Entrevista

Lluís Homar: “Me bajaré del escenario si alguna vez pierdo el entusiasmo”

Es el vicegobernador Danfort en la versión de Las brujas de Salem que firma Eduardo Mendoza y dirige Andrés Lima
Gema Fernández / Fotos: David Ruano|
Actualizado el Lunes 23/01/2017
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Lo de ponerse alzacuellos no le resulta extraño. Se metió en la piel de un cura que cuelga los hábitos tras enamorarse de un joven en la película de Almodóvar La mala educación (2004), y fue el Papa Alejandro VI en Los Borgia (2006). Años después, y sobre un escenario, este barcelonés amante del teatro y de su profesión vuelve a calzárselo para dar vida al vicegobernador Danfort, encargado de dirigir los juicios por brujería en Las brujas de Salem, de Arthur Miller, a las órdenes de Andrés Lima.

Buscando la humanidad

Es tu primer Miller; ¿cómo ha ido el encuentro?
He descubierto un texto maravilloso y un gran autor, que dibuja seres humanos con todas sus contradicciones. Aquí no hay buenos ni malos, sólo personajes que respiran vida, en los que cualquiera puede reconocerse.

¿Cómo definirías a tu personaje?
Danfort es el máximo representante del poder en la provincia, pero no lo utiliza en beneficio propio. Es un hombre honrado, con un pensamiento integrista, que está convencido de que en Salem hay un complot para derribar a Cristo, y él no puede permitir que el Diablo se haga con el poder formando un ejército de brujos y brujas. Su voluntad es defender la que cree una causa justa, aunque eso le lleve a condenar a muerte a 19 personas. Él confía ciegamente en los testigos, en este caso, las niñas y, aunque se da la paradoja de que ellas mienten (y el público lo sabe desde el principio), Danfort cree que dicen la verdad. Es un alma ofuscada, pero convencida de que hace lo mejor para la comunidad.

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Aunque has hecho cine y televisión, llevas ligado al teatro más de medio siglo, ¿qué tiene de especial?
Empecé haciendo teatro aficionado siendo un crío. Con seis años ya estaba en un grupo de teatro infantil; a los catorce, mi sueño era ser actor; y a los diecinueve se hizo realidad, porque entré a formar parte del Lliure de Barcelona, al que he estado vinculado más de veinte años. El teatro es mi casa, donde trabajo para mí, porque puedo decidir qué quiero hacer, con quién y cuándo; puedo contar lo que me apetece y también ser generador.

Pese a tener tan claro que querías dedicarte a esto, empezaste la carrera de Derecho aunque no la terminaste, ¿qué inclinó la balanza a favor de la interpretación?
Escogí Derecho por las películas, porque veía a los abogados en los juicios defendiendo causas imposibles y, de alguna manera, actuando ante un tribunal, que era lo que me gustaba. Y cuando les dije a mis padres que me habían ofrecido entrar en el Lliure, me pusieron una única condición: que no dejara la carrera. Lo intenté un año, pero vi que el teatro era un oficio y a mí me quedaba todo por aprender, así que me dediqué por entero a trabajar el cuerpo, la voz, los ensayos, las clases… Me lancé de cabeza a mi formación como actor.

¿Qué buscas en un personaje?
Para mí es esencial su vertiente humana, porque es lo que hace que el público se vea reflejado. Me gusta la letra pequeña de los personajes, implicarme, comprenderlos, trabajarlos casi de una forma detectivesca en busca de todos sus recovecos, conocer qué puedo usar de mí en ellos para encarnarlos de la manera más real y creíble.

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¿Cuál ha sido el papel más difícil de tu vida?
Por ingrato, me viene a la cabeza Coriolano, de Shakespeare, porque tenía la sensación de que el personaje me decía que yo no era el actor para interpretarlo, y a mí tampoco me gustaba nada. Fue una relación difícil, aunque al final nos acabamos encontrando. Ha habido otros que también han sido difíciles pero me han dado más placer, como Bruscon, de El hombre de teatro; o Spooner, de Tierra de nadie; o incluso Papagueno, de La flauta mágica. Pero yo siempre digo que los personajes que cuestan son los que te hacen crecer, y acabo estando agradecido a todos ellos.

¿Cómo ves la situación del teatro español?
No lo sé. A mí, el teatro me apasiona, y me gusta pensar que el público está ávido de él, y eso nos exige que afinemos nuestros instrumentos de actor, que vivamos las vidas más plenas que podamos, porque cuanto más plenas sean, mejor será lo que podamos ofrecer al público. Y yo quiero dar lo mejor de mí sobre el escenario.

¿Hasta que el cuerpo aguante?
Hasta que no pueda más. Sólo me bajaré del escenario cuando el físico no me lo permita, o si alguna vez pierdo el entusiasmo. Pero, de momento, tengo la suerte de seguir completamente enamorado de mi trabajo.

¿Cuál es tu filosofía de vida?
Me gusta sentirme vivo y, a pesar de las dificultades, creo que es un privilegio estar aquí; un privilegio que conlleva muchos beneficios, pero también supone una ardua tarea: la de estar en contacto conmigo mismo y con el otro. Por eso le dedico muchas horas a conocerme, al crecimiento personal, porque cuanto más completo sea como ser humano, mejor será lo que pueda ofrecer a los demás.

El entusiasta


De niño fue monaguillo y boy scout, pero incluso en la infancia el teatro siempre ocupó el primer puesto en su corazón. Pisó las tablas con seis años en una parroquia del barrio barcelonés de Horta, y, con 19, acabó siendo uno de los fundadores –el más joven– del Teatro Lliure de Barcelona.

En la pequeña pantalla lleva varios años ligado a la productora Bambú, con la que ha protagonizado Hispania, Imperium, Gran Hotel y Bajo sospecha. Y en cine acumula casi cuarenta títulos, en los que ha trabajado con directores tan destacados como Almodóvar, Mario Camus, Vicente Aranda, Pilar Miró, Agustí Villaronga o Montxo Armendáriz, entre otros. Su última película ha sido Anomalous, un thriller psicológico de Hugo Steven estrenado el pasado noviembre.

Con un palmarés que incluye Goya, Max, Gaudí y varios Iris, Homar asegura que el premio más valioso que le ha dado la vida es “el entusiasmo” por hacer lo que hace. Un entusiasmo que ahora emplea para dar vida al vicegobernador Danfort en una versión de Las brujas de Salem salida de la pluma del reciente Premio Cervantes: Eduardo Mendoza. Es su primer Miller, como también lo es para el director, Andrés Lima.

En la obra se plantea un hecho real ocurrido en Salem (Massachusetts), en 1692, cuando 25 personas de una comunidad puritana fueron condenadas a muerte acusadas falsamente de brujería. El objetivo del autor era atacar el ambiente irrespirable creado por el senador McCarthy en su cruzada contra los comunistas norteamericanos. Y, en su montaje, Lima ha intentado “explorar qué sucede en una sociedad cuando ésta se vuelve loca”, y demostrar “cómo el poder usa el terror para perpetuarse”, algo que, en su opinión, está de total actualidad. Por eso ha querido “descontextualizar” los hechos, para que “el espectador sienta la cercanía de todo esto”, y sea consciente de que “el ser humano puede convertirse en una masa terrible y amenazante” que continúa con distintas “cazas de brujas”.

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