Daños colaterales

El CDN nos propone viajar a las raíces de la crisis global junto al joven protagonista de Islandia, la obra de Lluïsa Cunillé que dirige Xavier Albertí
Gema Fernández / Fotos: May Zircus|
Actualizado el lunes 11/06/2018
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Pensionistas arruinados forzados a vender sus pertenencias en la calle para sobrevivir; antiguos brókeres expulsados por el sistema por colaborar con famosos estafadores como Madoff; camareras de bares de lujo que se han quedado sin clientes; vendedores ambulantes que ganan y pierden sus licencias al póquer; guardianes de perreras que viven peor que los animales que custodian; o tarotistas que buscan en las cartas la seguridad que no encuentran en sí mismas y en su entorno, son sólo algunos de los personajes creados por Lluïsa Cunillé en Islandia. Una pequeña muestra de los daños colaterales provocados por la crisis económica que ha sacudido al mundo en la última década, y de la que aún estamos intentando recuperarnos.

Interpretados por Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat y Lucía Quintana, son ellos los que abrirán los ojos a una cruda realidad al ingenuo adolescente de quince años protagonista de esta historia (Abel Rodríguez, en la foto), que viaja en busca de su madre desde Islandia, un país en el que acaba de estallar una atroz crisis bancaria, a Nueva York, su epicentro.

“Es el viaje iniciático en un contexto apocalíptico de un personaje que se enfrenta a un mundo nuevo para escuchar sus fracturas y a los testigos de sus fracasos. El encuentro de la inocencia con la dureza de un mundo desolado y fracturado que necesita regenerarse”, explica Xavier Albertí, director de este montaje que produce el Teatre Nacional de Catalunya, quien destaca la “fascinante capacidad crítica para leer nuestro presente” que tiene la autora, que, “con su lucidez, disecciona hasta la médula este circo grotesco que deslumbra nuestra sociedad”.

Ruina personal

Y es que, en este texto, Cunillé nos recuerda que hay otros aspectos que también quedan deteriorados por una crisis económica, como las relaciones sociales, la fe, la salud, la amistad, la confianza… Aspectos que iremos descubriendo a lo largo de los encuentros que mantiene el protagonista con cada personaje, en los que nos harán partícipes de sus ruinas personales.

Todo ello en un único espacio creado por el escenógrafo Max Glaenzel, que recuerda mucho al metro neoyorquino, pero puede transformarse en un momento en una catedral, una perrera o un solar.

 

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