Laura Maure
Periodista experta en comunicación corporativa y gestión cultural. Condenada a anhelar un escenario como hábitat de vida, compagina el ejercicio de la comunicación con proyectos teatrales. También puedes seguirla en su blog personal: www.comsicomsa.com/blog/

Crítica de El gran atasco

Un coche como una casa

27/05/2015 • 
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En la oscarizada película de animación Up, de Pixar, que todo el mundo recuerda con una sonrisa que asoma, siete minutos de introducción bastan para condensar la emoción de toda una vida y encoger el corazón de hasta los más rudos espectadores.

En el espectáculo El gran atasco, uno de los más rodados (nunca mejor dicho) de Mr. Kubik Producciones –germen del actual proyecto LaZonaKubik–, que ha vuelto a hacer un revival en el off del Teatro Lara, hay una reminiscencia de ese ‘tempus fugit’ y el mismo homenaje a una vida compartida.

Siendo propuestas completamente diferentes, la obra de los hermanos Sánchez-Cabezudo me llevó inevitablemente a esta referencia animada, en un principio quizá por ese ‘fast forward’ audiovisual que ambas utilizan como recurso, aunque luego he encontrado más coincidencias curiosas que me sirven para destacar elementos interesantes.

El decorado, el recipiente mismo de la acción y el todo que sustenta el desarrollo de la obra, es un elemento cotidiano y vital, que juega como objeto simbólico de algo que ata a la tierra, a lo material, y sostiene tanto el desarrollo de la acción como de los sentimientos. En Up, este elemento clave es una casa, insuflada de vida gracias a los globos, que remiten a la niñez, desafían al inmovilismo de la vejez, y mueven a la realización de los sueños. En el caso de El gran atasco, es un coche el que, curiosamente tratado como proveedor de libertad por el lenguaje publicitario desde los tiempos de Mad Men (época y referencias publicitarias, por cierto, utilizadas como marco narrativo de los audiovisuales de este montaje), paradójicamente es el que retiene, inmoviliza, ancla a los personajes.

El Gran Atasco_critica

Tanto uno como otro –la casa que despega el vuelo y el coche que no avanza–, constituyen elementos desnaturalizados y puestos patas arriba en sus funciones, como primer choque para el imaginario del espectador. Y, a la vez, son utilizados a modo de joyeros o marcos de desarrollo de una misma historia: la vida misma y el transcurrir de sus etapas.

Los detalles de la historia no los voy a desvelar. Su genialidad: el tratamiento de ésta y esos continuos golpes kafkianos que van forjando una narración al más puro estilo de teatro del absurdo. Un texto escrito a cuatro manos donde, además del talento familiar de Jorge, Alberto y Fernando Sánchez-Cabezudo, se vislumbra la chispa y la huella genuina de Alfredo Sanzol.

Sin olvidar el talento en la interpretación, una bien orquestada pareja formada por el propio Fernando Sánchez-Cabezudo y Ana Cerdeiriña, que hacen un trabajo gestual heredero de los mejores gags de Buster Keaton y llevan la fábula a un ritmo trepidante plagado de risas y carcajadas arrancadas al espectador, sin importar su edad. Ésta es otra de las virtudes de la obra, que utiliza un humor blanco e inocente, apto para todos los públicos –otra herencia de los grandes cómicos de la historia–, sin que ello le reste inteligencia y mordacidad a la propuesta.

Quizás he abusado de las referencias a la peli de Pixar, pero, unos días después y con un poco de imaginación, no me parecería descabellado ver cómo sacan volando el coche del escenario del Lara atado a unos cuantos globos. Es una imagen tan conmovedora como simpática. Dos atributos que definen muy bien la propuesta de Kubik, y que sin duda recomiendo a todo tipo de público para pasar un buen rato colmado de risas sanas. Si no les da tiempo a verla en el Lara, que ya está terminando, sigan al coche hasta su siguiente destino, que aún le quedan millas por delante.

 

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