Felipe García Vélez se abre en canal

Siempreviva

0
373
Caracterizado como Alex Macklin para "Siempreviva". ©Esmeralda Martín

“Cuando salgo a un escenario, me entrego y expongo para que me vean las entrañas”

Le gusta el rock and roll, pero lo que de verdad le fascina es el flamenco, y hasta confiesa que se arranca por Camarón. A sus espaldas casi cuatro décadas de carrera, en las que sobre todo ha interpretado personajes secundarios, como el Caralimpia de A cambio de nada, que le valió la nominación al Goya en 2016.

Nacido en un pueblo de la serranía de Cuenca, de joven fue atleta profesional, pero lo abandonó todo por convertirse en actor, una profesión que descubrió haciendo el servicio militar. No se arrepiente de nada de lo que ha hecho, disfruta del “privilegio de estar vivo” y tiene clarísimo que “lo mejor está por venir”. De momento, aún tiene bolos pendientes de Ronejo y Aire, montajes con los que pasará por Madrid. Pero antes estrena Siempreviva en las Naves del Español.

Al pie del cañón

Con la que está cayendo, ¿cómo ves la profesión?
Siempre hemos estado en el filo de la navaja, y ahora, con las restricciones por la pandemia, la espada de Damocles siempre está colgando sobre nuestras cabezas, porque no sabemos nunca si podremos actuar o no. Pero yo no me quejo. Estoy contento porque no me falta el trabajo; aunque el confinamiento nos obligó a suspender giras, que hemos ido retomando como hemos podido. En junio vamos a La Abadía con Ronejo, una comedia de ciencia ficción escrita por Rulo Pardo hace unos tres años, pero que guarda muchas similitudes con lo que nos está pasando, pues habla de un virus que se mete en la cabeza de las personas y controla sus mentes y sueños. Y con Aire (una adaptación libre de La hija del aire, de Calderón, que firma Chema Esbec) este verano estuvimos en Almagro y en marzo pasaremos por el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

CARA A CARA
CON LA MUERTE

Don DeLillo reconoce que la muerte es un tema recurrente en sus obras, y en “Siempreviva” nos propone un debate moral sobre la eutanasia, que se construye alrededor de Alex Macklin, un artista que a los 70 años se encuentra en estado vegetal, víctima de un infarto cerebral.

En torno a su lecho se reúnen tres personajes que han significado algo en su vida: su actual pareja, Lia, una joven 30 años menor que él; su exmujer, Toinette; y el hijo de ambos, Sean.

A las órdenes de Salva Bolta, Marina Salas, Mélida Molina y Carlos Troya dan vida a este trío, que se enfrenta al dilema de intervenir o no en el paso al otro mundo del personaje de García Vélez. Un dilema donde pesan mucho la dependencia emocional, la lealtad y el amor.

Además, estrenas Siempreviva.
Sí es una obra de Don DeLillo, un autor neoyorquino de origen italiano, que plantea un debate moral sobre la muerte asistida, aunque también habla de la familia, de la transformación… Hacía mucho tiempo que no me encontraba con un texto tan poderoso. Hay cuatro personajes. El mío está en estado vegetativo permanente, aunque hay saltos en el tiempo que permiten verle antes de eso. Y luego están mi hijo, mi exmujer y la actual.

¿Qué te atrajo del proyecto?
Su profundidad. Es pura prosa poética. Un texto bellísimo; una joya que te obliga a buscar en territorios no transitados, a estar en un lugar muy vulnerable, porque no hay puntada sin hilo, y eso es muy apasionante.

Háblame de tu personaje.
Es un artista de éxito, que ha llevado una vida muy salvaje y ha decidido retirarse al desierto de Arizona para hacer su gran obra: un ambicioso proyecto que pretende llevar a cabo usando la naturaleza como lienzo. Algo parecido a lo que Chillida intentó hacer en la montaña de Tindaya, en Fuerteventura, y que se conoce como Land Art. Es una persona de gran magnetismo y un mujeriego. Para él, su prioridad es el arte, y en aras de eso arrasa con todo cuanto tiene a su alrededor. 

¿Y cómo te sientes en su piel?
Es un personaje que me fascina y me siento muy bien vistiéndolo. Por carácter, tenemos mucho que ver el uno con el otro. Ambos somos hombres de acción, muy salvajes, muy de darlo todo en cada cosa que hacemos, para bien y para mal.

Si estuvieras en situación vegetal, como él, ¿qué te gustaría que hiciesen contigo?
Sinceramente, no lo sé. Y creo que el texto está hecho para que cada espectador decida. En la función no nos posicionamos, cada personaje defiende su postura, y al público le toca sacar sus propias conclusiones.

¿Qué supone el teatro para ti?
Es un rito sagrado, donde cada día vives, mueres y te transformas. Cada vez que salgo a un escenario me entrego, me expongo para que me vean las entrañas, y eso pone al público de mi lado y me provoca una catarsis diaria, que me ayuda a crecer como artista y persona. Es mala señal cuando vas al teatro y sales igual que has entrado. Siempre debería haber una especie de alquimia transformadora, eso que los flamencos llaman “traspasar”, que es lo que a mí me interesa.

Como Caralimpia, en «A cambio de nada», papel por el que fue nominado al Goya.

