• El famoso barbero sevillano vuelve a los escenarios de la mano del actor y director Alfonso Lara, para mostrarnos que la corrupción no es sólo cosa de ricos.


Llevaba “muchos años” deseando poner en pie El divorcio de Fígaro, una obra de de Ödön von Horváth que muestra cómo “el trono de la revolución –representado en el sillón del famoso barbero– acaba corrompiendo a todo el que lo usa”.

“Los nobles son corruptos hoy, los revolucionarios lo serán mañana”, afirma Alfonso Lara, quien considera que su versión de la historia es “muy dinámica”, y que habla de “la emigración, el amor y el ascenso de los nacionalismos, que es todo lo que estamos sufriendo actualmente”.

Su adaptación cuenta con mucho trabajo de “corta y pega” de la extensa obra del autor austrohúngaro, incluyendo textos de otros escritores, como Robert Walser. “Parece que acaba varias veces, pero yo la hice con un estilo algo más cinematográfico”, explica el actor, quien asegura que en el teatro le gusta «la verdad. La realidad, no tanto”. De ahí que optase por dotar a la obra de unas “gotitas” de expresionismo.

Lara interpreta a Fígaro, un personaje al que describe como “brillante y cínico. Un criado que no se resiste a ser criado”. Junto a su mujer, Susana, trabajan para los condes de Almaviva, hasta que éstos se ven obligados a huir de su país, que está sumido en una sangrienta ola revolucionaria. Fígaro y Susana acaban en Villa Gran Disputa, donde comienzan a recibir “tortas de la vida”, cosa que no habían hecho hasta ese momento. Es ahí cuando los personajes descubren sus propios infiernos.

Infiernos personales

La historia nos muestra “la mochila” de miedos y preocupaciones que cada uno de los personajes lleva consigo; sus infiernos personales.

Para el barbero, su infierno es no evolucionar, no conseguir llegar a ser algo más de lo que es; mientras que para su mujer (interpretada por Micaela Quesada) el no ser madre es su mayor miedo. En cuanto a la condesa (Inma Isla), su marido es su propio infierno; un marido (a quien da vida Juan Antonio Molina) que deja claro que lo que más teme es “el exilio y la pobreza”, para él representados por el bosque.

Al igual que en la vida de Horváth, en la obra se le da una importancia muy grande al bosque, hasta el punto de que aquí se ha convertido en un personaje con entidad propia, que interpreta Raquel Guerrero. “En el infierno sólo hay bosques”, dice el conde de Almaviva en la función. Una obsesión que persiguió al autor incluso en el día de su muerte, cuando de camino a una cita con el director Robert Siodmak, una rama le golpeó en la cabeza.

La compañía considera a Horváth “un visionario, que trataba de hablar de sí mismo y de la época que le había tocado vivir por medio de estos arquetipos aparentemente frívolos”. Un autor que deseaba contar la realidad de una manera muy humana, y es por esto por lo que podremos escuchar muchas veces la palabra humanidad a lo largo de la función.

En una escenografía que simula una carpa de circo, El divorcio de Fígaro resalta muchos aspectos de los años treinta, cuando fue escrito, “una época muy parecida a la actual (corrupción, crisis y revoluciones)”, dice el director. Y su acercamiento al circo, consigue, según Lara, convertirlo “en un espectáculo brillante, mestizo y que embellece la pobreza”.



  • EL DIVORCIO DE FÍGARO
  • Teatro Fernán Gómez: Plaza de Colón, 4
  • HORARIOS: Miércoles a sábado, 20:30h. Domingos, 19:30h. 
  • FECHAS: Del 6 de noviembre al 1 de diciembre de 2013
  • PRECIOS: Desde 14


DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre