que muestra a los actores sin suficientes armas para dar vida dramática a sus personajes.

Así, el tablero acaba quedándose grande para la puesta en escena de esta función. Al final, cuando realmente deja de llover, el espectador siente no haberse mojado. A pesar de la fuerza de las últimas escenas, cargadas de simbología, el espectáculo parece haber mostrado sólo la parte más externa de todo lo que el texto contiene, sin llegar a transmitir la prometida fuerza de la historia familiar.


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