¿Cuándo encaminaste tus pasos hacia esta profesión?
En los 70. Vivía en Barcelona, donde era una especie de atleta de élite. Y a los que teníamos buenas marcas, nos permitían ir voluntarios a la mili, dejándonos tiempo para entrenar a cambio de competir por la región militar correspondiente. Un día, faltando un par de semanas para terminar el servicio militar, un chico que era actor montó un espectáculo vestido de gitana, cantando, bailando y dándolo todo. Me pareció lo más grande, sentí que dentro de mí se movían fibras que nunca antes lo habían hecho. Era una especie de sacrificio hermoso, y pensé que eso era para mí, que necesitaba ese tipo de energía, darlo todo y volatilizarme. Y al licenciarme dejé el atletismo y el trabajo que tenía en una empresa de fotocomposición, y me matriculé en la escuela de Nancy Tuñón. 

Tu hermano Julio siguió tus pasos y, sin tener antecedentes familiares, sois dos los que os dedicáis a esto. ¿A qué crees que se debe?
Somos siete hermanos. Julio (el tercero) y yo (el mayor) somos actores, pero también tenemos una hermana poeta, que ha estudiado Historia del Arte y ha viajado por todo el mundo; y la pequeña tiene una gran sensibilidad artística y trabaja con mujeres en África. Criados en la España profunda, en la sierra de Cuenca, un lugar de cuevas, muy duro, pero muy hermoso, siempre nos hemos preguntado de dónde venía esa vena artística. Y hemos llegado a la conclusión de que tiene que ver con la combinación de las distintas sensibilidades de mis padres. Él, un hombre muy callado, pero muy bueno, que no sabía mentir, ni lo hizo nunca; y ella, una mujer muy vital e hipersensible.

En tu opinión, ¿qué cualidades debe tener un buen actor?
Debe tener eso que los flamencos denominan “duende”. Ser capaz de generar verdad y tener el coraje necesario para permitir que le vean su vulnerabilidad. Algo que no es fácil. Y menos aún sobre un escenario, donde no valen las trampas.

Con Susi Sánchez en una escena de «Cuando deje de llover». ©Javier Naval

Parece que el flamenco está muy presente en tu vida…
Me gusta muchísimo ese cante antiguo, seco, rancio, que tiene que ver con el dolor del hombre, con el terror primordial. Eso que los gitanos llaman “sabiduría trágica”. Creo que es un arte universal, una bestialidad. Un grito de Camarón, tiene un poder trágico terrorífico. Ellos asumen el dolor del mundo y lo transforman en arte.

Si te ofreciesen escribirte un papel a medida, ¿qué pedirías?
Hace poco he interpretado a Beethoven en un proyecto de largometraje del que sólo hemos rodado 22 minutos. Es impresionante, porque físicamente nos parecemos y es un personaje que yo adoro. Su música me hace llorar, volar, me mata de belleza. Y también tenemos un carácter bastante parecido: pasional, iracundo, trágico, pero noble. Es el exceso, pero también alguien que luchó por convertir el veneno en medicina y lo dio todo por el arte, y me identifico mucho con eso. Así que espero poder llevarlo a la gran pantalla, porque nos hace falta financiación.

¿Hay algún personaje de los que has interpretado hasta ahora que te haya marcado especialmente?
Espero que el Alex de Siempreviva sea el personaje que más me transforme, pero de los hechos hasta ahora, me quedo con el Joe Ryan de Cuando deje de llover. Él soportaba el alzheimer de su mujer, interpretada por la maravillosa Susi Sánchez, y con él me dieron un premio de la Unión de Actores. La obra, escrita por Andrew Bovell, se llevó el Max y es una joya poliédrica y disfrutamos cada día que salimos al escenario con ella, porque volábamos.

Explotando su parecido con Beethoven para un proyecto de largometraje.

¿Alguna vez te has planteado tirar la toalla?
Nunca. He tenido altibajos, por mi necesidad de vivir, pero no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Como aventurero total que soy he vivido mucho, a todo tren, pero con la conciencia de que no era inocuo, que todo tenía un sentido, porque el material de un actor es su experiencia, cómo mira las cosas. Así, en 1999, me embarqué siete meses como pescador en la Costa Brava, porque siempre quise vivir la experiencia de estar en altamar. Mis compañeros eran todos musulmanes, y me preguntaban qué hacía allí, y yo les decía: “vengo a echar horas al alma”. Y eso es lo que conseguí, porque fue una experiencia impresionante, como otras en las que he tenido el coraje de jugármela y mirar la oscuridad. Ahora, abrazo mi vida y tengo clarísimo que lo mejor está por venir.


El artista campesino

Por exigencias del guion, ahora luce como un rockero algo trasnochado. Y es que este look le va como anillo al dedo a su personaje de Alex Macklin en Siempreviva, como también encaja a la perfección en el músico retirado que interpretaba en la serie El pueblo, cuyos creadores ya han anunciado que habrá tercera temporada.

Interpretando siempre busca “la verdad” y es la “mezcla de fuerza y fragilidad” lo que cree le define como actor. Por sus orígenes, se describe como “un artista campesino”, un hombre de “instinto” e “impulsos”, que lo da todo en el escenario y se esfuerza cada día por “contener un continente que a veces se desborda”. 

Con la humildad por bandera, quiere seguir aprendiendo de la vida y la profesión, pues en su opinión son las experiencias vividas las que te ayudan a crecer como actor y persona. Y cuando quiere recargar las pilas, acude a la soledad de la naturaleza, en busca de “belleza”.



  • SIEMPREVIVA

  • Naves del Español en Matadero: Paseo de la Chopera, 14
  • HORARIOS: Martes a domingo, 19:00h. 
  • FECHAS: Del 4 al 28 de febrero de 2021
  • PRECIOS: De 15€ a 20
  • DURACIÓN: 2 horas


DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre