Casablanc, el arquitecto de imágenes

CRÍTICA DE Hacia la alegría

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Un hombre desnudo se despierta súbito en la desnudez de la noche. De la boca en vigilia le brotan desnudas apresuradas palabras, una acumulación del sinsentido que le apresa como una revelación taciturna. Imparable, desatada. En la oscuridad de la noche y de su alma, el hombre, desnudo también de esperanzas, se aventura a transitar “el gran desierto azul de la ciudad dormida». La ciudad se convierte en el escenario de la pesadilla nocturna, y su excursión a los suburbios del hábitat humana le procura al hombre hastiado una serie de catarsis reveladoras de la alegría que mora en el propio dolor de la existencia.

Hay un espíritu de autodestrucción en su ánimo, un ansia ardiente de romper con todo para llegar al fondo de las cosas, al “origen del orden del mundo”, para después purificarse y resurgir, que conmueven y violentan al espectador. “Mi deseo de degradación no es un deseo de envilecimiento, sino más bien una búsqueda de la pureza”, clama el hombre. Para ello, nos embarca en una trepidante carrera nocturna como a lomos de un animal desbocado que corre, “no para coger un tren, no para llegar puntual, sino para sentir aún que la única forma de mirar el mundo es hacerlo con el propio cuerpo, con el jadeo y el peligro del cuerpo. Correr para ser, correr para saber”.

Y así es como acompañamos al actor en su travesía física, extenuantemente corporal, pero sobre todo moral, filosófica, que trota, que se arrastra, que se desliza desde los barrios burgueses de los que es cómplice y víctima, hasta el lodo de las cloacas en el que retoza, henchido de un extraño placer provocado por el dolor autoinfligido. El autor y director de la obra describe esta epifanía como “el mito de la caverna al revés”, un avance hacia “tinieblas misteriosas, las que están en el origen del arte y del deseo”.

El culmen, la revelación final, representada a través de un pequeño teatro de sombras, nos devuelve la tranquilidad, nos retorna a un mar sin olas tras la épica frenética de todo el viaje. El corredor nocturno se reconcilia con el sentido por el que emprendió la marcha, y el espectador queda en la butaca, con el corazón palpitando, el gesto mudo, la mente infestada de imágenes, y un desasosiego de esos que hacen amar el difícil trago del teatro que revuelve las entrañas.

Empresa arriesgada la de Olivier Py al plantearse llevar a escena una adaptación de su última novela Excelsior, un ejercicio de exorcismo literario sobre la vacuidad de la huella humana y su deseo de trascendencia. Es como coger el diario íntimo de un poeta nihilista y leerlo en voz alta, concatenadas las reflexiones de las horas más oscuras y el anhelo desgastado en las esperanzas perdidas. El heroico acto de dar sonoridad y cuerpo a las palabras más íntimas, ésas que surgen de las peores resacas vitales, es faena que, de no caer en manos de un actor con sensibilidad y recursos suficientes y una dirección firme que temple y moldee, puede ser un ejercicio de suicidio dramatúrgico.

A nivel narrativo, es un texto que al principio entra por el oído a trompicones, necesita de una transición que aclimate la mente, al tener tan alta condensación de recursos líricos y no dar un respiro de liviandad. Y sin embargo, y ahí interviene sin duda la calidad del intérprete, Pedro Casablanc lo hace suyo de una forma tan orgánica y repleta de texturas que uno se queda súbitamente hipnotizado, prendido por la narración que brota de la boca de este portento, que a partir de ese momento ya nos puede manejar a su antojo por cada una de las etapas de su carrera urbana.

Pocas veces he visto con tal claridad y sin esfuerzo dibujárseme en escena la imagen exacta que está viendo el actor. Casablanc, en esta obra, es un prestidigitador de la imagen, un verdadero arquitecto de la imaginación. Construye las imágenes con la facilidad y la claridad con la que vemos también manipular los muros y todas las trampas y trucos de la escenografía. Una decisión acertada, ésta de mostrarnos a los operarios en escena, de enseñarnos las tripas de la maquinaria escénica al tiempo que nos conducen por las tripas de la ciudad. Todo contribuye a una estética del feísmo que, en mi opinión, juega muy a favor de la propuesta.

El trabajo con la luz y el sonido desprende también buen criterio y organicidad. La banda sonora, interpretada en directo por un cuarteto de cuerda, embellece la lírica de la narración en determinados momentos y, en otros, colabora a acentuar la angustia. También es cierto que el proyecto ha contado con fichajes de primera división en el equipo artístico. Algo hay en el planteamiento de este montaje que recuerda a aquellos proyectos pre-crisis, cuando los teatros no reducían al mínimo el gasto de sus producciones, sino que en ocasiones hacían alarde de lo contrario.

En eso también se nota el marco en el que se ha desarrollado Hacia la alegría, que es la iniciativa Cities on Stage. Se trata de un proyecto internacional a cinco años en el que La Abadía lleva involucrada desde 2011, que ha procurado, gracias a una subvención europea, un trabajo conjunto entre siete teatros de diferentes países del viejo continente. Este proyecto de colaboración ha dado como fruto una serie de producciones teatrales que van girando por toda Europa, y otras actividades con la temática de las ciudades y la conexión del teatro y los ciudadanos como nexo común.

Dentro de este programa, cada teatro tenía la tarea de, además de acoger en sus espacios propuestas de otros, realizar una producción propia. Yo diría que el resultado en este caso ha quedado bien digno, y a la altura de presumir de calidad patria cuando Casablanc gire por los escenarios europeos. Ahora que, por hacer una reflexión un poco más allá, y atendiendo a todos los beneficios que podría haber supuesto el proyecto en este momento de necesidad de sacar pecho de nuestro “Producto Cultural Bruto”, romper una lanza a favor de la cantidad de talento español que habita la escena contemporánea, para quienes esta palanca de apoyo y visibilidad no habría venido nada mal. En lugar de eso, se ha optado por encargar las riendas de la producción española a un nombre ya consagrado de la escena gala (Olivier Py es, además de escritor, dramaturgo y director, un reconocido actor –lo vimos travestido de Miss Knife en el Festival de Otoño de 2013–, ex director del Odéon de París y desde hace un año gerente del Festival de Avignon) y negociar, imagino, un fifty-fifty en la composición del equipo artístico.

No pretendo sacar una vena nacionalista, ni mucho menos, soy defensora acérrima de la riqueza intercultural, pero he visto alguna otra de las propuestas de Cities on Stage y me pareció, por ejemplo, más interesante -en el sentido estricto del objetivo de trabajar con la comunidad de cada teatro participante en el proyecto y trasladarla a otros países– ver a toda aquella troupe que conformaban el elenco de Fragmente, la propuesta del teatro sueco Folkteatern que se exhibió en La Abadía el año pasado, y poder conocer la pluma de uno de los autores más representado de los países escandinavos, Lars Norén. Es decir, tener al alcance una propuesta que suponía todo un ejercicio de estilo sueco, representativo de la cultura contemporánea de allí que, de otro modo, probablemente jamás hubiera tenido oportunidad de conocer. Es ése, para mí, uno de los más valiosos significados de este proyecto europeo.

Al margen de esta pequeña reivindicación de apoyo local, Hacia la alegría es una de esas propuestas atípicas y privilegiadas que las colaboraciones institucionales hacen posible emprender, y que no debe desaprovechar cualquier amante de las emociones fuertes y sobre todo de las excelentes interpretaciones. Les garantizo que verán la ciudad, y el alma humana, a través de los ojos de un increíble actor-arquitecto de imágenes.

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