Entrevista a Albert Boadella

“Los enemigos son un alimento espiritual imprescindible para el artista”

El ex director de los Teatros del Canal regresa a los escenarios con su monólogo autobiográfico El sermón del bufón
Gema Fernández / Fotos: Jaime Villanueva|
Actualizado el Jueves 04/05/2017
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Cree que “lo peor para un artista es la indiferencia”. Por eso, en sus casi seis décadas de carrera como actor, dramaturgo y director, se ha mantenido fiel a un teatro independiente, tan cómico como crítico, y tan poético como controvertido. Su mente prodigiosamente satírica le ha convertido en una de las figuras clave del teatro contemporáneo desde su labor al frente de Els Joglars, que fundó con 19 años junto a Carlota Soldevilla y Anton Font.

Dice que no se subía a un escenario “de forma constante” desde 1975. Cuatro décadas después, y tras finalizar su etapa al frente de los Teatros del Canal, vuelve a hacerlo con El sermón del bufón, un monólogo en el que narra su “novelesca vida”, desvela algunos secretos y expresa sus pensamientos sobre lo divino y lo humano.

Titiritero contemporáneo

Como en el título de su nuevo espectáculo, suele utilizar términos como ‘bufón’ y ‘titiritero’ para denominarse, ¿por qué?
En la tribu en la que nací (Cataluña), me lo decían para humillarme, pero a mí me parece un oficio tan antiguo, digno y útil como el del médico. Por eso me gusta denominarme así.

¿Sobre qué versa su ‘sermón’?
Aprovecho una vida muy singular y novelesca, tanto en lo profesional como en lo personal, para relatar mi trayectoria vital y como artista con 56 años en este negocio. Básicamente, transmito los mejores momentos de mis obras y algunas experiencias personales. No hay que olvidar que, por cuestiones teatrales, se me instruyó un consejo de guerra; he pasado por la cárcel, de la que me escapé; estuve en el exilio; con la compañía Els Joglars he vivido varios atentados; y mantengo un rifirrafe con mi tribu bastante espectacular… Y creo que todo ese conjunto de cosas merece la pena compartirlas, no con un libro de memorias, sino subido a un escenario, que es mi propio espacio.

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¿Qué opinión le merece lo que está ocurriendo en esa tribu?
Me parece una deriva demente. Los dirigentes catalanes son unos desvergonzados que han jugado con los sentimientos de arraigo de la gente, induciendo a la población a la paranoia. Y mi opinión se constata en el hecho de que, desde 2006 no he vuelto a hacer ninguna de mis obras en Cataluña, ni he asistido a un acto público. Ellos me han considerado un muerto civil, y yo me he comporto como tal.

Sus críticas contra la profesión de actor son duras, ¿por qué?
Aunque parezca una paradoja, creo que está falta de libertad. Casi todos piensan exactamente lo mismo, están encadenados al pensamiento único: son izquierdistas, anticapitalistas, ecologistas… Responden a un mismo patrón, el del ideario ‘progre’. Parece que sólo quieren ser políticamente correctos, y eso es algo muy contradictorio en un oficio de pícaros, canallas y malditos. El teatro debería ayudarnos a reflexionar sobre nuestro entorno al margen de los tópicos y las creencias personales de un artista, que debe mantener una visión distanciada de los acontecimientos. Ésa es la función sanitaria del arte.

Pura controversia

Nunca ha tenido pelos en la lengua para hablar sobre ningún tema, aunque eso le haya creado muchos enemigos…
Presumo de ser independiente. No quiero quedar bien con todo el mundo, incluso, no me molesta quedar mal, y eso me da una enorme ligereza de equipaje, que me permite decir y hacer lo que creo o me apetece. Después de tantos años de profesión, ése es el consejo que le daría a un artista: evitar al máximo los compromisos, desarraigarse de las cosas y, sobre todo, de los intereses.

¿Lleva bien lo de ser un personaje tan controvertido?
Aunque a nivel personal prefiero tener amigos, profesionalmente creo que los enemigos son cruciales para un artista. Son la demostración de que su obra despierta interés, y lo peor para nosotros es la indiferencia. Por eso, cuando no he tenido enemigos, los he buscado, son un alimento espiritual imprescindible para el artista.

