José Antonio Alba
Jose es un espectador activo, enredado entre butacas y bambalinas, que siente la necesidad de expresarse y opinar sobre todo aquello que rodea al teatro, olvidándose de tecnicismos; su blog y su programa de radio dan fe de ello: En un entreacto

Crítica de Edipo rey

Los ojos de Edipo

Fotos: Luis Castilla|
22/06/2015 • 
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El Teatro de la Ciudad ha estado en boca de todos, y este fin de semana ha terminado temporada en La Abadía con la promesa de regreso de dos de sus tres montajes. Todos hemos hablado de esta estimulante iniciativa, de sus creadores (Miguel del Arco, Andrés Lima y Alfredo Sanzol), y de sus creaciones: las versiones de Antígona, Medea y Edipo rey, respectivamente. Tres montajes que han llenado líneas de opinión y charlas entre aficionados.

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Es complicado acudir a ver cualquiera de estos textos sin ideas preconcebidas, por su universalidad; cada cual tiene su versión interiorizada, pero creo que es sano intentar ir limpio de prejuicios y entregarse abierto ante las propuestas que se nos ofrecen. Sabemos que ninguno de los miembros de Teatro de la Ciudad elige el camino fácil, y menos el esperado, con lo cual en escena puede acontecer casi cualquier cosa.

En este caso, elegí visitar Edipo rey, quizás el menos mediático de los tres montajes, ya que Sanzol ha optado por confiar a sus actores de cabecera la puesta en escena del trágico destino del rey de Tebas: Juan Antonio Lumbreras, Eva Trancón, Paco Déniz, Natalia Hernández y Elena González. Una apuesta con garantías de éxito para lo que nos encontramos al visitar La Abadía.

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Digo esto porque la propuesta se mueve entre la contención y la desnudez. La contención en las interpretaciones, en la forma de desgranar el texto, en esa forma de mantener a los personajes sentados a una mesa que les parapeta ante el destino, ante su humanidad; que les obliga a economizar movimientos, a seleccionar gestos, a intensificar enfrentamientos; que les obliga a buscar y encontrar la necesidad de romper esa barrera cuando la crueldad del destino les hace no poder soportar más. Y el complemento perfecto ante este bloqueo físico es la desnudez, la del alma, la de la mirada, este Edipo rey que se desborda por los ojos, por la boca de sus intérpretes. Cinco almas expuestas, que se cosen a la piel de los múltiples personajes que desfilan ante este banquete con el que el destino se ceba, para después rasgarlas ante nosotros, haciéndolas sangrar desolación, lentamente, sin una sombra que les cobije, impidiendo a los personajes agazaparse entre penumbras para lamerse las heridas, que huyan de sus miserias, haciendonos testigos latentes del viaje interior que viven los personajes creados por Sófocles.

Sí es cierto que su inicio resulta excesivamente recitado, como si los actores estuvieran pasando texto en un calentamiento previo a la función, y se echa en falta cierta organicidad sobre la escena. Pero, pasado ese escollo inicial, el montaje de este Edipo depara un inesperado y curioso viaje. No es una propuesta que vaya a satisfacer a todo el mundo, Alfredo Sanzol opta por un confinamiento interno de los personajes que los reduce a la mínima expresión, dejando a un lado cualquier atisbo de “desmelene trágico”, imagino que buscando ofrecer la esencia de la tragedia, esa brizna que desencadena el resto.

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Cinco actores enfrentados a la inmensidad de un texto que conmociona por muchas veces que sea escuchado. Una singular reducción, que trae aspectos reseñables, como el coro a dos voces interpretado por Natalia Hernández y Eva Trancón, excelente, casi hipnótico. O la ruptura con el estereotipo de un Edipo corpulento, de voz atronadora, de presencia solemne, que se inclina más por mostrarnos la debilidad humana frente al destino de la mano de un Juan Antonio Lumbreras defendiéndolo con una creciente evolución, y vomitándonos desde el interior de sus ojos, incluso cegados, la inmensa desolación de este miserable objeto del destino. Contrapunto perfecto para el atronador, este sí, Creonte de Paco Déniz, o la desolada y potente Yocasta de Eva Trancón. Sin olvidarnos de Elena González de la que uno queda con ganas de más o la siempre eficaz Natalia Hernández.

Si me pidieran que me quedara con algo de esta función sería con los ojos de los intérpretes que integran este Edipo Rey, el fuego creciente que vemos avivarse en su interior, la contención, la furia, la rabia, la impotencia, esa brutal implosión que es el resumen de la riqueza de este montaje que días después, reposada la función, aún se asoman a nuestro interior como una súplica de liberación ante un destino tan cruel.

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