¡Viva por siempre La Portera!

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Asisto al anuncio del final de las representaciones en La Casa de la Portera como si fueran pétalos que se desprenden, perdiéndose en lo efímero del acto teatral… Día tras día las funciones van despidiéndose. Esto se acaba, ahora sí que sí, y la pena se apodera de los corazones teatreros que hemos amado con pasión este rincón de la calle Abades.

Alberto Puraenvidia y José Martret, los fundadores.

Pasan los días, las horas, pienso qué decir, qué contar sobre este lugar para rendirle mi personal homenaje. Los recuerdos se me agolpan, pienso en todo lo visto, en lo que me ha quedado por ver, en los ratitos de charla en las esperas junto al portal, en las veces que el propio José Martret nos recibía como maravilloso anfitrión. En Carmen Aragunde, o en Pablo Martínez, recibiéndonos con la cálida luz de sus sonrisas, o de nuestras miradas cómplices cuando algún espectador primerizo no sabía por dónde se andaba y se asomaba agobiado tras haberse perdido por el edificio. Pienso en ellos, desconocidos hace poco más de tres años, y ahora presencias imprescindibles que adoro encontrarme una y otra vez.

Pienso en esos objetos que a simple vista parecen tan sólo decoración extravagante, pero que realmente son piezas indispensables para los cientos de universos que la han habitado; pequeñas joyas salidas del exquisito imaginario de Alberto Puraenvidia. Ahora, en casa, pensando en el deseo de poder quedarme al menos con un fleco de una de sus lámparas, busco en la maraña de programas de mano –¡benditas obras de arte!– alguna de las docenas de entradas para, con mimo, guardarla como preciado tesoro de lo que fue, testigo de que “Yo también estuve allí”. Pienso en sus cuadros, mágicas miradas que vigilaban nuestras emociones, que han sido testigo de tantas lágrimas y carcajadas.

MBIG, uno de los montajes más reconocibles de esta sala. ©Jesús Ugalde

Pienso en ese par de habitaciones, ‘los pechos’ de La Portera, que con calidez de matrona han acogido y amamantado a todos los ‘niños perdidos’ del teatro, tanto artistas como espectadores. Y, como en un castizo Nunca Jamás, hemos sido lo que hemos querido, sintiéndolo nuestro hogar. Donde hemos jugado hasta reventar de placer, a veces a juegos divertidos; otras, a juegos desgarradores, o aterradores, o tan reales como los que nos esperaban de nuevo en la calle. Donde nos hemos enamorado a través de mil y un mundos impensables…

No sé si Martret y Puraenvidia llegarán nunca a ser realmente conscientes de lo que ha significado su aventura particular para el resto, para los que hoy también tenemos un nudo en la garganta pensando en el momento en el que se haga el oscuro final de este instante mágico que han sido los tres años y pico de su existencia.

En La Casa de la Portera no sólo hemos visto teatro, además, se han forjado amistades, reafirmado pasiones, nos han abierto el pecho a golpe de emoción, hemos aprendido que las cosas se pueden hacer de otra manera, hemos descubierto flores raras que nos han empañado la mirada, hemos querido ser con más ganas, si cabe, lo que ahora somos.

Desde su firmamento de 60 m² hemos visto brillar estrellas –desconocidas para nosotros y sin las que ahora no sabemos vivir, o de las que uno señala con emoción porque se las sabe de memoria–, sintiéndonos capaces de alcanzar su magia con tan sólo estirar los dedos.

Protagonistas de Ivan-Off, otro histórico montaje.

Os confieso que no he podido asistir a ninguna representación en este mes de despedidas porque se me hacía doloroso. Ya, parece una bobada, pero me duele en mi alma teatrera. Que conste que entiendo y comparto los motivos: es mejor marcharse cuando se están haciendo bien las cosas a sufrir la decadencia de un sueño. Pero esta pena parece que no entiende de razonamientos.

Como buen sentimental, yo también quise tener mi despedida personal con La Portera, asistiendo a la misma función con la que la conocí y me enamoré: Iván-Off. Tenía que ser así, quería que fuera así. Quería que el inicio y el final de esta historia de amor llevaran prendadas en su solapa las emociones que hicieron que me rindiera a sus encantos. Así que, la última vez que atravesé su umbral fue con los dramas de este Chéjov tan “martretiano” que reventó desde dentro el panorama teatral y lo transformó en lo que hoy es.

La verdad es que no sé qué decir para rendirle un merecido homenaje y expresar cuánto ha significado, porque sólo pienso y pienso y pienso… Y, como veis, me aferro a recuerdos. Supongo que lo hago porque sé que es lo único que permanecerá a partir del 21 de junio, cuando este sueño hecho realidad regrese al lugar del que una vez salió.

¡Ah! Sólo un mensaje más a sus creadores, José Martret y Alberto Puraenvidia: ¡GRACIAS INFINITAS! Gracias, porque, al creer en vuestros sueños, hoy todos somos un poquito más nosotros.

¡Viva por siempre La Portera!

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