José Antonio Alba
Jose es un espectador activo, enredado entre butacas y bambalinas, que siente la necesidad de expresarse y opinar sobre todo aquello que rodea al teatro, olvidándose de tecnicismos; su blog y su programa de radio dan fe de ello: En un entreacto

Mi suegra, Asier y yo

20/05/2015 • 
comparte

Aunque haya a quien le extrañe, yo adoro a mi suegra. Somos dos polos opuestos, eso no se puede negar, tenemos creencias absolutamente encontradas y líneas de pensamiento alejadas, pero entre ella y yo reina el respeto y la comprensión, nos escuchamos e intentamos llenar de tolerancia nuestra convivencia. Sin olvidar el cariño incondicional que profeso por ella, por supuesto. Mercedes, que así se llama, se ha desvivido por cuidarme y ofrecerme cuanto tiene desde el mismo momento en el que me conoció… También puede ser que nos llevemos bien porque vivimos a 13.000 kilómetros de distancia y nos vemos una vez al año, ¡quién sabe!

El caso es que ella y yo compartimos la misma pasión por el arte, y cada vez que viene a visitarnos a España, nos encargamos de tener preparado un plan teatral suculento, que se salga de lo habitual y que pueda llevarse en el recuerdo. A pesar de vivir en una ciudad que comparte nombre con la calle más teatral de Argentina, no llega hasta ella ni el 1% de lo que brilla en las marquesinas de la Corrientes de Buenos Aires, así que Mercedes siempre nos llega sedienta de escenario.

En dos de sus visitas a España hemos rizado el rizo y la hemos llevado a ver un par de espectáculos que estaba seguro le iban a incomodar, pero, bajo mi criterio, y sabiendo cuánto ama el teatro, no podía permitir que los dejara pasar, así que le pedimos que se sacudiera prejuicios de encima y se dejara llevar. Esfuerzo que entiendo complicado y que, sin embargo, ella hizo sin rechistar.

Uno de esos montajes fue aquel sublime Hamlet dirigido por Tomaz Pandur con Blanca Portillo como protagonista, espectáculo que degustó con ciertas reticencias, pero que le acabó por conquistar. El primero de sus dos encuentros con Asier Etxeandía. El otro, que es por el que nace este artículo, fue El intérprete, cuando habitaba las noches golfas del Teatro La Latina. Un espectáculo que, aunque algunos no lo crean, amo con toda mi alma de ‘amigo invisible’. Si rebuscáis en ese otro rincón en el que juego con las palabras y el teatro, En Un Entreacto, encontraréis todo lo que despertó en mí este fenómeno.

Pero prosigamos con la historia: Antes de llevar a Mercedes, le advertimos que Asier Etxeandía es un tipo sin pelos en la lengua, una especie de Sátiro escénico que juega a provocar, y que para disfrutarle hay que dejarle hacer, que chille, que salte, que cante, que baile, que nos excite, que blasfeme, que nos enternezca, que nos enamore, pero sin juzgarle, porque al final tan sólo es un niño encerrado en su casa jugando a ser artista. Ésa es su esencia.

Ella aceptó nuestro consejo con cierto miedo, para qué negarlo, pero lo importante es que aceptó, e incluso se divirtió cuando le dijimos que debía ensayar una coreografía que se tenía que aprender para bailar durante el show. Y ahí teníais a mi suegra con aquello del ¡Sacude, sacude!, a ritmo de Tú te me dejas querer.

Haceos una idea de lo que os cuento. Aunque para nosotros sea algo sin importancia, Mercedes viene de una ciudad anclada en unas tradiciones muy arraigadas y pendiente del “qué dirán”; donde lo diferente aún es caldo de rechazo, y eso es inevitable trasladarlo allá donde se va. Y que conste que Corrientes es una ciudad que amo como si fuera mía, pero a la que aún le quedan muchos complejos que superar… pero no estamos aquí para juzgar esto, sólo es un pequeño apunte para que os situéis.

Bien, pues, después de advertirla y ensayar con ella, nos marchamos al Teatro de La Latina dispuestos a dejarnos seducir nuevamente por los ojos maquillados de ‘el intérprete’.

