La mujer como botín de guerra

La directora artística del Teatro Español, Carme Portaceli, recupera al Eurípides que se puso del lado de los vencidos, y da voz a sus Troyanas en una versión que firma Alberto Conejero
Gema Fernández / Fotos: Sergio Parra|
Actualizado el Jueves 16/11/2017
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Hécuba, Políxena, Briseida, Casandra, Andrómaca, Helena… Están todas las que son, y alguna más, porque en esta versión del clásico griego, el ganador de un Max por La piedra oscura ha incluido a Políxena y Briseida, que no aparecen en el original, ha hecho desaparecer a Menelao, el rey de Esparta, y ha limpiado “la parte mítica” de la obra, dando todo el protagonismo a esas seis mujeres que los ganadores de la guerra de Troya se repartieron como un botín.

Son madres, esposas, hermanas… y, tras sufrir el espanto de una enfrentamiento que duró una década y ver cómo caían uno a uno sus seres queridos, afrontan ahora un destino estremecedor, que las lleva a la esclavitud, la violación y la muerte.

La voz de los vencidos

Taltibio (Ernesto Alterio) lo recuerda desde hoy. Él estuvo allí y no ha podido olvidar esa “salvajada”, que debe relatar noche tras noche para expiar su culpa.

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Por boca de ese funesto mensajero, la reina Hécuba sabrá que ella ha sido elegida como esclava de Ulises; que su nuera Andrómaca deberá compartir lecho con el asesino de su esposo Héctor; que su hija Políxena ha sido degollada ante la tumba de Aquiles, y su otra hija, Casandra, será conducida a Micenas por Agamenón. Pero su dolor llegará al paroxismo cuando Taltibio cumpla la orden de matar a su pequeño nieto.

Ellas representan a esos “ciudadanos de segunda” a los que Portaceli ha querido convocar sobre el escenario para que cuenten sus historias, que fueron silenciadas por pertenecer al “bando de los olvidados”. Y lo harán con la voz de Aitana Sánchez-Gijón (Hécuba), Alba Flores (Políxena), Maggie Civantos (Helena), Gabriela Flores (Andrómaca), Míriam Iscla (Casandra) y Pepa López (Briseida).

Actrices que, a través de sus personajes, se entregan a la misión de dar la palabra a los “vencidos y olvidados de hoy”, a “las Hécubas del mundo”, como dice Conejero. Ésas que llegan a nuestras vidas como rostros desconocidos tras las alambradas de los campos de refugiados, en las barcas que el mar quiere tragar, y en las decenas de conflictos bélicos a los que apenas prestamos atención porque nos parecen muy lejanos.

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A ellas, y a nosotros, una Hécuba fuerte, que “lucha por la dignidad de todos”, les increpa desde el escenario: “¡No dejéis que a la injusticia siga el silencio!” Un mensaje que Portaceli quiere que sea “un tiro certero al corazón del público”. Por eso, lo acompaña de la impactante escenografía diseñada por Paco Azorín que, presidida por una enorme letra ‘T’ sobre la que se proyectan imágenes de las guerras y víctimas de hoy, recrea la matanza ocurrida en 2012 en la ciudad siria de Hula, llenando el suelo de cadáveres tapados con sábanas blancas.

Táctica bélica


Desde 2008, el derecho penal internacional tipifica la violencia sexual durante los conflictos armados como “crimen de guerra”, “crimen de lesa humanidad”, e incluso “genocidio”. Sin embargo, es una táctica bélica habitual, que se remonta a los orígenes de la humanidad: desde el rapto de las sabinas en la Roma antigua, hasta las violaciones masivas de mujeres alemanas por parte del ejército soviético, o las “mujeres consuelo” que los soldados japoneses emplearon como esclavas sexuales durante la II Guerra Mundial. Y aún hoy, organizaciones extremistas como Boko Haram y Estado Islámico se valen de ella por su eficacia como arma silenciosa y barata de terror colectivo e individual.

“Los actores de la guerra convierten el cuerpo de las mujeres en un campo de batalla. Les imponen normas, controlan su feminidad, castigan su placer, su identidad sexual y de género, y atropellan sus cuerpos, conscientes de que esta violación del cuerpo trasciende a la propia víctima, causando heridas a todo un tejido social”, afirma Claudia Cano, directora del departamento legal de la Fundación Internacional Baltasar Garzón (Fibgar).

Y es que no podemos olvidar –explican los expertos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa)– que, atacando a las mujeres, consideradas en muchos casos posesiones masculinas, se busca humillar al enemigo, transmitiendo el mensaje de que no han sido capaces de protegerlas. Así como destruir el sentido de pureza étnica, pues, además de “reproductoras biológicas”, en muchas culturas las mujeres son consideradas las depositarias de los valores y tradiciones de la comunidad.

Como dicen las Troyanas, ante este desolador panorama no podemos seguir callados…

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