Campo de batalla: mujer

Juan Cavestany, Borja Ortiz de Gondra, José Manuel Mora, Yolanda Pallín
y Laila Ripoll firman las “tremendas” historias de Nada tras la puerta
Gema Fernández / Fotos: Andrés de Gabriel|
Actualizado el Viernes 20/09/2013
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Historias “tremendas”, narradas en primera persona y basadas en hechos reales, componen Nada tras la puerta, un montaje que nos muestra abiertamente las diferencias entre norte y sur a través de la figura femenina.

El director Mikel Gómez de Segura llevaba más de tres años intentando poner en marcha un proyecto “que hablase de las diferencias entre norte y sur, en el que funcionase la emoción más que los personajes”, nos relata. Y la documentación que le proporcionó el reportero de guerra Hernán Zin fue la excusa perfecta para reunir a un nutrido grupo de conocidos dramaturgos y crear un montaje con un eje común: “el cuerpo de la mujer como campo de batalla y la violación como arma de guerra”, sentencia Gómez de Segura.

Dura realidad

Juan Cavestany, Borja Ortiz de Gondra, José Manuel Mora, Yolanda Pallín y Laila Ripoll son los autores de unos textos que “destilan la emoción de unos personajes que muestran un amplio abanico de sentimientos”, apunta el director.

Sobre el escenario, norte y sur conviven perfectamente diferenciados, y acompañados por música ambiental interpretada en directo por Mikhail Studyonov.

Dos actores (Josean Bengoetxea y Alfonso Torregrosa) y una actriz (Lidia Navarro) representan una Europa sin rumbo, muy alejada de la imagen que envidia el sur, interpretado por cuatro jóvenes actrices (Ángela Cremonte, Sandra Ferrús, Carolina Lapausa, Marta Larralde).

Cuatro mujeres que nos hablan del odio, el racismo, y la violencia sexual que han vivido en primera persona, y que, pese a basarse en “tremendas” historias reales recogidas por Zin, “se alejan del buenismo y el victimismo”, y suponen un “canto a la vida”, dice Gómez de Segura.

“Son historias que agarran por la emoción”, apunta el director, pero “la puesta en escena no muestra jamás los horrores del mundo, aunque da cuenta de ellos”, añade Ortiz de Gondra.

Así, el vestuario y la luz transforman la escena, recordándonos unas veces a un nido, o un vientre, y otras a una corona de espinas, o una verja. Todo para garantizarnos “75 minutos de auténtica emoción”.

 

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