Primer amor

Patada al romanticismo

Gema Fernández / Fotos: David Ruano|
Actualizado el Viernes 02/03/2018
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Pere Arquillué desempolva Primer amor, un monólogo antirromántico en el que su autor, Samuel Beckett, pervierte los tópicos amorosos con grandes dosis de “humor trágico”.

Lo estrenó con 43 años y ahora tiene 50. Y dice que eso “se nota en la manera de enfrentarse a la función”, en la que interpreta a un personaje descarnado, autoexcluido y expulsado del clan familiar y social.

“No es bello, no es valiente, es un paria que vive apartado. Un hombre cabreado con este mundo (donde no se encuentra cómodo) y con el otro (si lo hay)”, explica Arquillué.

Desde la muerte de su padre, malvive en un banco, y será allí donde conozca a una mujer que le ofrecerá cobijo y un sentimiento hasta ahora desconocido para él, al que se entregará “para poder quitárselo pronto de la cabeza”.

Y es que, según el actor, en esta función Beckett desenmascara del todo el llamado “sentimiento amoroso”, y para conseguirlo no deja títere con cabeza. Así, con su “ingenio y humor descarnado”, también dinamita la religión, el Estado y la cultura.

PRIMER AMOR (15-07-2010)

Por eso, para el protagonista no hay más idea de Dios que la contemplación de un almanaque colgado en la pared del retrete. El Estado es para él un ente dedicado a la persecución y exhumación sistemática de los ciudadanos. Y la cultura, “la obsesión de un grupo de patriotas consagrados a la restauración y conservación de mierdas resecas por el paso de la historia”.

La disección

Àlex Ollé y Miquel Górriz firman la dirección de esta pieza, en la que “Beckett nos sirve una tragedia llena de gracias tan bestias que lo que escuchamos nos mueve a la risa y lo que no se nos dice, nos llena de horror”, aseguran.

En lo formal, nos sitúan en un escenario “muy minimalista”, pero de “gran fuerza simbólica”. Hay una losa de mármol blanco, que tan pronto sugiere una lápida, como un banco, o una mesa de disección. Y sobre ella un plafón de luz blanca “nos evoca el peso que aplasta y da luz al protagonista”. Dos únicos elementos que les sirven para transportarnos al cementerio, a un parque público, o a la sórdida casa de Lulú, la prostituta que lo acoge.

 

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