Escalofriante realidad

Carme Portaceli estrena en Madrid Nuestra clase, una obra que aún levanta ampollas en Polonia
Gema Fernández|
Actualizado el Viernes 27/04/2012
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El 10 de junio de 1941, los judíos de la localidad polaca de Jedwabue (unos 1.600 de una población cercana a los 3.000 habitantes) fueron conducidos hasta un granero y quemados vivos. Durante medio siglo, la versión oficial responsabilizó de la masacre a los ocupantes nazis, pero dos investigaciones posteriores, realizadas en 2001, demostraron que los autores fueron los propios vecinos de las víctimas.

Verdad incómoda

Ésta es la escalofriante realidad en la que se basó el dramaturgo Tadeusz Slobodzianek para crear Our class (Nuestra clase) en 2008. Una obra que fue estrenada en Londres antes que en Polonia, porque, en el país del autor, esta realidad “sigue levantando ampollas”, afirma Carme Portaceli, la responsable del primer montaje español de este texto, que ya ha sido visto en Varsovia y Barcelona.

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La acción se centra en diez compañeros de clase, cinco católicos y cinco judíos; siete hombres y tres mujeres. Son personajes a los que el autor pone fecha de nacimiento y defunción, porque ya están todos muertos, y vuelven para explicar lo que pasó y “ajustar cuentas”, dice la directora catalana. Y lo hacen en “catorce escenas-lecciones”, que se alargan en un período que va desde 1931 hasta nuestros días, “pues unos fallecieron antes que otros”, explica Portaceli.

Jordi Brunet, Ferran Carvajal, Roger Casamajor, Lluïsa Castell, Isak Férriz, Gabriela Flores, Carlota Olcina, Albert Pérez, Jordi Rico y Xavier Ripoll conforman el elenco que se mete en el pellejo de esos diez espíritus.

Entre ellos, un sacerdote, el guaperas ligón reconvertido en torturador, la judía conversa, el amigo traicionado, o el polaco enamorado de una judía. Juntos de nuevo, rememorarán los buenos momentos, pero también el odio, las torturas, o lo que hicieron para sobrevivir.

Culpa colectiva

Cada uno de ellos contará ‘su verdad’. Una verdad que en muchos casos oculta una mentira, “porque han contado tantas veces la misma historia, que, aunque sea falsa, han llegado a creérsela”, apunta Portaceli.

Su lenguaje es coloquial, ingenuo a veces, y otras brutal, y está mezclado con rimas populares y canciones infantiles. Incluso suena un vals, y hasta un tango.

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Porque en esta obra “no hay ni buenos ni malos”, dicen los intérpretes. Nuestra clase “es una historia escandalosa sobre la difícil relación entre los que se convirtieron en enemigos sin ningún motivo personal durante el siglo XX; sobre la culpa colectiva; sobre la verdad que nadie parece tener la necesidad de conocer; y sobre la historia que no puede ser juzgada, no puede dar marcha atrás y, muchas veces, ni siquiera ser contada”, aclara la compañía.

“Se trata de hacer una reflexión sobre el comportamiento humano –comenta Portaceli–. Es un toque de atención para evitar que haya gente que provoque el odio racista”, sentencia.

Por eso, recomienda al público que lleve pañuelos.“La función no tiene ningún dramatismo, pero es una crónica llena de emoción sobre una cruda realidad, sobre odios y venganzas, y la gente no puede evitar llorar”.

“El hombre es un lobo para el hombre”


Parafraseando al dramaturgo Thomas Bernhard, Portaceli señala que, más allá de la realidad que plantea esta obra, podemos encontrar un nazi bajo nuestra piel. “Si rascamos un poco, todos llevamos dentro un nazi, un intolerante, un ser irracional”, afirma la directora de este montaje.

Dejando de lado el Holocausto judío, Portaceli apunta otros claros ejemplos de ello, incluso, en nuestro propio país. Es el caso de la Guerra Civil española, en la que hermanos y vecinos se mataron y traicionaron unos a otros. Y en nuestra historia más reciente podemos encontrar numerosos episodios en los que los seres humanos hemos demostrado –dando la razón a Thomas Hobbes– que podemos convertirnos en auténticos lobos para otros hombres.

El radicalismo político, religioso o racial y los nacionalismos han servido de excusa para que amigos, compañeros y hasta familiares, se convirtiesen en terribles enemigos sobre los que descargar un odio inmenso.

Ocurrió en Camboya, con los Jemeres Rojos; en la guerra de los Balcanes; en la matanza de Sierra Leona, en el genocidio de Ruanda, y seguimos viéndolo cada día en los informativos.

 

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