A mí la tortilla de patatas me la enseñó a hacer Ana Belén

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Todo el mundo aprende a cocinar gracias a las recetas familiares, a esos momentos pasados con las madres viéndolas cocinar, ayudando… y yo no soy menos. De hecho, las mejores conversaciones y las confidencias más íntimas han sido en la cocina mientras ella preparaba la comida. Siempre he tenido la costumbre de sentarme en la mesa que teníamos en la cocina mientras ella me iba dando tareas, haciéndole las veces de pinche, o me sentaba en lo alto de la lavadora, echándome un cigarrito, y conversábamos largo y tendido. De ahí he aprendido a hacer cocido, lentejas, arroz con leche y hasta huevos fritos, mientras le hablaba de amoríos y de las preocupaciones del momento, pero el mejor plato que cocina mi madre es la tortilla de patatas. Sin duda alguna, creo que nadie le da el toque que ella sabe darle. Tan jugosita, tan sabrosa… Se me hace la boca agua sólo de pensarlo…

Ana Belén en una escena de Defensa de dama. Año 2002.

Mi madre, además de ser quien me enseñó a cocinar, también ha sido (y sigue siendo) mi compañera teatral, y cada vez que tengo ocasión me la engancho del brazo y nos vamos a ver cualquier función que se nos ponga por delante. Podría decirse que ha sido un intercambio: ella me enseñaba lo que sabía de cocina –entre otro millón de cosas–, y yo a ella lo que sé de teatro. Eso sí, la tortilla de patatas no me la enseñó ella, las cosas como son. La tortilla de patata me enseñó a hacerla Ana Belén… Sí, sí, María Pilar Cuesta… Vamos, Ana Belén, la cantante y actriz de toda la vida… No, yo a Ana Belén no la conozco de nada, no ha venido a mi casa, no es amiga de la familia, ni nadie me la ha presentado, sin embargo, ella es quien me enseñó a hacer tortilla de patatas. Y no sabéis lo riquísima que me sale, modestia aparte.

Quien me haya leído por aquí o en algún otro rincón de esos por los que suelo aparecerme, sabe de mi afición a compartir y contar de dónde proceden los pedacitos de los que se conforma mi ser teatral; pues bien, uno de esos pedacitos tenía que aparecer en este espacio de PrográmaTe por el simple hecho de autodenominarme en este blog como “teatrófago”, y es que alguna glotonería tenía que salir tarde o temprano… Y la excusa perfecta era recordar esta pequeña historia, que tiene mucho que ver con mi primera vez en el Teatro de La Abadía, aprovechando así para aportar un testimonio más en su 20º aniversario. Y aquí es donde se alinea todo: mi madre, Ana Belén, la tortilla de patata tan riquísima que me sale, y La Abadía.

Con Antonio Valero en otra escena de la función de 2002.

La verdad es que yo he sido un espectador tardío de esta sala. Mi primera vez fue cuando quise regalar a mi madre entradas para que viera a Ana Belén en teatro, concretamente en Defensa de dama, allá por el año 2002. Una función dura, dirigida por José Luis Gómez, en la que se trataba el tema del maltrato en la pareja y en la familia, y que, curiosamente, recuerdo con un gran cariño. Primero, porque cualquier momento compartido con mi madre merece que lo sea; segundo, por llevarla a ver algo que sabía le iba a hacer especial ilusión por quién lo protagonizaba; y, tercero, por descubrir ese espacio tan maravilloso que es La Abadía.

Recuerdo el momento de entrar, la sensación extraña de ver ese bello edificio y pensar que aquello era un espacio teatral –¡Quién se iba a imaginar que después vería funciones en casas de porteras, peluquerías o sótanos!–. Aquel lugar tenía algo tan maravillosamente mágico que aún puedo recrear en mi mente el momento de adentrarme en él, en la Sala San Juan de la Cruz, con esa arquitectura, esas gradas divididas en dos, ese aroma tan especial… Cuando la descubrí, pensé en mis profesores hablando de que el teatro es un templo, y pienso que a esto es a lo que se debían referir. Y es que es imposible entrar sin sentir cierta reverencia ante un espacio tan bello. Quien ha estado, sabe de lo que hablo.

El caso es que, durante la función, el personaje de Ana Belén, entre tantísimo drama como el que vive, cocinaba una tortilla de patatas, y a mí, que estaba tan metido en la función, se me quedaron grabados a fuego todos y cada uno de los pasos que ella realizaba hasta llegar a servir el plato en la mesa, casi como si me hubiera tenido sentado allí, a la mesa o sobre la lavadora, y su trágico padecer fuera una confidencia de esas que se cuentan al calor de la cocina.

La función me entusiasmó, el espacio me fascinó y salí emocionado con la experiencia que acababa de vivir. Pasados los días, me lancé, recordando todos y cada uno de los pasos que Ana Belén daba en escena, y los fui repitiendo hasta lograr servir también yo mismo una tortilla de patata ¡Y me salió! Y no sólo eso, es que, además, ¡estaba riquísima! Así que, desde aquel momento, cuando alguien me pregunta por cómo aprendí a hacer la tortilla de patatas, no pierdo el tiempo y le suelto: “A mí la tortilla de patatas me la enseñó a hacer Ana Belén y, aprovechando la cara de alucinado del interlocutor, cuento esta historieta que le da un empaque especial…

Cualquier día, para celebrar el 20º Aniversario de La Abadía, que como excusa es estupenda, os invito a comer tortilla de patatas “a lo Ana Belén”… ¿No existe el pollo “a la Pantoja”? ¡Pues eso! Por cierto, ¿os he dicho ya que me sale riquísima?

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