Adicción emocional

Ana Wagener protagoniza La voz humana, el desgarrador monólogo
de Jean Cocteau, en el ambigú del Pavón Kamikaze
Gema Fernández / Fotos: Vanessa Rábade|
Actualizado el Miércoles 08/11/2017
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A las órdenes de Israel Elejalde, la actriz Ana Wagener regresa al ambigú del Pavón Kamikaze con La voz humana, el monólogo que la transforma en una mujer enferma de amor, desesperada por la llamada de su ex.

“¿Para qué sirve el amor?”, se pregunta la afligida protagonista al inicio de la función, cuando sabe que la relación con su pareja se ha finiquitado en contra de su voluntad.

Sola en la oscuridad de su apartamento, se aferra al teléfono y a una voz, la de él (que el público no escucha), al otro lado del hilo telefónico. Es un personaje ausente, cuya presencia lo impregna todo a través de las reacciones de esta mujer profundamente enamorada; “una especie de dios inmisericorde, que conduce a la protagonista a las puertas del infierno”, y nos muestra, como relata Elejalde, “la falta de autoestima y la degradación casi patética a la que nos empuja la esperanza, por mínima que sea, de recuperar al ser amado”.

Y es que, en La voz humana, Jean Cocteau, su autor, habla del amor como si fuera una enfermedad que nos incapacita, o una adicción que nos anula. Y es La Wagener la encargada de personificar estos síntomas en un soliloquio al que se enfrentó con “un vértigo espantoso”, y que ha supuesto para ella un proceso “duro”, pero “maravilloso”, del que siempre ha ido de la mano de su director.

Tortuosa intimidad

Tras el “shock” que supuso para ella la propuesta de Elejalde, la actriz es feliz con este personaje, que le ha dejado “un poso muy profundo”, dándole confianza para enfrentarse sola al escenario y transmitir, cada noche, el vacío de esa pérdida tirando de “todo el dolor y la impotencia” de su memoria emocional, y con la ayuda de la voz de Edith Piaf, que suena mientras el público entra en la sala, y la coloca “en el lugar perfecto para arrancar la función” y “sostener” a un personaje lleno de “dignidad” y “generosidad” con el que “cualquiera, sea hombre o mujer, pueda sentirse identificado”.

Dolor sin género ni fronteras


El propio Jean Cocteau confesó que escribió La voz humana para que lo protagonizase su gran amiga Edith Piaf, pero ella no se atrevió a estrenarlo porque temía enfrentarse a un texto con tan enorme carga dramática sin que la arropasen los músicos. Así que la obra pisó un escenario por primera vez en 1930 con Berthe Bovy.

Casi tres décadas después, en 1959, Francis Poulenc compuso la adaptación operística para Denise Duval, y en 1964 vio la luz una grabación de la actriz francesa de culto Simone Signoret leyendo este monólogo.

Después llegaron también versiones cinematográficas y televisivas, que protagonizaron Anna Magnani, Ingrid Bergman o Amparo Rivelles, que anteriormente lo había hecho en teatro, a las órdenes de José Carlos Plaza.

En Madrid, Cecilia Roth fue una de las últimas actrices que lo interpretó, compartiendo versión operística en el Teatro de la Zarzuela con la soprano Felicity Lott. Fue en 2005, y ambas estuvieron dirigidas por Gerardo Vera. Y, como el dolor del amor no es patrimonio femenino, Antonio Dechent protagonizó una versión masculina en 2013.

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