Silvia Marsó

24 horas en la vida de una mujer

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“Soy la antítesis de una productora. Me gusta el teatro arriesgado e innovador”

En lo profesional, le gusta “el más difícil todavía”, los autores que entienden a la mujer y crean personajes femeninos complejos y contradictorios, y el teatro que hace pensar y provoca debate, ya sea en clave de comedia, de musical, de drama, o en verso. Por eso se estrena como productora en solitario con un espectáculo que reúne todas estas características: 24 horas en la vida de una mujer, un musical de cámara basado en la novela homónima de Stefan Zweig.

Apuesta por el riesgo

Hacía tiempo que no trabajabas en un musical, ¿tenías ganas?
Tenía muchísimo mono. Hace 17 años que no interpretaba un musical. Desde el Te quiero, eres perfecto, ya te cambiaré, con el que ganamos el Max en 2001. Desgraciadamente, en España no hay muchas posibilidades de hacer musicales de pequeño formato, y yo he querido apostar por ellos. En el fondo soy una cazaproyectos y, aunque esté mal que lo diga, cuando echo el ojo a algo, funciona.

¿Ese “buen ojo” te llevó a apostarlo todo por este proyecto?
Quería traer un espectáculo poco convencional y que nunca se hubiese visto aquí. Conocía la obra de Zweig y me enteré de que en París la habían convertido en musical. Fui a verlo por curiosidad, pero en el mismo instante en que acabó la función decidí que, pasara lo que pasara, iba a hacer esa obra. Ningún productor quiso arriesgarse, así que tuve que asumirlo yo, y no me arrepiento en absoluto. Llevamos 35 bolos por toda España, más un mes en La Abadía, y ahora estaremos mes y medio en el Infanta Isabel, para seguir con la gira hasta finales de este año, y debutar después en el Teatro Condal con una versión catalana, porque me hace ilusión interpretar en mi lengua materna. Merece la pena luchar por algo en lo que crees, porque al final acabas convenciendo a los demás.

Con Germán Torres y Felipe Ansola en una escena de 24 horas en la vida de una mujer.
En otro momento muy diferente de esa señora C.

¿Cómo es la Sra. C, tu personaje?
Es una aristócrata nacida entre algodones, pero no ha perdido el contacto con el dolor ajeno. Acaba de enviudar y sus hijos ya son mayores, y cae en una enorme depresión, que la lleva a viajar por Europa para salir de ese pozo, y en el Casino de Montecarlo descubre a un muchacho que ha perdido su fortuna y se quiere suicidar. Pero ella lo salva, y ese encuentro, que durará 24 horas, los marcará para siempre. Ambos descubrirán el sentido de sus vidas y la Sra. C tomará las riendas de su propio destino por primera vez, dejando de lado sus principios morales y dando rienda suelta a sus emociones, mostrándonos una historia conmovedoramente vital, en la que no faltan la lujuria, la pasión y el deseo.

Te gustan los personajes que rompen con las normas…
Es verdad. Ahí están Nora, Yerma, doña Rosita, Amanda Winfield… Tanto los personajes clásicos como los contemporáneos que he interpretado rompen con algo en un momento determinado de su vida. Y creo que es porque las mujeres aún tenemos muchas barreras que romper, y estos personajes se convierten en heroínas a pesar de ellas, por las circunstancias que viven.

¿Qué debe tener un proyecto para que te lances de cabeza a participar en él?
Sólo me importa que el espectador se lleve algo que le haga cambiar su planteamiento de la vida. Creo que el teatro tiene una obligación ancestral, que empezó con los griegos, de cuestionar la sociedad, de hacer pensar y provocar debate, y nosotros tenemos que seguir esa tradición. Eso para mí es la esencia del teatro.

¿Por eso decidiste complicarte la vida produciendo?
Me gusta el teatro arriesgado e innovador. Quiero hacer cosas que no sean fáciles y no se hayan hecho antes, y seguiré produciendo siempre que encuentre proyectos así, porque mi objetivo prioritario no es la rentabilidad, sino utilizar mis recursos para sacar adelante algo que otros no se atreven, precisamente porque son productos arriesgados. Soy la antítesis de una productora.

En tu opinión, ¿qué le hace falta a este país para que las artes escénicas reciban el impulso que necesitan?
Estoy muy decepcionada con mi país en el aspecto cultural. Hay tanto que cambiar… las leyes de mecenazgo, por ejemplo. Me gustaría que nuestros políticos se dieran cuenta del valor de la cultura para una sociedad y un país, pero España lleva un gran retraso y creo que va a costar muchos años que nos pongamos al nivel europeo.

Comenzaste muy joven en la profesión. ¿Cuándo fuiste consciente de que querías ser actriz?
A los diez años, cuando vi El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, algo me tocó por dentro. Me fascinó Ana Torrent, que era de mi edad, y entendí que allí pasaba algo muy profundo, aunque no sabía muy bien el qué. Fue entonces cuando tomé la decisión de ser actriz.

 ¿Y cuál fue la reacción en tu casa ante esta decisión?
Con catorce años, me permitieron matricularme en el Instituto del Teatro, que ya fue un gran logro. Y poco a poco fueron dándose cuenta de mi compromiso con la escena, vieron que me lo tomaba muy en serio y aceptaron que era mi elección.

¿Qué te han dado todos estos años de profesión?
Como decía Bernard Shaw: “el arte sirve para verse el alma”. Y ése es el gran aprendizaje que me llevo por pertenecer a esta constelación familiar del arte, a esta estirpe con más de dos mil años de existencia, que une a todos sus herederos por el afán de cuestionar nuestra condición de seres humanos. Es algo que hemos heredado, que merece nuestro respeto absoluto y que debemos cuidar. Y eso es lo que me provoca y da fuerzas para producir cosas como ésta. Ese compromiso con ese legado, con la estirpe.


Miembro de la “estirpe” por derecho

Tiene más vida pisando las tablas que fuera de ellas. Aunque la conocimos a través de la pequeña pantalla, donde cada semana se colaba como azafata-calculadora del Un, dos, tres…, rechazó “una oferta millonaria para convertirse en presentadora de televisión porque su objetivo era hacerse un hueco en eso que ella llama “la estirpe teatral”. Algo que ha conseguido, por derecho, tras casi cuatro décadas en los escenarios, un buen puñado de premios (como dos Ercilla), y títulos como Casa de muñecas, de Ibsen; El zoo de cristal, de Tennesse Willliams; La gran sultana, de Cervantes; o Yerma, y Doña Rosita la soltera, de Lorca.

Su nombre artístico es un homenaje a un grande: el mimo francés Marcel Marceau.



  • 24 HORAS EN LA VIDA DE UNA MUJER
  • Teatro Infanta Isabel: C/ Barquillo, 24
  • HORARIOS: Miércoles, jueves y sábados, 20:30h. Viernes, 19:00h. Domingos, 18:00h. 
  • FECHAS: Del 18 de abril al 3 de junio de 2018


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