Tío Vania en versión Veronese

Gema Fernández / Fotos: marcosGpunto|
Actualizado el Lunes 13/11/2017
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El dramaturgo y director argentino Daniel Veronese regresa al Centro Dramático Nacional para presentar su personal versión de Tío Vania, a su juicio “la obra más potente de Chèjov” y, también, “la más actual”.

Dos paredes con sendas puertas, y un ventanuco por el que unos personajes expían a otros, componen la minimalista escenografía en la que Veronese desarrolla el universo de Espía a una mujer que se mata, el enigmático título con el que ha bautizado esta función.

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En esta atmósfera “asfixiante”, que el argentino rellena con una mesa y varias sillas, es donde veremos estallar a unos personajes a los que el paso del tiempo ha convertido en lo que nunca quisieron ser: una joven esposa que ya no sueña con el amor, un viejo profesor en decadencia, un médico rural con las ilusiones rotas, una vieja nodriza, una joven enfrentada al rechazo y un hombre lúcido que sospecha que, cuando la vida falla, se hace necesario vivir de espejismos.

Problemas con el alcohol, sueños rotos, la búsqueda de la verdad a través del arte, la desazón frente a la vida o la imposibilidad de ser feliz son algunos de los síntomas que presentan las cuatro mujeres y tres hombres que protagonizan esta historia.

Historia con la que Veronese pretende “emocionar y sorprender”, y que comienza con la mudanza de Serebriakov (Pedro García de las Heras), celebrado académico y crítico teatral que acaba de jubilarse, a la finca que hasta entonces han estado cuidándole su cuñado Vania (Ginés García Millán), su hija Sonia (Marina Salas) y su ex suegra María (Susi Sánchez). Su llegada, acompañado de su joven esposa Elena (Natalia Verbeke), desatará el enfrentamiento, en el que mediarán el doctor Astrov (Jorge Bosch) y Teleguin (Malena Gutiérrez).

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Deslumbrado por el “visionario”


“Chèjov era un visionario que escribía para el futuro”, afirma Daniel Veronese, quien reconoce que “siempre” quiso “escribir como él”.

Esa admiración por el escritor ruso le ha llevado a “hincarle el diente” a tres de sus obras más conocidas. Primero fue Tres hermanas (2004), un texto que rebautizó como Un hombre que se ahoga. Después le tocó el turno a Tío Vania que, bajo el título Espía a una mujer que se mata, estrenó en 2006 en El Camarín de las Musas de Buenos Aires con su un elenco argentino y que, tal cual, aterrizó en la madrileña sala Cuarta Pared un año más tarde dentro del Festival de Otoño.

Su última incursión en el mundo chejoviano fue La gaviota, a la que en su personal versión denominó Los hijos se han dormido y que pudimos ver en 2012 en las Naves del Español de Matadero Madrid.

En su cabeza ya bulle la idea de poner en pie El jardín de los cerezos y Platónov, a los que aún no se ha atrevido a “meterles mano” porque no se encontraba “preparado”.

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