Ángel Ruiz desnuda
a Miguel de Molina

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©Sergio Parra

“Me hubiera dedicado a la política, entendida como servicio al ciudadano”

Conociendo sus comienzos cabareteros y habiéndole visto como maestro de ceremonias en The Hole, resulta difícil creer que este malagueño de origen navarro haya sido “un niño tímido e introvertido”, como asegura. Pero Ángel Ruiz ha demostrado ser un actor y cantante polifacético, que lo mismo interpreta a un fantástico Lorca en El Ministerio del Tiempo –obteniendo el reconocimiento de sus compañeros con un Premio de la Unión de Actores–, que se mete en la piel de un Miguel de Molina que emociona incluso a quienes le conocieron.

Ofreciéndonos la oportunidad de volver a disfrutarlo en este papel, la compañía LaZona le ha brindado una nueva producción de su Miguel de Molina al desnudo, un espectáculo que Ruiz quiere convertir en parte de su repertorio.

Fascinación
Caracterizado como Miguel de Molina. ©Javier Naval

¿Cómo surge tu atracción por Miguel de Molina?
En 2008 participé en un espectáculo para conmemorar el centenario de su nacimiento, y su figura me fascinó, así que empecé a investigarle. Entré en contacto con la Fundación Miguel de Molina, que dirige su sobrino-nieto, y gracias a él pude acceder a documentos y fotografías de primera mano, que me descubrieron un personaje maravilloso, muy controvertido, lleno de contradicciones, pero deslumbrante. Un personaje que se ha perdido en el olvido. Y eso me motivó para contar su historia, en un intento por hacerle justicia a él, pero también a nosotros, porque es un símbolo de otras muchas historias de víctimas de la guerra y la incomprensión.

¿Cómo planteas la función?
Mi intención era acercar el personaje al público y al presente lo máximo posible, así que lo he planteado como una rueda de prensa ficticia, a la que Miguel de Molina llega para contar su verdad. Eso da frescura al personaje y me permite establecer un diálogo con el público, que se convierte en la prensa que acude a la cita. Y la puesta en escena es sencillísima: un espacio prácticamente vacío; sólo un piano, al que se encuentra César Belda, para que todo se focalice en el personaje, que él lo llene todo con sus coloridas camisas, su baile y sus canciones.

No sólo eres el protagonista, también eres el autor, ¿qué ha sido lo más difícil?
He escrito muchas funciones de estilo cabaretero, pero es la primera vez que me enfrento a un monólogo, y eso ha sido difícil. Más aún cuando he tenido que encajar las canciones, consiguiendo que formaran parte del hilo conductor, porque no hay que olvidar que hablamos de la vida de un cantante.

¿Qué criterios has seguido para seleccionar las canciones?
No quería hacer una antología discográfica de Miguel de Molina, sino contar su historia. Por eso no están todas. En la función las canciones ilustran el estado emocional en el que se encuentra el protagonista en cada momento.

Háblame del personaje que veremos sobre el escenario.
Intento recrear a Miguel de Molina en todas sus facetas. Me visto como él, imito su forma de hablar, y he trabajado con Mona Martínez (actriz y bailaora de muchos palos del flamenco y de clásico español) para encontrar sus movimientos, su forma de bailar. Lo interpreto de viejo, de joven, siendo un niño… Aparece el artista, el hombre que sigue enfadado con España, a la que le dedica el La bien pagá al comienzo de la función…

En una escena de Miguel de Molina al desnudo. ©Javier Naval

¿Qué viene a reivindicar?
Hay conceptos que se repiten hasta la saciedad en el texto, como libertad, responsabilidad, compromiso y búsqueda de la verdad. Conceptos que cobran mucho sentido en boca de alguien que fue golpeado hasta quedar medio muerto, y que tuvo que irse de España porque no le dejaban hacer lo que más quería: actuar. Yo los reivindico porque, de alguna manera, seguimos igual: los homosexuales siguen recibiendo palizas por ir de la mano; seguimos quedándonos con el rumor y el cotilleo sin contrastar la información; nos alimentamos de la desgracia del prójimo, y despreciamos el éxito y el mérito ajeno.

