Guindalera, un pulso dentro y fuera de escena

CRÍTICA DE Duet for one

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Podría ser siniestro, pero no tan descabellado, establecer una comparativa entre Stephanie Abraham, la protagonista de esta obra, aquejada de esclerosis múltiple, con la encarnación de la situación del teatro en nuestro país.

A nivel físico: síntomas como debilidad muscular, insuficiencias en procesos vitales, carencias en las conexiones neuronales, procesos degenerativos que hacen tambalear el cuerpo… En el plano emocional: fuertes contradicciones internas, imposibilidad de asimilar limitaciones, frustración y, por encima de todo, un compromiso y un amor intrínseco, que vinculan el sentido de la vida al arte, y se llevan por delante cualquier otro tipo de razonamiento o voluntad. Un cuadro clínico completo que dibuja a grandes rasgos el perfil de ese enfermo crónico, el teatro, tocado de muerte por las más recientes estocadas políticas.

Es paradigmático que la Sala Guindalera escogiera este montaje para celebrar el año pasado su décimo aniversario. Y que lo recupere esta temporada, en que se debate en la incertidumbre de no saber si podrán mantener abierto el espacio que con tanto esfuerzo y buen tino han ido construyendo a lo largo de más de una década. Al equipo gestor encabezado por Teresa Valentín-Gamazo y Juan Pastor no les falta ni criterio, ni sacrificio, ni buen hacer. Su trabajo es respetado tanto por un nutrido público fiel –que ha arrimado el hombro para participar y apoyar la supervivencia de la sala–, como por la profesión, que reconoce unánimemente en esta pequeña sala madrileña a un importante bastión del teatro puro, artesanal, cocinado a fuego lento a base de esfuerzo, buen criterio y humanidad. Un teatro sin artificios, donde se pone de manifiesto “la riqueza del arte pobre”, como lo llama Juan Pastor.

Desde luego, Duet for one es una de esas joyas talladas con pulso firme, inteligencia y sensibilidad. Un buen pretexto para acercarse a conocer Guindalera, para aquellos que aún no la conozcan, pues en este montaje encontrarán la esencia que define el proyecto de este matrimonio de artesanos, Teresa y Juan: teatro desnudo, cercano, de calidad, que bucea en los pliegues del alma humana.

Pastor dirige en la pieza a su hija María, que ha crecido en las tablas de Guindalera y forma también parte del alma del espacio. Ella encarna a Stephanie Abraham, violonchelista de éxito, que sufre el duro revés de ser diagnosticada de esclerosis y, movida por su marido, un reconocido director y compositor, comienza una terapia para enfrentarse a todo lo que conlleva ser impedida de continuar con su carrera musical. El texto es una traducción de Juan Pastor de la obra de Tom Kempinsky, estrenada en el West End londinense en 1980, que también fue llevada al cine por Andrei Konchalovsky, protagonizada por Julie Andrews. La historia tiene su inspiración en la biografía de la afamada violonchelista Jacqueline du Pré, casada con el director de orquesta Daniel Baremboim, que murió muy joven, en la cima de su carrera musical, a causa de esta enfermedad.

El texto, con su riqueza de recursos y a la vez su economía de medios (no hay frase que sobre y que no esté al servicio de la ágil narración) es un tributo a la vida, con sus luces y sus sombras, y más allá de la vida, es un tributo al arte. El arte como forma de vida (“El chelo no es mi trabajo, es mi forma de vida. Es donde yo vivo”) y como bálsamo y refugio frente a una sociedad falta de anclajes y muchas veces de sentido. Toda una declaración de intenciones por parte de Juan Pastor elegir poner en pie esta obra (Guindalera es su chelo personal).

El espectador no sale ileso de esta y otras muchas reflexiones. El texto, dotado de lirismo y veracidad, está salpicado de imágenes hermosas, que Stephanie hace llegar directamente a nuestra mente, aunque en el camino son procesadas por el corazón. La intimidad de la sala y la sólida interpretación de María Pastor lo hacen posible. Encomiable el despliegue de recursos de la actriz. Stephanie Abraham es un complejo personaje, anclado a una silla, que se va desmembrando ante nosotros en todos sus matices: su faceta irónica, sarcástica, obstinada, colérica, y también el lado frágil, enfermo, rendido ante el atroz destino.

No sólo la silla es su anclaje. Al otro lado del ring, Juan Pastor recibe los embistes de la paciente. Hace falta mucha escucha y generosidad para crear el vínculo y la solidez que consiguen. Es muy hermoso verlos desplegar su complicidad en escena, cómo se conocen el uno al otro, cómo padre e hija comparten una misma visión del trabajo actoral.

Un pulso que los Pastor mantienen no sólo en escena, sino ahora mismo fuera de ella, contra las adversidades, el IVAs la falta de apoyo institucional… Una alegoría siniestra ésta de enfrentarse a la posible pérdida y de combatir la enfermedad crónica que está viviendo la cultura. Ojalá podamos seguir disfrutando de este jardín de guindas que reivindica el teatro como refugio, y que forma parte irrenunciable de la historia teatral de esta ciudad.

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