Sacristán recupera
al Quijote héroe

Gema Fernández // FOTOS: Guillermo Casas|
Actualizado el Jueves 15/11/2012
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La bondad del hidalgo ideado por Miguel de Cervantes es el rasgo que los creadores de Yo soy Don Quijote de La Mancha han querido resaltar en este montaje, protagonizado por José Sacristán. En él se nos muestra al héroe escondido tras el loco, para ayudarnos a sacar nuestro Quijote oculto.

Alonso Quijano cree que el mundo “se ordena con palabras viejas y hermosas, como lealtad, justicia y amor verdadero”, cuenta con admiración José Ramón Fernández, Premio Nacional de Literatura, y responsable de la dramaturgia de este proyecto. Por eso, quiere pensar que “Don Quijote es un pedazo de todos nosotros”; que “forma parte de nuestro lado bueno”.

Y es precisamente ese “ser humano íntegro”, ese “referente moral”, “ese ‘loco’ que no se detiene a pensar en las dificultades cuando se trata de defender a los que le necesitan, y que pone por encima de todo el cumplimiento de la justicia y la honorabilidad”, el que refleja esta función, nos cuenta quien lo encarna, José Sacristán.

La quijotización

No es la primera vez que este grande de nuestra escena se ‘calza’ la armadura del hidalgo cervantino (lo hizo hace años en El hombre de La Mancha). Pero es que, aunque él se reconozca “más sanchopancesco”, aspirar a ser Quijote le parece “admirable”, “un regalo”.

A su lado, su inseparable compañero de fatigas, Sancho Panza, está interpretado por Fernando Soto. El actor madrileño, que a veces se siente “más Quijote que Sancho en este mundo lleno de escépticos que no aportan nada”, dice que con este proyecto le ha tocado “el premio gordo”.

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Para él, su personaje es “un hombre bonachón, pero con los pies en la tierra; corto de ideas, pero con una gran sabiduría popular, que demuestra a cada momento soltando un refrán. Un ser que se va quijotizando, y que pasa de ser un hombre de la tierra a tener los ideales de su amo”, explica.

Completa el elenco Almudena Ramos, que interpreta a Sanchica, una joven “sin maldad” que, como su padre, “es capaz de ver en Don Quijote al loco y al hombre bueno, capaz de entender que el mundo le necesita”, aclara el creador del texto.

Y poniendo el punto musical a la función, el violonchelista José Luis López, que se mantiene sobre el escenario junto a los tres actores, según la puesta en escena ideada por Luis Bermejo, el director.

Su propuesta recurre al teatro dentro del teatro; es decir, los actores hacen las veces de actores que interpretan algunas de las aventuras de El Quijote. De ahí que la escenografía simule un viejo teatro, con candilejas y unas pasarelas que pretenden recuperar las Tablas de Daimiel. Sobre ellas se proyectan imágenes de esa Castilla por la que el caballero, junto a su fiel escudero, busca gigantes convertidos en molinos contra los que luchar, subido a lomos de un Rocinante que tiene un cubo por cabeza, una barrica de vino por tronco, y una escoba por cola.

Y es que aquí lo importante son “las sensaciones”, “tocar la fibra del público”.

Los nuevos ‘molinos’ de El Quijote

Dice el autor del texto, José Ramón Fernández, que “en este nuevo siglo cambalache que vivimos, seguimos necesitando a Don Quijote”. A lo que Luis Bermejo, el director, añade que “hay que llamar a nuestro héroe para que nos devuelva la honra y nos ayude a desenmascarar a los mercaderes de sueños, que nos oprimen con sus deseos de codicia”.

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Y si su objetivo es usar al mito para hablar de una actualidad que parece reclamarnos esa parte bondadosa para que afronte la injusticia, nosotros les hemos preguntado qué o quiénes son esos molinos/gigantes contra los que al héroe le tocaría lidiar en estos momentos.

Fernando Soto lo tiene claro. Está seguro de que el patrono de Sancho arremetería “contra las fachadas de los grandes bancos y las grandes multinacionales, contra la policía que reparte palos, y contra todas las injusticias que cada día vemos en los informativos”.

La impunidad

Y es que, como apunta José Sacristán, “esto está plagado de malandrines con mucho poder, y que actúan de forma más impune que en la época de Cervantes”.

Recurriendo a las palabras de su personaje, podríamos decir que “en este viaje hemos encontrado los locos más rematados, que en lugar de emplear su vida en hacer bien a los demás, la gastan en burlarse de un pobre viejo loco y un pobre labrador con poca sal en la mollera”.

De ahí que este equipo quiera despertar nuestro lado quijotesco con un mensaje esperanzador: “creer que hay locos capaces de soñar que pueden ayudar a los otros, y que eso vale la pena; y que hay cuerdos tan limpios que son capaces de ayudar a esos locos y de acabar soñando como ellos”, aclara Fernández. Porque, como apunta Soto, Sancho y Quijote “no son superhéroes, sólo hombres como nosotros, pero que luchan con todas sus fuerzas por la bondad y la justicia en la que creen”.

Y aunque Sacristán no cree en la pedagogía del teatro, porque, “de ser cierta no estaríamos en este punto”, sí espera que este montaje “nos haga reflexionar, aunque sólo sea un rato”.

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