Camus o la grandeza dialéctica

CRÍTICA DE Los justos

0
117

Los justos de Albert Camus es un Miura al que hay que saber cómo acercarse. Antes que eso, hay que tener valor ya sólo para decidir acercársele. Y en esa atrevida faena, los valientes tienen pleno derecho a equivocarse.

La densidad ideológica y la belleza literaria del texto, así como los dilemas éticos que plantea, hacen que esta obra del Nobel de Literatura se tambalee en las manos del lector, que recibe un aldabonazo en su conciencia y se debate en los complejos márgenes de la justificación del fin y los medios. Una obra concisa, rotunda, grande.

Escrita en 1949, con las ascuas de la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias del absolutismo político aún humeantes, la obra de Camus aborda la temática de la violencia subjetivamente justificada a través de un grupo de terroristas del partido socialista revolucionario en la Rusia zarista de comienzos de siglo XX, cuyo fin es liberar al pueblo del régimen opresor del Gran Duque Sergio Románov.

La propuesta que estos días puede verse en Matadero, dirigida por Javier Hernández-Simón, es una versión del mismo director junto al guionista José A. Pérez, que traslada el texto —bien versionado, sin estridencias— al conflicto de ETA en la España de finales de los 70, cuando un inminente atentado contra un alto cargo del gobierno está a punto de perpetrarse.

Ambos golpes, ruso y vasco, fueron reales. Como real y también atemporal es la dialéctica que nos plantean los personajes de la historia, una célula unida por un fin común –“la justicia, que está por encima de la vida” (Stepan)-, cuyo ADN se va desmigando en moléculas ante el espectador, que contempla así lo humano dentro de lo inhumano. Empatizar con el sufrimiento y con algunas justificaciones de los terroristas, con su miedo, sus dudas, su prisión interna —“Y así estamos, condenados a ser más grandes que nosotros mismos” (Dora)— es el privilegio y la pesada carga del que asiste desde fuera a esta danza macabra.

Una coreografía siniestra que, a mi juicio, en esta propuesta se pierde en el exceso estético y simbolista de la puesta en escena, cuando maneja un texto tan privilegiado que cualquier recurso debería estar al humilde servicio de la palabra y la emoción, en esencia tan potentes como las bombas que manipulan los terroristas.

En lugar de privilegiar el foco en los actores, de bucear en esa verdad atroz que nos cuentan, el director parece haberse empeñado en buscar la poética de los elementos (cuerdas que atan, tierra que mancha y fragmenta, agua que purifica). Abusa de la utilización de estos recursos, que empañan en vez de ayudar —los personajes parecen estar más presos de la maraña de cuerdas que de sus conciencias—, y que remarcan, también sonoramente, lo obvio, en lugar de dejar que sea el silencio y la imaginación los que azoten a su modo a cada espectador.

Además, cuando cuentas con el talento y maestría del iluminador Juan Gómez Cornejo en tu equipo, parece que todo lo demás podría ser prescindible. Su planteamiento de la luz en esta obra es tan impactante que ya sólo por ello merece la pena ir a verla.

Vaya por delante mi reconocimiento a la valentía de torear este Miura que es, en primer lugar, montar un Camus, y, en segundo lugar, dar voz a un conflicto de la España contemporánea del que aún quedan muchas páginas por escribir y mucho silencio invisible. Con estos dos ingredientes, tenía muchas expectativas…

Hubiera deseado que este toro me atrapara, dejarme cornear vivamente y disfrutar de ese desgarre de entrañas. Convulsionarme con la determinación radical y sin escrúpulos de Stepan —encarnado por José Luis Patiño en el papel de Josu— (“Lo que no te mata te da más ganas de matar”); sentir las contradicciones internas del idealista Kaliayev —Álex Gadea interpretando a Mikel— (“Ahora sé que no hay felicidad en el odio. ¡Pero llegaré hasta el final! ¡Más lejos que el odio!”); emocionarme con el anhelo de amar de Dora —Lola Baldrich como Maite— (“No somos de este mundo, somos justos. Hay un calor que no es para nosotros”); dejarme envolver por el resto del coro de personajes, tan bien trazados por Camus (Ramón Ibarra, Rafael Ortiz, Pablo Rivero Madriñán).

En lugar de eso, la hazaña se me quedó en una exhibición templada, donde pude ver y admirar la lucha titánica de los actores, atados al coso, por alcanzar la altura que un toro tan grande como Camus y un espacio tan inmenso como la nave del Matadero extienden desafiantes. Aún así, hay que aplaudir la gesta de ponerse delante del morlaco y mirarlo cara a cara.


Te puede interesar:

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, pon aquí tu nombre