Alicia Aragón
Gestora cultural frustrada, refugiada en el ascenso y caída del ladrillo. Trato de esconderme en las salas alternativas, pero mi pelo naranja me delata. Defensora a ultranza de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, creo que no falta talento; faltan medios.

Crítica de Pedro y el capitán

Los verdugos también lloran

Fotos: Daniel Garrido|
22/04/2015 • 
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En su infinita sabiduría, Mario Benedetti eligió el género teatral para hablar de la tortura. Teniendo en cuenta que sólo asumió el rol de dramaturgo en cuatro ocasiones, Pedro y el capitán podría haber sido el mero capricho de un autor que, por encima de todo, era poeta. Sin embargo, una pieza que estaba destinada a pasar de largo dentro de la inmensa producción del uruguayo se convirtió en un símbolo atemporal de la lucha contra la violencia de Estado. El diálogo entre los dos únicos personajes en escena es tan universal, que su discurso es adaptable a cualquier régimen político que use la extorsión física en sentido maquiavélico, como un medio justificado por un fin. Se ha dicho que Benedetti la escribió con la dictadura argentina de Videla en mente, pero creo que es más justo pensar que el contexto es la represión que dio paso a los años más oscuros de Uruguay de la mano de Bordaberry.

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Pedro y capitán ha sido llevada a las tablas en España (además de en nueve países más) en varias ocasiones. Ahora, en la sala Off de La Latina es posible conocer este brillante texto gracias a dos actores de Círculo Teatro: el cordobés Antonio Aguilar, inquebrantable torturado, y el gaditano José Emilio Vera, que le da la réplica como torturador. Uno de los esfuerzos por los que hay que admirar a estos actores es la práctica del castellano rioplatense en escena, y aunque el uso de este dialecto tiene alguna tara, se trata de un guiño que el público agradece. En su papel de funcionario dialogante que finalmente queda abrumado por el arrepentimiento, Vera convence por completo, mientras que la defensa de la dignidad por parte de Aguilar es conmovedora y estimulante.

Toda la acción se desarrolla en la sala de interrogatorios. En ningún momento vemos la picana de los “muchachos eléctricos”, pero sus descargas son una sombra detrás del escenario, y sus mordidas se van haciendo cada vez más visibles en el cuerpo del torturado acto tras acto. El capitán trata de sonsacar a Pedro datos sobre sus compañeros, pero éste se mantiene firme. La lección de fortaleza mental que nos transmite Pedro a pesar del tormento demoledor al que le están sometiendo es enorme, y Aguilar maneja sus temblores, ataques de ansiedad y pérdidas de conocimiento de forma creíble. Le vemos pasar del silencio despreciativo del primer acto a reafirmarse en sus convicciones, incluso con humor, y aceptar su sacrificio antes de perder definitivamente el pulso, no sin antes desmontar a su interlocutor y tener una conversación imaginaria con su mujer que haría turbarse al espectador más pasivo.

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Pero, además de esa fidelidad a unos principios, está la evolución del torturador, cuyo paroxismo psicológico resulta espectacular en la piel de Vera. Las razones estúpidas de esa elección laboral infame, fundamentada en el sádico que todos llevamos dentro, o la justificación que el capitán se da a sí mismo para poder mirar a sus hijos a la cara y dormir a pierna suelta le eximen de toda redención posible. Toda la obra está plagada de frases de belleza escalofriante, como “usted me ofrece que viva como un muerto. Y antes que eso prefiero morir como un vivo”, en boca de Pedro; o “yo no soy un monstruo insensible, no lo soy todavía, pero, en cambio, ya no me acuerdo de cuándo era buen muchacho”, palabras del capitán. Una pieza que remueve los escrúpulos desde la sobriedad escénica, sólo con un texto espléndido y dos actores que saben lo que hacen.

 

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