¿Cómo te sientes en la piel de este artista inclasificable?
Muy cómodo, porque me he construido un traje a medida, no me lo he puesto difícil. La dificultad llega cuando hablo de cosas que me implican personalmente, y que tienen que ver con el presente. Porque, como símbolo de lo que estoy contando, pongo en boca de Miguel de Molina toda una declaración de intenciones: apelo a la memoria histórica, al compromiso y a la responsabilidad de esta profesión de remover conciencias porque, además de entretener, ésa es la razón de existir del teatro.

¿Qué significa para ti este personaje a nivel profesional y personal?
Profesionalmente es un reto, que he podido afrontar porque he conseguido cierta madurez como intérprete. En este espectáculo paso por una montaña rusa de emociones y pongo mucho de mí, hasta el punto de que me desnudo tanto como lo hago con el personaje, y eso es una vuelta de tuerca más.

El montaje son 90 minutos en los que no te bajas del escenario, ¿cómo acabas física y mentalmente?
Acabo muy cansado, pero psíquicamente lleno. Es como si acabase de hacer el amor: el desgaste de energía es brutal, pero recibo tanto del público que cada función me carga de energía.

¿Cuándo te picó el gusanillo de la interpretación?
Eso lo tengo en común con Miguel de Molina, porque, como él, yo me escapaba de niño al Teatro Cervantes de Málaga para ver espectáculos de variedades desde el gallinero, y, como él, también allí fue donde empecé a sentir que eso era lo que me gustaba. Por eso está en la función, porque me tocaba muy de cerca.

De no ser actor, ¿cuál hubiese sido tu plan B?
Tengo un alto sentido de la justicia, que me lleva a defender causas imposibles. Siendo adolescente ya estaba en el consejo de alumnos, y ahora sigo militando en la Unión de Actores, así que, probablemente hubiera trabajado en algún organismo que ayudara a los demás, o me hubiera dedicado a la política, entendida como servicio al ciudadano.


Ángel Ruiz con una pose característica de Miguel de Molina. ©Javier Naval

Artista inclasificable

Miguel de Molina (Málaga, 1908 – Buenos Aires, 1993) es uno de los más singulares y arrolladores artistas que ha dado nuestro país; un estandarte de la libertad, tanto creadora como personal, que fue perseguido durante la dictadura franquista “por rojo y maricón”. Condenado al ostracismo, abandonó su patria por una Argentina que le acogió con los brazos abiertos, convirtiéndole en un icono artístico. Sólo volvió a pisar suelo español en 1957, gracias al afán de Antonio Molina y Juanito Valderrama, que le ofrecieron una gira por nuestra geografía en la que hubo de aguantar muchos desprecios, que le llevaron a regresar a Buenos Aires, donde falleció en 1993, y donde aún reposan sus restos.

Como el personaje que interpreta, Ángel Ruiz sintió la llamada de la interpretación siendo un niño. De hecho, asegura que el teatro le sirvió de “terapia” para superar su timidez. Como referentes que le marcaron siendo aún muy joven: Ángel Pavlovsky y Esperanza Roy, dos artistas que le descubrieron “el poder del escenario” cuando sólo contaba 13 años.

Ha llovido mucho desde entonces, y mucho ha ido engrosando el currículum de este polifacético actor y cantante, que comenzó con el dúo cabaretero Quesquispas, junto al músico Mariano Marín, y que ha hecho teatro clásico, contemporáneo, musicales y zarzuelas, entre otras muchas cosas.

Recientemente hemos podido verle hablando en verso como protagonista de La venganza de Don Mendo, y en la polémica zarzuela ¡Cómo está Madriz!, protagonizada por Paco León. Próximamente pasará de nuevo por el Teatro de la Zarzuela con un concierto de copla encargado por su director, Daniel Bianco, y para participar en dos montajes a las órdenes de Enrique Viana.



  • MIGUEL DE MOLINA AL DESNUDO
  • Teatro Rialto: Gran Vía, 54
  • FECHAS: Del 10 de octubre de 2016 al 20 de febrero de 2017
  • PRECIOS: Desde 15€ 


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