La mujer de las mil caras

A las órdenes de Juan Carlos Rubio, ocho actores y actrices dan vida a la impetuosa ‘monja alférez’
Gema Fernández / Fotos: David Ruano|
Actualizado el Viernes 10/05/2013
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Ocho son los actores y actrices que, a las órdenes de Juan Carlos Rubio, dan vida a un personaje tan ambiguo y poliédrico como fue Catalina de Erauso, una joven de San Sebastián que, en los albores del siglo XVII, decidió vestirse de hombre y comportarse como tal, viviendo mil y una aventuras.

Pasó a los anales de la historia como ‘la monja alférez’, aunque a lo largo de su agitada vida utilizó distintas identidades. Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso fueron algunas de ellas, pero su nombre real era Catalina de Erauso.

Rompiendo tabúes

Pese a que escribir era una tarea designada sólo a los hombres, ella misma escribió de su puño y letra sus andanzas, “para establecer la verdad y salir al paso de las exageraciones y mentiras que sobre ella circulaban”, aclara Domingo Miras, autor de esta obra basada en un personaje real, que Rubio lleva a las tablas por primera vez en una producción profesional, avalado por el Centro Dramático Nacional.

Pero tomar la pluma a su servicio no fue el primer tabú que rompió esta mujer “de orgullo desmedido y voluntad de hierro”, como la define Miras. Su primera ‘tropelía’ fue huir del convento en el que sus padres la enclaustraron siendo aún una cría, y disfrazarse de muchacho, para comenzar la vida varonil que ocupó casi toda su existencia.

Riñas, peleas de juego, batallas contra los indios, matanzas, heridas, huidas de pretendientes y muchos viajes conformaron la vida de esta mujer-hombre, que ahora veremos en los escenarios a través de nueve escenas, interpretadas por 13 actores y actrices, que en algunos casos se multiplican por cuatro personajes, y, en otros, comparten el papel protagonista.

Sin diferenciar género, Carmen Conesa, Mar del Hoyo, Martiño Rivas, Cristina Marcos, Nuria González, Ángel Ruiz, Daniel Muriel y José Luis Martínez se reparten las distintas facetas de esta compleja figura.

“Quería tener a hombres y mujeres interpretando a Catalina para acentuar su carácter contradictorio y las múltiples personalidades que escondía, acentuando así la confusión sexual”, explica Rubio.

Un actor, una vida

La historia comienza con una Catalina de 45 años, que vuelve de ‘hacer las Américas’ en un barco que la lleva de vuelta a casa. Allí le entrega al patrón, interpretado por Ramón Barea, sus memorias para que las lea. Y mientras él lee e imagina las andanzas de Catalina, algunas de las escenas más representativas de su vida se harán visibles a los ojos de los espectadores a través de los distintos intérpretes.

Veremos a la novicia rebelde, una joven llena de vida que quiere comerse el mundo; a la pendenciera disfrazada de hombre; a la que pasa penurias y se encuentra al borde de la muerte en el desierto; a la Catalina seductora con las damas; a la que mata por error a su hermano; a la que se pelea a espada en una taberna; y a la que busca la comprensión del Vaticano.

Distintas caras de una misma mujer, que al final de sus días dijo sentirse como “una mona de feria”, pese a haber conseguido el reconocimiento real a su valentía en la batalla, y el permiso papal para seguir vistiendo como un hombre.

Una “mona de feria”

Alta, andrógina, con mínimos pechos, y de voz grave, a Catalina de Erauso no le resultó muy difícil hacerse pasar por hombre. De hecho, cuenta en sus memorias que luchó codo a codo con su hermano durante casi tres años, sin que éste conociera su identidad. Incluso se disputaban las mujeres…

Participó en algunas de las más crueles batallas contra los indios, y cuando no le quedó más remedio que confesar su verdadera identidad para salvar la vida, sus andanzas la hicieron famosa, y volvió a España despertando tanta expectación que el propio Felipe IV la recibió en persona, la nombró alférez y le concedió una pensión vitalicia. Además, el Papa Urbano le otorgó la facultad de usar ropas masculinas en público. Sin embargo, su éxito fue amargo, porque la curiosidad que despertaba, le hizo sentirse como “una mona de feria”.

 

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