Derecho a techo

CRÍTICA DE Artículo 47

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La escalada de hogares deshechos por una hipoteca imposible de pagar ha sido meteórica en los últimos años. El Instituto Nacional de Estadística dice que el número de familias afectadas por una ejecución hipotecaria aumentó un 7,4% en 2014. Y el Consejo General del Poder Judicial admite que los desahucios de inmuebles –incluidas viviendas, oficinas, naves, locales…– aumentaron un 1,3% el año pasado.

¿Y qué tiene que ver esto con el teatro? Mucho, dado que esta lacra social ha servido de inspiración para crear Artículo 47.

Este espectáculo es el primer montaje de Teatro a Voces, la compañía residente del Centro del Actor, con Lorena García de las Bayonas como directora, a la que se han sumado el talento de la dramaturga Lola Blasco, el del cineasta Miguel Bardem, la compositora Ana Laan y todos los actores y actrices que aportaron su granito de arena a esta creación colectiva de investigación teatral.

Llevar a la escena un tema tan concreto y delicado como el desahucio es una acción de sensibilización que no admite paliativos. Se trata de un asunto visible y tangible, alejado de la mera conjetura. Una ventaja de partida ha sido, sin duda, la facilidad para empatizar con el público, dado que las emociones relativas a este asunto están a flor de piel para cualquiera. Aunque no se pague una hipoteca, nadie es ajeno a una consecuencia de la crisis que día sí, día también es titular en las noticias. Otra cosa es cómo se argumente la exposición, dado que la tentación de caer en el maniqueísmo de vencedores y vencidos es muy grande. Efectivamente, al final todos comen de esta manzana del jardín del Edén, y no se dejan ni las pepitas.

La historia principal es la de una joven pareja –impresionante despliegue de fuerza el de la mitad femenina, Alba Flores– que solicita una hipoteca por un piso modesto, pero se deja regalar los oídos por un sueño que difumina la letra pequeña: un aval sobre la casa del padre de la chica, Vicente, interpretado por un tiernísimo Felipe García Vélez.

Bastante ha quedado demostrado que los bancos no son hermanas de la caridad, pero es que no se puede pretender buscar el alma a una empresa que, por definición, es la encarnación del capitalismo más crudo, en el que peones como Javier Godino o Carlota Callén (ambos muy naturales y acertados) cambian almas y favores sexuales por comisiones y ascensos. Las puertas del infierno se abren cuando llega el desempleo y el diablo tensa la cuerda del suicidio, el de un padre cuyo reloj se paró con la muerte de su esposa, y que traduce sin descanso El jardín de los cerezos.

El texto gana melancolía e intensidad al introducir la obra de Chéjov dentro de la historia. Pero, más allá del desahucio como punto en común, las conexiones terminan aquí. La dueña de la finca de la última gran pieza teatral del autor de La gaviota es Liubov Andréievna, una aristócrata que dilapida su fortuna y que, en cierto modo, encuentra su destino tras cometer un exceso tras otro haciendo caso omiso al problema. Sin embargo,la pareja hipotecada y el avalista son trabajadores y, aún siendo soñadores, han luchado enérgicamente por cada pedazo de pan. Todo esto no quita para que el diálogo entre Vicente y Liubov, protagonistas de un desahucio en dos obras de teatro a las que separan más de 100 años, sea para mí el mejor momento de todo el drama. No dudo de que las historias cruzadas, como la mujer y el hijo desahuciados, o el coro de rumanos, así como las canciones, tengan la intención de darle dinamismo al conjunto, pero hay momentos en que lo emborronan.

Se agradece que el teatro se inspire en la más rabiosa actualidad entre tanta enésima versión de pulsiones universales manidas como el amor, el odio o la muerte. Es cierto que esta obra tiene todos estos ingredientes, pero su marco es inconfundible y está muy bien delimitado. No vamos a encontrar personajes simbólicos dimanando en bucle. Se trata de personas de carne y hueso inmersas en una situación en la que cualquiera podría verse envuelto. La identificación transciende de la mera vivencia emocional porque el patio de butacas comparte siglo, estilo de vida y entidad bancaria con las vidas que desfilan sobre las tablas. Como dicen los actores de la obra: «los invitados son necesarios para que exista la fiesta».

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