En la cueva del futuro

CRÍTICA DE Castigo ejemplar yeah

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¿Y si no lo consiguiéramos? ¿Y si realmente no hubiera posibilidad de mejorar las cosas? ¿Y si esa pequeña esperanza que siempre queda no se hiciera realidad? Hay que tener valor para plantearse con realismo un futuro próximo en el que los intentos de cambiar el rumbo de la deriva no hayan dado frutos. Un pasado mañana en el que la sociedad haya dado el paso definitivo hacia la cueva, hacia el despotismo y el desquiciamiento moral más salvaje.

Para evocar ese futuro, Íñigo Guardamino –autor y director de Castigo ejemplar yeah– no hace sino fijarse en nuestro presente, y proyectar con audacia la evolución de pequeños aspectos de lo público y lo privado que ya hoy van tomando un color oscuro. A esa proyección, además, le añade una mirada burlona y barroca, para conseguir crear todo un mundo de extraña realidad.

Así, el punto de partida para esta obra es un tiempo en el que las únicas oportunidades para los niños pasan por colegios privados de élite con dudosos métodos disciplinarios. En ese contexto, entra en escena un matrimonio dispuesto a todo para evitar la expulsión de su hijo, sin preocuparse por los riesgos que corren tanto a nivel físico como mental. Metidos en la boca del lobo desde el inicio de la obra, van repasando su pasado y su presente, sin tener nada claro cuál pueda ser el futuro más inminente.

Entre la comedia negra (con toques gore) y la obra de tesis futurista, Castigo ejemplar yeah acierta al encontrar un tono propio, perfectamente mantenido por la intensidad y la implicación de Rodrigo Sáenz de Heredia y Natalia Díaz, los actores de la pieza. Quizás en algunos momentos resultan sorprendentes ciertas digresiones, que en el íntimo espacio de La Trastienda obligan al espectador a adaptar inmediatamente su mirada a los cambios de registro, y hacen olvidar la urgencia de la situación de partida.

Con todo, el público acaba metido en la misma cueva esperpéntica de los personajes, sumergido en sus contradicciones y derrotas, golpeado por la violencia de la palabra y de la verdad, sin saber muy bien en qué momento las cosas acabaron por sacarse de quicio, por perder realidad y terminar convirtiéndose… en un descarnado presente.

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