Miguel Rellán el contador
de historias

Se enfrenta a su primer espectáculo en solitario: Novecento, de Alessandro Baricco
Gema Fernández|
Actualizado el Lunes 16/06/2014
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Acabamos de verle en la versión teatral de El viaje a ninguna parte, capitaneando la familia de cómicos de la legua creada por Fernando Fernán Gómez, y ya ha comenzado los ensayos de Jugadores, el texto de Pau Miró que estrenará a finales de agosto. En el impás, Miguel Rellán, que se toma este oficio “como un aprendizaje constante”, se enfrenta a su primer espectáculo en solitario en un escenario desnudo: Novecento, un monólogo que narra la leyenda de un pianista que vivió siempre en alta mar.

Un relato para compartir

Has hecho monólogos para El Club de la Comedia, pero éste es tu primer soliloquio; ¿qué te decidió por el proyecto?
La insistencia del director, Raúl Fuertes, que se puso muy pesado para que leyera este texto de Alessandro Baricco. No me apetecía mucho hacer una función solo, pero fue leer Novecento y me quedé prendado. Quería contar esa historia, compartirla con el público, y ver su reacción.

¿Sientes vértigo al enfrentarte cada tarde al público solo en el escenario?
Se me hace cuesta arriba cuando estoy en el camerino preparándome para la función, por el silencio. No hay risas, ni comentarios, y no puedo bromear con los compañeros, como acostumbro a hacer.

¿Tienes alguna manía antes de salir a escena?
No, aunque confieso que en los anteriores montajes sí teníamos nuestro ritual. En Los hijos se han dormido, solíamos bailar el kasatschok. Y en El viaje a ninguna parte, nos juntábamos en un círculo y gritábamos a la vez ‘A la mierda’, en memoria de Fernando Fernán Gómez. Además, justo antes de comenzar la función me gusta bromear con los compañeros sobre quién ha venido esa noche a vernos: Pink Floyd, el equipo de natación sincronizada…

En esta función das vida a Max Tooney, el mejor amigo de Novecento. ¿Cómo es tu personaje?
Es un pobre trompetista que no tiene nada en la vida, más que la historia de su amistad con Novecento, y eso es lo que comparte con los demás. Al personaje le pasa lo que a mí, que tenemos necesidad de contar esta historia.

¿Y cómo es esta historia que tanto engancha?
Bellísima y verosímil. Emociona, remueve, y provoca muchas preguntas, porque habla de amistad, de admiración por la música, de libertad, de elecciones; de tener miedo o ser valiente; de arriesgar y meterse en terreno desconocido, o quedarse en la comodidad y seguridad de nuestra guarida. Todo ello aderezado con humor y una dosis de lírica.

Pasión por la música

Max es trompetista; Novecento, pianista; y en la obra se habla continuamente de música, pero no se escucha una nota…
Queremos que el público haga su propio viaje. Imagine a su Novecento y ponga música a la función. El mejor piropo ha sido el de un espectador que nos dijo que quería comprar la banda sonora que había imaginado durante la función…

Has dicho que ser músico es la mejor profesión del mundo. ¿Por qué eres actor?
Me hubiera gustado ser músico, pero para serlo de verdad hay que empezar a los seis años. Todos los músicos que conozco siempre dicen lo mismo: ‘Yo no me recuerdo sin saber música’, lo mismo que me ocurre a mí con la lectura. Por eso creo que lo mejor es ser aficionado, como yo, que toco un poco el piano y sé leer una partitura.

Pero has llegado a tocar en una función…
Sí. En Al final del arcoiris interpretaba al pianista homosexual amigo de Natalia Dicenta, la protagonista, y tocaba en directo con una banda de jazz. Me lo pasaba bomba, pero sufría con los cambios de tono de última hora…

¿Hay algún tipo de música por el que tengas preferencia?
Me gusta la ópera, la música clásica, el jazz, Eric Clapton…, y aún tengo mucho por descubrir. Y entre mis inconfesables: algunas canciones de Luis Aguilé, porque me traen recuerdos.

¿Cómo supiste que lo tuyo era la interpretación?
No lo sé exactamente. Yo era un niño delgadillo, con gafas, y sufría con normalidad lo que ahora se llama “acoso escolar”; y fantaseo con que eso me hizo refugiarme en los libros y el cine, que siempre me fascinó. Coleccionaba cromos de actores y me pasé la infancia en las sesiones dobles de las 5 salas que había en Tetuán, donde nací. Pero mi vocación llegó después, y el azar tuvo mucho que ver. Fue en mi primer día en la Facultad de Medicina. Me senté al lado de Juan Carlos Sánchez, un tío con el que de entrada hubo química y del que continúo siendo amigo, y me dijo que se iba al TEU, y decidí acompañarle. Entré en este grupo universitario de teatro, de ahí pasé al de Sevilla, y después, como siempre he sido un poco contestatario y rebelde, formé el grupo independiente Esperpento, con Alfonso Guerra, Amparo Rubiales, Juan Carlos Sánchez, Pedro Álvarez-Ossorio… Allí hacíamos teatro para cambiar el mundo; levantar el telón con la policía en la puerta era en sí un acto político. De ahí di el salto a lo profesional.

Hablas de teatro político y contestatario, esta crisis ha hecho que los escenarios vuelvan un poco a eso, ¿no?
Creo que hace tiempo que el teatro perdió su carácter de tribuna política. Porque es imposible decir algo más fuerte de lo que ya se dice en un Parlamento.

Del bisturí a los escenarios


Todos lo conocemos como actor, pero lo cierto es que Miguel Rellán se licenció en Medicina, y fue precisamente mientras estudiaba esta carrera cuando se enganchó a lo que después ha sido su profesión.

Con un abultado currículum vitae, plagado de películas, series de televisión y mucho teatro, Rellán no piensa quedarse “en la guarida”.

En los últimos cinco años, ha participado en tres películas, numerosas series, y en teatro ha protagonizado La abeja reina (2009); Celebración (2010); Al final del arcoiris, y La muerte de Caliban (2011); Luces de bohemia, y Los hijos se han dormido (2012); y El viaje a ninguna parte (2014). Y ensaya ya Jugadores, que estrenará en agosto.

 

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