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¿Se siente más ligero al haber finalizado su etapa al frente de los Teatros del Canal?
Sería injusto decir que allí no tenía libertad de acción, pero era un cargo público, y eso siempre condiciona, aunque sólo sea mentalmente. Ahora he recuperado mi asilvestramiento, y lo muestro en El sermón del bufón.

Ese “asilvestramiento”, ¿le viene de niño?
Se podría decir que yo fui un pequeño delincuente. Montaba unas gamberradas terribles. Y alguna de esas trastadas reflejan lo que he acabado siendo de mayor, son la esencia de mi ‘yo’ artista.

¿Puede contar alguna de esas gamberradas?
En la función cuento, por ejemplo, que, como tenía dudas religiosas y era monaguillo, un día me hice pipí en el vino del cáliz, para ver si sucedía alguna cosa especial, pensando que el cáliz se fundiría en las manos del cura… Era un experimento científico-teológico (risas).

¿Y nunca se planteó dedicarse a otra profesión?
Cuando tenía 16 años y estaba terminando el Bachillerato en París, les dije a mis padres que quería ser diplomático, y ellos, que no podían costearme la carrera, me pidieron que pensase en otra cosa. Y creo que eso fue una fortuna para la diplomacia y para la sociedad, porque quizás hubiera organizado la III Guerra Mundial…
Soy feliz con mi profesión y jamás hubiera podido imaginar que mi vida fuera tan extraordinaria, emocionante y bella, y que estaría tan bien acompañado. Yo he vivido 40 años acompañado por el amor de una mujer, y hay poca gente en mi gremio que lo pueda decir, porque se acostumbra a cambiar de pareja con mucha facilidad. De hecho, a veces prefiero no contar lo agraciado que me siento porque generaría una envidia rayando lo peligroso.

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Sin pelos en la lengua


Uno de sus gritos de guerra es “¡Maldita pandemia progre!”, refiriéndose al gremio artístico al que pertenece. Pero no sólo ellos han sido blanco de su afilada lengua, de la que no se ha librado ni el actual Papa, al que ha calificado de “comediante frustrado”.

Franco, la Iglesia Católica o Jordi Pujol, al que ha denominado “capo mafioso”, también han sido severamente criticados en su etapa al frente de Els Joglars, lo que le ha granjeado numerosos enemigos y ha provocado su encarcelamiento y algún que otro atentado contra la compañía.

Pero es que Boadella entiende la sátira del poder como “un deber milenario”, como “parte de la genética más profunda” de la profesión. Y cree que dirigentes “tan radicales como Trump” son una “mina de oro” para los artistas. Y es que, en su opinión, “la maldad es teatral”, y “los titiriteros somos cuervos que aprovechamos las calamidades que sufre la sociedad”.

En cuanto a los enemigos, asegura que “son cruciales para un artista”, pues demuestran “que su obra cala hondo”.

BUFONADAS DESDE EL PÚLPITO

Dice que un escenario “siempre es un púlpito”, porque una de las intenciones básicas cuando subes a él “es moralizadora”. Y, en esta ocasión, esa vocación se multiplica cuando, incluso, se ciñe una estola litúrgica para dirigirse al público.

Tirando de ironía y sarcasmo, en El sermón del bufón Albert Boadella se interpreta a si mismo, desdoblando su personalidad entre el niño que fue y el viejo artista con más de cincuenta años de profesión a sus espaldas; entre el hombre indómito y el cívico, entre el histriónico y el reflexivo, para hablar de su “singular vida” y realizar un repaso mordaz al oficio de comediante.

Sobre el escenario muestra sus recuerdos de infancia y su etapa con Els Joglars, que ilustra con algunas escenas de las obras más polémicas; y los entremezcla con osadas reflexiones sobre la belleza y la transgresión, sobre los tabús de la modernidad y el estímulo que ejercen los enemigos, o sobre la realidad como supremo objeto del arte.

 

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