Entrevista a Rossy de Palma

“No podría subir al escenario algo que no me enamorara y excitara sobremanera”

La actriz debuta en el Teatro de la Zarzuela con El cantor de México, una opereta que ya representó en el parisino Teatro del Châtelet
Gema Fernández / Fotos: Javier del Real|
Actualizado el Viernes 06/10/2017
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Es más conocida por su vertiente cinematográfica, pero Rossy de Palma tiene un extenso currículum teatral. Ha llovido mucho desde su debut en los escenarios, junto a curtidas actrices como Gloria Muñoz y Beatriz Carvajal, en la primera versión teatral de la película de Almodóvar Entre tinieblas. Fue en 1992, y en todo ese tiempo esta artista ha intentado “refugiarse” en las tablas siempre que ha podido.

A caballo entre España, Francia e Italia, la última vez que pudimos disfrutarla en nuestro país fue en 2015, con su recital poético Resilienza d’amore, y ahora se estrena en el Teatro de la Zarzuela con la opereta El cantor de México, un proyecto al que dijo ‘sí’ sin pensárselo dos veces, aunque le ha costado un pequeño disgusto con su representante cinematográfica…

En casa

¿Qué supone para ti volver a interpretar este título?
Es un bombón al que no podía decir que no. Porque esta opereta, que ya hice en 2006 en el fantástico teatro Châtelet de París, me dio muchas alegrías. El éxito fue apabullante, y conocí a gente estupenda, como el director, Emilio Sagi, con el que todo fluyó enseguida, quizá por ese gen asturiano que, como dice mi padre, “une mucho”. Es un ser humano de una gentileza y una clase maravillosas, y una gozada de director. Además, la función tiene mucho humor, unas partituras deliciosas, números bellísimos… y al final haces cantar al público contigo. Estoy encantada, aunque mi agente cinematográfica no está tan contenta…

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Háblame de tu personaje.
Como la revisitación de Sagi de esta opereta incluye el rodaje de una película dentro de la función, hago un doble papel. Por un lado, soy una diva, divinísima e insoportable, muy alejada de mí, que en la película que se está rodando interpreta a Tornada, una revolucionaria zapatista; una especie de María Félix llevada al paroxismo. Dos personajes muy muy divertidos.

¿Qué supone para ti pisar un escenario?
En el escenario es donde más me divierto. Me siento muy cómoda, porque es el único sitio donde es normal llamar la atención, y hay una parte de mí a la que eso le gusta. En el teatro tengo que vibrar; es una experiencia tan maravillosa que no podría subir al escenario algo que no me enamorara, me invadiera y me excitara sobremanera. Tengo que hacerlo con súper corazón.

¿Te pones nerviosa en los estrenos?
En absoluto. El público no me asusta, sólo siento la responsabilidad ante mis compañeros. Pero no me ataco, al contrario, estoy encantada, me digo: ‘vamos a gozar’. De hecho, suelo decir que hago el amor con el teatro al que voy, y ahora podré hacerlo con La Zarzuela.

¿Cuándo descubriste que lo tuyo era el mundo artístico?
Me sentía muy extraña en mi entorno. Creo que aprendí a ser actriz porque hacía un papel con cada persona que se me acercaba, ofreciéndoles lo que creía que ellos querían. Pero cayó en mis manos un poema dadaísta y me abrió las puertas a otro universo que sabía me esperaba. Podría decirse que la poesía fue mi primera llave mágica a este universo.

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Desde entonces, has trabajado como actriz, modelo, presentadora, escribes… ¿qué faceta artística te falta por explotar?
Muchas, porque el arte, en todas sus facetas, es para mí terapéutico. Me ayuda a vivir, a hacer una resiliencia de lo doloroso para convertirlo en algo bonito, como un poema, o una canción. Antes de que existiese el iTunes, me iba a comprar música y decía que iba a la farmacia del alma a por mis bálsamos.

Te han llamado ‘musa’, ‘icono’, ‘chica Almodóvar’, ¿te reconoces en esos calificativos?
Lo de ‘icono’, me encanta, porque no tienen edad, están como suspendidos en el tiempo. Y, a medida que pasan los años, cada vez me gusta más que me llamen ‘chica’. Pero yo me definiría como poeta, artesana y artista. Porque la poesía fue la que me abrió a un mundo en el que después entró la música, el diseño de vestidos y pendientes, la costura, todas estas cosas que tienen mucho que ver con la artesanía y que tanto benefician a la mente, porque la vacían de pensamientos oscuros.

Además de El cantor, ¿cómo está tu agenda en este momento?
Acabo de rodar una película en Nueva York de un director boliviano afincado allí: Tu me manques, que narra la tremenda represión a la que están sometidos los homosexuales en Bolivia, y creo que es necesaria para abrir conciencias. Estreno en España la comedia Toc toc y, en Francia, Madame, una maravillosa comedia de Amanda Sthers, que protagonizo con Harvey Keitel y Toni Collete. Y tengo pendientes los estrenos de varias cintas francesas para 2018, y de la famosa película de Terry Gilliam El hombre que mató a Don Quijote. Además, sigo con mis historias de moda y artisteo.

ARTISTA con mayúsculas


Un poema dadaísta que cayó en sus manos por casualidad, le hizo darse cuenta de que esa sensación de “estar fuera de lugar” que la acompañaba desde niña tenía su origen en su necesidad de “ser artista”. Desde ese descubrimiento primigenio, el arte la ha acompañado en todos los momentos de su vida, y lo ha cultivado en todas sus vertientes. Las más conocidas, las de actriz y modelo, pero Rossy de Palma compone, canta, baila, escribe poesía, y hasta pinta y esculpe en la intimidad.

Ha sido musa de grandes diseñadores, como Jean Paul Gaultier o Christian Louboutin, pero ella se hacía su vestuario para las actuaciones de su grupo musical, Peor Impossible, con el que aterrizó en Madrid desde su Palma de Mallorca natal en los últimos coletazos de La Movida. Creaciones en las que se inspiró Almodóvar para el personaje de Carmen Maura en La ley del deseo, un transexual que en más de una escena lució algunos de los pendientes hechos a mano por la propia De Palma. Así fue como, además, su “padre cinematográfico” le ofreció “un papelito en esa película”, y debutó en el cine con un personaje para el que Almodóvar no permitió que su equipo la vistiera, maquillara, ni peinara: “quería que mostrase la esencia de lo que yo era entonces, con mi tupé rockabilly”, explica la actriz.


El cantor de México


No es la primera vez que esta “poeta, artesana y artista” –como se autodefine– se enfrenta a este título. Lo hizo en 2006, en el Châtelet parisino, en un montaje que también dirigía Emilio Sagi, y con una escenografía diseñada por Daniel Bianco, actual director de La Zarzuela, y precisamente quien la ha adaptado para que este teatro madrileño pueda acoger la versión libre de Sagi de la opereta en dos actos creada por Félix Gandera y Raymond Vincy, con música de Francis López, que en esta ocasión cuenta con la dirección musical de Óliver Díaz.

La historia nos traslada a París, donde se rueda la película Le chanteur de Mexico, cuyo protagonista deja en la estacada a los productores, que deben buscar a un sustituto. Y el elegido no es otro que un joven vasco recién llegado a tierras galas.

Una función con buena música, mucho humor y romance.

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