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El idilio teatral de Carmelo Gómez

Todas las noches de un día

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Retrato promocional para "Todas las noches de un día". ©Sergio Parra

“Cuando me subo a un escenario toco el cielo,
pero hay momentos en los que no entiendo
por qué me he metido en este lío”

Se define como “una persona normal”, con la suerte de poder “tocar el cielo” cuando sube a un escenario, algo que no ha dejado de hacer en los últimos años. Desde hace dos, gira por el país con Ana Torrent representado Todas las noches de un día, una función con la que ahora regresa a Madrid, y que compagina con un personalísimo recital con versos de su amado Lorca.

cuidando la palabra

Desde hace años no te bajas del escenario. ¿Qué te ha dado el teatro?
El escenario es un lugar de imaginación, muy divertido para trabajar y enriquecedor para un actor. Es como subirse a una montaña rusa de emociones, un lugar de pasiones y sentimientos donde cada minuto vale, porque allí pasa media vida en el espacio de tiempo que dura la función. Y todo eso no lo encuentro en otro sitio.

¿Qué te atrajo de Todas las noches de un día?
Lo primero fue el texto. Me fascinó, porque es muy poético, con resonancias a Lorca y Machado, que tanto me gustan. Y luego otras cosas, como Ana Torrent, mejoraron la propuesta.

Háblame de tu personaje.
Por tradición familiar es jardinero, como su padre y su abuelo. Escucha a las plantas en el silencio y sabe lo que las pasa en cada momento. Es una persona con una sensibilidad especial, un hombre entrañable, un cuidador que se enamora de aquello que cuida, y eso es lo que le pasa con la dueña del invernadero en el que trabaja, que es una mujer en quiebra, que se autodestruye.

En «Todas las noches de un día». ©Nacho G. Oramas
Caracterizado para su «A vueltas con Lorca». ©Sergio Parra
Con Chema Adeva y Javier Gutiérrez en «Elling». ©Daniel Alonso

Para meterte en su piel, ¿has tenido que empaparte de botánica?
Yo soy de pueblo y tengo una relación muy poderosa con el mundo de la tierra, de las plantas, de las semillas, del nacer, crecer y recolectar. Un amor que, desde niño, me inculcó mi padre. Pero reconozco que me pegué unos cuantos días leyendo libros y artículos sobre ‘jardinosofía’, que lo llaman por ahí, para ver cómo se implementa el mundo del pensamiento a través del mundo verde, que es lo que plantea el autor en esta función. Porque estamos en un invernadero, cerrados al exterior, en un microclima propio, generado artificialmente, y allí hay una relación afectiva con todo, con la vida, con el tiempo, con el presente, con el pasado, con la muerte…

¿Qué otros proyectos ocupan tu agenda para este 2020?
Hace un par de años que estoy trabajando con Lorca, impartiendo talleres. Y ahora he montado un pequeño espectáculo, llamado A vueltas con Lorca, en el que cojo cosas de aquí y de allá para hacer algo que no es teatro ni recital, un montaje donde fusiono lo personal de Lorca con lo mío y todo lo que invocan algunos de sus poemas.

¿Por qué esa pasión por Lorca?
Es curioso, porque no me siento identificado con él para nada, pero me tiene atrapado en su red y no puedo escapar. Me atrae esa poderosa relación con el ritmo que tienen sus versos, y su capacidad única para transmitir imágenes, aunque no tengo nada que ver con el poeta, ni en lo sexual ni en lo parasexual. Yo vengo de un pueblecito muy atávico, y allí hay cosas que no se hablan, como el sexo, que era un tema tabú. Mientras que él tenía una relación muy abierta y desenfadada con su homosexualidad, e incluso se atrevió a escribir sobre ella. Además, él es muy andaluz, y yo soy del norte, nada que ver. Sin embargo, casi cualquier poema suyo me ‘toca’.

¿Cuándo surgió en ti la inquietud por ser actor?
Todavía estoy buscando mi vocación. Siento pasión por momentos puntuales de este oficio. Cuando me subo a un escenario, me dejo poseer por la energía del público, y toco el cielo. Es algo muy especial e irrepetible. Es la hostia. Pero hay otros momentos en los que no entiendo por qué me he metido en este lío.

¿Y te ves haciendo otra cosa?
No descarto que me guste más tener unos olivos en el monte y cuidarlos todo el año.

¿Qué personajes te gustan más?
Las víctimas, los que tienen una fractura muy fuerte, que se han enfrentado al vacío. Quizá porque yo no he tenido el valor de hacerlo, esa gente me parece muy valiente.

¿Alguno te ha dejado ‘tocado’?
Todos me han afectado de muchas maneras, y a todos me cuesta soltarlos. El personaje te persigue porque sale de ti, y me voy a la cama y me desvelo porque todavía me acosan ciertos fantasmas. En esta función me he encontrado llorando a moco tendido o riendo a mandíbula batiente con todo el cuerpo implicado, temblando. Esto no me pasa en la vida real, es como entrar en trance.

¿Añoras el cine?
Muchísimo, pero no volvería a formar parte de esa familia. La cámara me quiere y yo la quiero a ella, y me gustaba mucho el plató, pero los temas de las películas empezaron a derivar por un derrotero que no me interesaba; sentía que estaba aprendiendo una letra que no me importaba, y era un esfuerzo ímprobo. Eso sí, podría volver, puntualmente, para hacer un personaje que me atrajese mucho, mucho.


Vinculado a la tierra

Si la infancia de Antonio Machado, uno de sus poetas favoritos, está ligada a “recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero”, la de Carmelo Gómez se vincula con el campo leonés, donde de niño trabajaba al lado de su padre viendo crecer los primeros brotes “con el sol cayendo, que es como mejor se ven”.

De ahí su apego a la tierra y su gusto por “trabajar con las manos”, ya sea fresando o decapando forjas que la gente tira y él convierte en biombos, o dando una nueva vida a viejos muebles de madera abandonados.

Por eso es en la soledad del campo, o del pequeño taller que ha montado en su vaciada piscina, donde se relaja este actor con cerca de cuarenta películas a sus espaldas, y un nutrido palmarés, que incluye dos Goya, un Premio Nacional de Cinematografía, siete Fotogramas de Plata, un Ondas, un Ercilla, dos premios de la Unión de Actores y otro de la SGAE, y que desde hace varios años ha vuelto a sus orígenes teatrales.



  • TODAS LAS NOCHES DE UN DÍA

  • Teatro Bellas ArtesC/ Marqués de Casa Riera, 2
  • HORARIOS: Miércoles a viernes: 20:30h. Sábados: 19:00h.
    y 21:30h. Domingos: 19:00h.
  • FECHAS: Del 5 de febrero al 1 de marzo de 2020
  • PRECIOS: De 17€ a 24
  • DURACIÓN: 90 minutos


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