De sangre y olvido

CRÍTICA DE La piedra oscura

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Hay un atributo que caracteriza los montajes de Pablo Messiez, además de la sensibilidad poética que ya le asignan como marca de la casa. Para mí, ese atributo es la fuerza plástica. Tiene el director porteño una destacada capacidad para crear imágenes inéditas sobre la escena, algo que le nace fruto no sólo de esa facilidad para aplicar el alma (o sensibilidad) a sus trabajos, sino del conjunto de una atenta escucha a sus actores, un amor supino por la palabra, y un juego mágico que logra empastar estos ingredientes con la imagen visual y la música.

Así, cuando acudo a ver una obra de Messiez, me suelo llevar instantáneas visuales, momentos que se graban en la memoria y en la retina por constituir pinceladas de genialidad que merece la pena fijar (así de presentes tengo, por ejemplo, una Fernanda Orazzi en estado de gracia con una maleta en la mano y un gorro moscovita –Los ojos–; una lluvia de cenizas cayendo sobre las actrices de Las palabras; o a Estefanía de los Santos doblando a Nina Simone en Las plantas).

De La piedra oscura, un ejercicio plástico en sí mismo –realzado por el formidable trabajo de escenografía y vestuario (Elisa Sanz) y de iluminación (Paloma Parra) hasta conformar casi un cuadro de Caravaggio con un efectivo juego de claroscuros y una técnica muy pictórica–, tengo clara también la instantánea que me llevo. El momento inicial del montaje: un rostro iluminado que ya sin abrir los ojos parece decir muchas cosas, y estalla a tocar los platillos al ritmo de un pasodoble militar.

Es el preludio de una narración magníficamente construida por Alberto Conejero,  que, con un estilo claro, directo y con “inmensa ternura contenida” –como señala el propio Ian Gibson en el prólogo de la publicación–, narra el encuentro ficticio entre Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y último amante de Lorca, y su carcelero, Sebastián, en las horas previas a su fusilamiento.

El autor juega con la realidad y la ficción de algo que no sucedió, pero que perfectamente podría haber sucedido, para rendir homenaje a la poco conocida figura de Rapún (para lo que Conejero ha llevado a cabo un intensivo proceso de investigación histórica y con familiares), a la memoria de Lorca, y, en última y más significativa instancia, a “aquellos que quedaron en los márgenes de la foto oficial de la Historia (…) Para que su memoria perdure”.

Un texto sobre el olvido, tema recurrente en el imaginario del director Pablo Messiez, que se percibe inspirado en este montaje y nos brinda un buen puñado de momentos mágicos, de esos desbordantes de fuerza plástica y poesía.

Uno de los principales artífices y contenedores de la fuerza que destila la obra es el joven actor Nacho Sánchez (Sebastián), que conjuga en su potente mirada y en su voz un arrojo sin tapujos a las emociones. Da gusto ver un trabajo rebosante de frescura y sensibilidad como el suyo.

Daniel Grao (Rafael) le acompaña con plenitud a lo largo de la obra. La escucha entre ambos es magnífica, y los lazos que se establecen en esas horas determinantes, bañadas de mugre, sangre y miedo, son tan densos como la atención y el silencio del público. Es un tándem que eleva a altas cotas su complicidad y consigue algo pocas veces alcanzable: que el público respire junto a ellos. La sala se convierte en un pulmón y un corazón encogido bombeando al unísono.

Tengo que confesar que me hubiera gustado sentir con más profundidad las emociones de Rafael por Federico. No llegué a visualizar con rotundidad el amor contrariado de Rapún, el ardor y el deseo trágico, y la culpabilidad que Conejero plasmó en una bella confesión. No conseguí alcanzar la imagen palpable de ese Rapún amando a Lorca con la voluntad abatida, que sí me ofreció sin embargo Sebastián: la imagen potente de un púber corriendo entre la metralla mientras hacía caso omiso a los gritos de la madre, una madre que se aparece una y otra vez en los lugares más recónditos y presentes de la culpabilidad. Y logré sentir de nuevo los sueños de la adolescencia, ese anhelo de ser músico al tiempo de limpiarse la tierra de los callos tras la faena. Y logré sentir, acompañando a ese niño-hombre de alguna pequeña aldea cántabra, que ya nada volvería a ser lo mismo, aunque pertenecer al bando ganador allanara el camino futuro hacia el sueño.

Ésa y otras muchas cosas me evocó la función, ese encuentro entre dos personas que se conocen en las circunstancias más adversas y, en las horas finales del destino atroz, se convierten en un solo personaje: el de la incomprensión, el miedo, y el amor. Todo en uno. Un solo ser personificando toda la injusticia de una guerra, cualquier guerra, y el anhelo de sentido y de redención dentro de la barbarie del mundo, este mundo.

“Tuve tanto miedo, Sebastián, tanto miedo… Pero te encontré. Ahora alguien sabe quién fui”. Y con todo ese amor en la retina, y esa verdad latente de las huellas de una herida supurante, la del silencio mal callado de las víctimas de una guerra, no cualquier guerra, sino “nuestra” guerra, se hace el silencio en la sala. El espectador queda quieto, mudo, sangrando, impregnando la camisa blanca con la que le han vestido la butaca.


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