La bondad de los desconocidos

CRÍTICA DE 39 Defaults

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Un apartamento abarrotado de libros en algún rincón de la megalópolis neoyorquina. Un encuentro fortuito entre un español y una americana, que desata una cadena de favores. Él, un autoproclamado “self-made man” con tintes revolucionarios y fuertes convicciones morales. Ella, una generosa desconocida con ganas de divertirse y darle abrigo en su casa.

Lo que en un principio se dibuja como una pasajera aventura va dando paso a una lograda tensión, donde se juega al despiste con el espectador, que entre medias va conociendo las contradicciones internas de cada personaje, condimentadas con retazos de reflexión política y social.

Al estilo de Un dios salvaje de Yasmina Reza, con conflictos que estallan en la intimidad de un apartamento del que el público se siente “voyeur”, en 39 Defaults asistimos al avance de una trama donde nada es lo que parece, y que aspira a cuestionar valores universales como el compromiso social, la confianza o las relaciones humanas, en un contexto actual y un entorno enriquecido por el factor intercultural de los protagonistas.

El juego lingüístico, mezcla de expresiones inglés-español, que alimenta la atracción entre ambos caracteres y aporta veracidad a la historia, es de lo más conseguido y un buen recurso de entretenimiento y agilidad.

También lo son otros detalles con gusto, como el apoyo sonoro de un clarinete bajo (Olivier Pontini) interpretando en directo fragmentos de jazz en algunas transiciones y momentos clave, ayudando a crear la atmósfera neoyorquina, y como contrapeso a los cláxones y el ruido que se cuelan por las ventanas del apartamento.

El texto, escrito por la española afincada en Estados Unidos Mar Gómez Glez, que cuenta con una prometedora trayectoria a ambos lados del océano, es fresco, entretenido, y trata de ahondar en las contradicciones del discurso de la resistencia anticapitalista cuando se ve las caras con el día a día del sistema globalizado en el que vivimos. Fue escrito, nos cuentan, al albor del movimiento 15-M y su reflejo estadounidense, el Occupy Wall Street.

Algunos puntos de fricción entre los ideales de la vieja Europa y el pragmatismo americano, encarnados por los dos personajes, ayudan al desarrollo del discurso, aunque el tema en sí es muy ambicioso y a veces se queda en la superficialidad de las continuas referencias (Thoreau, Marx, Rosa Parks…) y de algunos clichés que barnizan demasiado a los personajes, por momentos llevados a cierto extremo de los dos polos que quieren representar (el activista militante radicalizado en su causa, frente a la joven que ha de escapar del sistema siendo cómplice del mismo). No obstante, y pese a ciertos excesos en estos retratos, la trama depara más de una sorpresa y mantiene eficazmente la tensión y la intriga, haciendo pasar un buen rato al espectador y dándole qué pensar.

La obra, que se acaba de estrenar en la Sala Guindalera, viene avalada por su trayectoria anterior en el off neoyorquino, con diferentes actores y dirección. En esta versión española, la dirección, a cargo de Laura Madera, es eficaz, limpia y ágil, y rezuma mimo y cuidado en los pequeños detalles de la puesta en escena.

El casting también es acertado. Juan Caballero es un actor con demostrada solvencia sobre los escenarios, y lleva bien las bridas de Ricard, un personaje tan adorable como odioso por momentos. Ana Adams, por su parte, interpreta a Liz con frescura, contundencia y una seductora mezcla de español e inglés. La naturalidad y la química entre ambos actores hacen que nos sumerjamos de lleno en la intimidad de un apartamento de Brooklyn, una noche cualquiera, para ser partícipes de un interesante vis à vis entre dos jóvenes que, quizás erróneamente, proclaman “confiar siempre en la bondad de los desconocidos”, como Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo.

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