El ambiente era electrizante. Todo el mundo estaba predispuesto a dejarse la piel, a vivir una experiencia única. Comenzó el espectáculo y, a pesar de que mi marido y yo lo gozamos con entrega, el corazón nos latía a mil debido a la preocupación (¿Estaría gustándole a Mercedes? ¿Querría marcharse? ¿Asier habría encontrado un nuevo ‘amigo invisible’ en ella?). Sabemos que con esa versión del Volver ya jugó una buena baza. Sonaron los primeros acordes del Tú te me dejas querer y la miramos como diciéndole “Ahora es el momento” y ella nos sonrió con nerviosismo, imitando los movimientos, entrando en el juego, y queriendo participar de la fiesta. Eso sí, con timidez y un tanto apabullada por la histeria general. ¡Tampoco íbamos a pedir que se desmelenara subida en una butaca!

Hay un momento en el show en el que Asier hace su particular versión del Padre Nuestro, a mí me entraron sudores fríos… Mercedes es profundamente religiosa, y ese instante podía dar al traste con toda la diversión. Preferí no mirarla, haciendo como que no pasaba nada, creo que hasta yo, que no soy de muchos rezos, lancé mi propia plegaria al cielo pensando que ahí había acabado todo, que la simpatía y el buen humor habían dado un portazo a Asier en las narices, y que lo que restaba del espectáculo se convertiría para mi suegra en una larga espera para volver a casa…

El resto de la función transcurrió con esa explosión de adrenalina que caracteriza a este espectáculo. Yo, que había dado por perdida a mi suegra a mitad de la representación, me dediqué a gozármelo solito, ya que estábamos allí no íbamos a desaprovechar el acto de comunión con el ‘Hombre Lobo’, ¿no?

¡Y llegó el final! El teatro entero puesto en pie, dando palmas, aullando, bailando como posesos, y Asier en escena cantando Simpathy For The Devil… Cuando, de repente, por el rabillo del ojo, veo algo próximo a mí que se agita frenéticamente al ritmo de los Rolling; y es que, en el barullo formado en ese éxtasis final, no me había percatado de que mi suegra –¡Sí, sí, Mercedes!– se había sacado su rebeca y la agitaba en lo alto como una loca, puesta en pie, mientras miraba a Asier con absoluto fervor. Di un codazo a mi marido para que mirara a su madre, estoy seguro de que nadie que la conozca ha visto jamás a Mercedes entregada de una manera tan libre y desprejuiciada. Y ese destello tan lleno de bella liberación se lo debemos a Asier Etxeandía y a El intérprete. Salimos del teatro y el entusiasmo la tenía desbordada. El brillo que reflejaban los ojos de Mercedes en ese instante es algo que guardo como un verdadero tesoro.

Desde entonces, he fantaseado con encontrarme a Asier y tener la ocasión de contárselo cara a cara. Él logró que, por un instante, mi suegra abrazara la libertad que siempre se ha negado a sí misma y ése es uno de los momentos de mayor hermosura que he vivido. Ver cómo los corsés personales, las trabas que nos ponemos y que nos impiden gozar como nos merecemos, pueden reventar si salta la chispa adecuada.

El intérprete encara estos días su recta final tras una extensa gira de dos años. Sirva esta anécdota, de la que estoy seguro habrá habido miles, para entonar un enorme GRACIAS a todo el equipo que lo ha hecho posible, por convertirlo en un acto tan íntimo y liberador como el que os he contado.

Nunca se sabe hasta dónde se puede llegar, ni el corazón de quién podemos tocar con nuestras acciones, incluso siendo un niño que regresa desde el año 1984 a cantar con sus ‘amigos invisibles’, vengan de la parte del mundo de la que vengan.

 

Deja tu Comentario

Normas de uso
Esta es la opinión de los internautas, no de ProgramaTe.com
No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
Reservado el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

 
PUBLICIDAD
En otros blogs
Claveles Amarillos
Camarero, hay un gamberro
en mi plato
Alicia Aragón
El tendedero rojo
Un coche como una casa
Laura Maure
Aplauso y Pateo
Cuerpos que hablan
Julio Provencio
Musicalmente hablando
Aladín, un multipremiado musical
Paco Dolz
PUBLICIDAD