Entrevista

José Coronado se esconde en el confín de la tierra

Protagoniza Ushuaia, una producción del Teatro Español, que firma el dramaturgo Alberto Conejero y dirige Julián Fuentes Reta
Gema Fernández / Fotos: Javier Naval|
Actualizado el Jueves 16/03/2017
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Su vocación fue tardía, pero desde que José Coronado se decidió por la interpretación, lo suyo con su profesión se ha convertido en una bonita historia de amor correspondido a la que ha dedicado media vida.

En treinta años se ha convertido en uno de los actores españoles más valorados. Ganó su primer Fotogramas de Plata por la serie Periodistas al año de comenzar su carrera, y después han llegado varios premios más, incluido un Goya y la Medalla al Mérito en las Bellas Artes.

Sin apenas parones en su trabajo en cine y televisión, vuelve al teatro siempre que puede, como ahora, que viaja al fin del mundo para convertirse en el protagonista de Ushuaia, un montaje que reúne a dos premios Max: su autor, Alberto Conejero; y su director, Julián Fuentes Reta.

En el fin del mundo

¿Qué te atrajo de este proyecto?
Desde que vi La piedra oscura me enamoré de la dramaturgia de Alberto Conejero, y leí Ushuaia y tuve claro que quería hacer esto sí o sí. Y cuando me enteré de que el director iba a ser Julián Fuentes Reta, al que admiro desde hace tiempo, pensé que no se me podía escapar. Tenía unos meses libres de cine y televisión, y necesitaba beber de la fuente del teatro, que es donde un actor sigue creciendo y puede disfrutar contando una historia en una ceremonia en vivo y sin interrupciones. Así que, todo se puso a mi favor. Es mi momento.

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Ushuaia es…
Podría ser un thriller de suspense, con grandes dosis de poesía y onirismo, que lo convierten en una obra tremendamente atractiva, que habla de lo peligrosos que son los recuerdos que implican una culpa que no está solucionada. Como dice mi personaje: ‘da igual dónde estés, no puedes huir de ti mismo’.

Háblame más de él. ¿Cómo es Mateo y qué despierta en ti?
Es uno de los personajes más complejos a los que me he enfrentado en mi vida, porque tiene muchas capas, y eso lo hace más interesante. Es un tipo que se va a Ushuaia, la que llaman ‘ciudad del fin del mundo’, en la Patagonia argentina, huyendo de algo terrible que le ha marcado la vida, y carga con esos recuerdos que le fustigan y corroen por dentro. Se está quedando ciego y tiene un punto de neurastenia importante.

¿Qué fibras puede tocar esta historia en el público?
Puede llevarles a reflexionar sobre lo peligroso que es tener cosas ocultas y sin solucionar. Todos, en mayor o menor medida, tenemos nuestros monstruos, de los que huimos o a los que perseguimos, y por eso creo que todos nos podemos sentir identificados con lo que ocurre en la función.

¿Qué monstruos ocultas tú?
Soy un tipo bastante equilibrado, y me siento un privilegiado, porque lo único que tengo es una gratitud constante ante la vida que me regala tanto. Mi monstruo únicamente es estar a la altura y devolverle a la vida todo lo que me ofrece.

¿Cuáles son tus pasiones confesables?
Por encima de todas, encerrarme en una salita de cine que tengo en casa. Ése es mi paraíso. Allí puedo evadirme del día a día y soy absolutamente feliz, porque soy un devorador de historias y me encanta que me las cuenten. Además, me sirve para seguir aprendiendo de otros actores, de directores… y de todos los departamentos que conlleva mi profesión, que es un trabajo de equipo.

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La vida con una sonrisa

Precisamente en cine acabas de estrenar Es por tu bien, ¿tenías ganas de comedia?
Aunque es un género al que le tengo mucho respeto, porque es de los más difíciles, me apetecía mucho. Creo que la risa es tan sana para el ser humano que intento potenciarla; intento regalarla y que me la regalen, porque es deliciosa.

En esta película interpretas a un padre dispuesto a todo para apartar a su hija de un novio que no le gusta. ¿Alguna vez has hecho algo parecido con tus hijos?
Tengo muy buena relación con ellos. Aunque quizá peque de tolerante, porque me gusta ser su amigo y no sirvo para regañarles. Siempre hablo con ellos desde la confianza y el respeto, y les doy mucha libertad.

Empezaste dos carreras (Derecho y Medicina), tuviste una agencia de modelos, un restaurante, pero lo dejaste todo por la interpretación, ¿qué te da esta profesión que no te dieron las otras?
Voy con alegría a trabajar. Me siento más feliz en un plató que en la playa. Este trabajo me ayuda a evolucionar, tanto en lo profesional como lo personal. Es una forma de vida que me ofrece el privilegio de enriquecerme con cada personaje.

¿Y cómo llevas la fama?
Bien, pero con matices. La fama es síntoma de que lo que haces aporta algo a la sociedad, e intento aprovecharla para ayudar en causas solidarias, o para atraer público al teatro o al cine.

Sueles decir que la vida es la verdadera escuela de un actor, pero imagino que también tendrás referentes artísticos. ¿Cuáles son?
Han ido cambiando. Empecé soñando con parecerme a Cary Grant o Marlon Brando, pero desde hace varios años el actor que se ha convertido en una fuente de inspiración para mí es Al Pacino.

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El lado oscuro

Los personajes de malo te han dado muchas más alegrías profesionales, ¿estás más cómodo sacando tu lado oscuro?
Me enamoro de cada personaje. Mi máxima es: ‘lo que tienes es lo mejor que te puede pasar, así que, disfrútalo’. Pero sí es cierto que me siento más cómodo en el lado oscuro. Los personajes de malo me resultan más atractivos. Aunque mi objetivo es tocar cuantos más géneros y personajes distintos, mejor, porque me gusta sorprender y no quiero encasillarme, ni aburrirme o aburrir al público.

Entonces, ¿en la interpretación hasta que el cuerpo aguante?
Seguro, porque esta profesión es lo que más me alimenta, es mi pasión, lo que da un sentido a mi vida. Si me faltase, me quedaría incompleto, es mi oxígeno vital. Me gustaría morir con las botas puestas.

¿Y te planteas dirigir?
Me apasiona, y lo haré algún día. Pero, afortunadamente, de momento tengo mucho trabajo como actor.

Seducido por el veneno teatral


El teatro es para él “aprendizaje y divertimento”, y vuelve a los escenarios siempre que puede. Aunque sus compromisos profesionales en cine y televisión le impiden que esto sea tan a menudo como le gustaría.

El gusanillo de la interpretación le picó en la treintena, al apuntarse a unas clases en la Escuela de Cristina Rota buscando desestresarse de su negocio de hostelería. Esto le llevó a estrenarse en el Teatro Piccolo de Milán a los pocos meses con un pequeño papel en El público, dirigido por Lluís Pasqual. Fue entonces cuando decidió jugárselo todo a esta baza. De eso hace treinta años, y Coronado está seguro de que la jugada le ha salido bien, porque le ha permitido “vivir dignamente de esta profesión y estar feliz con lo que hago”.

Tras trabajar en las tablas a las órdenes de Emilio Hernández, Mario Gas, Juan Diego Botto, Laila Ripoll, Carlota Ferrer y Fuentes Reta, entre otros, se muere por ponerse en manos de Miguel del Arco.

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