Creo en la violencia cultural

CRÍTICA DE H. El pequeño niño obeso quiere ser cineasta

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«Lo de convencer a tus amigos para que vengan a ver una obra ya no vale. Ha llegado el momento de arrojarlos contra el teatro. Se impone la violencia cultural«. Con estas palabras, Rulo Pardo, el 50% de la compañía SeXpeare, interrumpía las cuatro rondas de merecidos aplausos que siguieron el final de su espectáculo H. El pequeño niño obeso quiere ser cineasta, que estará todos los martes hasta el 21 de abril en el Teatro Maravillas. Esta obra, en la que comparte escenario con su siamés teatral, Santiago Molero, es una rara avis de pies a cabeza. Ya no porque el argumento sea de lo más loco, sino porque es una pieza estrenada hace once años que ha regresado a las tablas por ovación popular, algo que pasa poco, por desgracia.

Mod (Modesto, en realidad) es un hipster nervioso y con pocas luces que se aprovecha del talento de su amigo Luis para ganar un concurso de guiones cinematográficos en Brasil patrocinado por galletas Nicky (oe, oe, oe). Con la promesa de conocer a su hermana Claudia, la mente perturbada de Luis se pone en acción, alumbrando una película cuyo desarrollo tiene lugar en el propio escenario. La historia narra el periplo de Luis Marcotmercott en Praga, donde visitará al cineasta maldito Hundler Klhuendrer (pronúnciese Junder Klunder, como si fuera el primo guiri de Chiquito de la Calzada), encerrado en un manicomio tras asesinar a toda su familia con su máquina de escribir mientras perpetraba H, su último e inconcluso largometraje. El guión acaba por apoderarse de Luis, y tanto él como su amigo acaban peor que el rosario de la aurora.

El homenaje al séptimo arte es una constante. El propio Luis describe con su panza un perfil muy hitchcockiano, mientras que clásicos del mago del suspense como Con la muerte en los talones, La ventana indiscreta o Psicosis son víctimas del destripe más gamberro durante la representación.

Los cambios de ritmo son frenéticos; los juegos de luces y música, una taquicardia estroboscópica; y la mezcla de entonaciones, un batiburrillo delicioso que te retuerce en la butaca. El nivel de cachondeo es tal, que las carcajadas del público ahogan los diálogos de este dúo, que se chuta energía y buen rollo en vena y que sirve al respetable una especie de catarsis a través del teatro. Mis endorfinas quieren hacer una mención especial a la galleta Nicky de pelo cardado a lo Robert Smith y a una secretaria que sueña con ser como Freddy Mercury en I Want to Break Free, aspiradora incluida.

La entrada en escena del magnífico chupatintas -versión oriental de la SGAE, pero con los ademanes del Neo de Matrix-, pone el punto reivindicativo al espectáculo. Prefiero mil caraduras como Pardo y Molero antes que uno solo de los prohombres venidos a menos que salen en las portadas de los periódicos. Ojalá el hecho de tener más cara que espalda sirviera para montar piezas de producción propia como ésta y no para que algunos ‘piezas’ recurran al desmontaje de lo producido por otros.

No es que H sea un golpe de aire fresco que te despeine el flequillo, es que es un auténtico vendaval que te arranca el peluquín. Su reposición es un acto de veneración hacia los espectadores más fieles del estilo inclasificable de la compañía, que cumple dos décadas haciendo lo que mejor sabe: mezclar un finísimo absurdo con el humor negro, todo ello aderezado con una puesta en escena calculada y altas dosis de mala leche.

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