Con orden ni concierto

CRÍTICA DE Klaxon

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Al inicio, todo es caos. Un suave caos que obliga al público a repartir su mirada entre los diferentes puntos de la pista del Price. Los artistas, dispersos aquí y allá, van dando la bienvenida a los que entran y se acomodan, metiéndolos en la atmósfera de Klaxon: un continuo vaivén que parece no tener orden, pero que zarandea al espectador en un delicioso concierto.

©Niels Benoist

Porque así lo presentan ellos mismos: un ‘concierto’ exclusivo para el público, en cuya polifonía caben todos los ingredientes circenses: la acrobacia, el riesgo, el humor, los guiños al público… y por supuesto, la música. Todo se funde en ese caos concertado y lleno de posibilidades, en el que no hay fronteras entre músicos y equilibristas, entre instrumentos musicales y acrobáticos. Así, los integrantes de Akoreacro funcionan en escena como la compañía integrada que son, y hasta en los gestos más individuales se muestra un entendimiento total con el conjunto.

Después de la fascinación de los primeros minutos de música y saltos, en los que el espectáculo va atrapando al espectador, llegan los números más pausados, e incluso ahí no se pierde la oportunidad de añadir elementos y referencias a la escena: la personalidad del bufón acompaña al español Antonio Segura Lizón en sus ejercicios de trapecio; el manejo de la rueda Cyr de Basile Narcy se nutre de la música y los gestos de danza de sus compañeros; y los malabares con escoba y pelotas de ping-pong acaban fundidos con un inesperado ‘beatbox’ micrófono en mano.

Cada elemento en escena se aprovecha hasta sus últimas posibilidades, sin repetirse, sin caer en la recurrencia; así tampoco los numerosos saltos y equilibrios de la obra, que van cambiando y complicándose cada vez más. De entre todos, es simbólico el piano de cola sobre ruedas, que se va multiplicando a lo largo del espectáculo: como contrapeso para sujetar el trapecio, como centro de la coreografía colectiva, como balancín de equilibrios… y como puro instrumento musical.

En uno de los momentos álgidos de Klaxon, el piano se llena de bolas de ping-pong, y en su sonido y en su posición en la pista se reflejan los ecos de aquellos míticos pianos de Carles Santos en el mismo Price años atrás.

Al final, todo es caos. Un caos ralentizado y aminorado que permite el oscuro. Un caos que podría haber continuado indefinidamente, con esa cuerda que saca en el último momento uno de los acróbatas anunciando un nuevo número, con las múltiples formas de tocar los instrumentos musicales (abrazados, boca abajo, en equilibrio, en salto…) aún por proponer, y con los infinitos guiños individuales que no dan tregua a la mirada del espectador. Un caos que, a pesar de todo, termina recibiendo del público aplausos aún mayores que los precedentes espectáculos del ciclo: La Meute y Mañana es mañana.

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