Alicia Aragón
Gestora cultural frustrada, refugiada en el ascenso y caída del ladrillo. Trato de esconderme en las salas alternativas, pero mi pelo naranja me delata. Defensora a ultranza de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, creo que no falta talento; faltan medios.

Crítica de Los gatos pardos

Los gatos ya no tienen miedo

28/05/2015 • 
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Cuando cae la noche, los defectos se diluyen en la oscuridad. Pero, cuando estas imperfecciones transcienden el plano físico y revelan algún trastorno psicológico, deben buscar un lugar propicio para expresarse sin ser tachado de inadaptado. Y así lo hacen en Los gatos pardos Carmina y Kiko, dos personas ancladas en un pasado que les impide seguir adelante, y que pretenden superar su miedo a avanzar acudiendo a un local de swingers. De este modo, La Gatomaquia se convierte cada viernes y sábado hasta finales de mayo en un recinto de supuesto intercambio sexual, donde la compañía El Dilema Teatro busca la respuesta que nos haga libres.

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Tanto Carmina (una exultante y cachondísima Cristina Pineda), como Kiko (los ojos de loco de Ángel Paisán te hechizarán), tienen su propio drama personal. Ella es una pija que busca emociones fuertes y sexo extremo porque un accidente le provocó un daño cerebral que le hizo perder la capacidad de sentir miedo. Carecer de ese mecanismo de defensa la vuelve temeraria, pero se siente vulnerable, porque no encaja en un mundo donde el temor es la clave para establecer ciertos límites. Él es un indigente que cree que está muerto y debe ayudar a alguien para poder cruzar al otro lado, aunque, en realidad, su síndrome de Cotard es sólo un delirio.

Ambos llegan a un pacto sencillo, a la par que rocambolesco: Kiko tratará de ayudar a Carmina a morir, para que ésta experimente el miedo, y así él podrá cruzar al otro lado por haber realizado una buena obra. Pero el destino les tiene reservado otro plan…

Uno de los logros de Los gatos pardos es que los pormenores de la historia se van revelando de forma lenta, arrojando pequeños haces de luz sobre un público confundido, cuyo interés crece a medida que se descubren más detalles.

Caminando por un guión dinámico, lleno de guiños a esa tonadillera a la que se le enamoraba el alma cantando a un marinero de luces (Mercedes Cima la recrea con una excéntrica versión de la madame del garito), los actores representan una pieza divertida, pero que en el fondo es más profunda de lo que aparenta.

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Hugo Álvarez Gómez, responsable del texto y la dirección, y su equipo, demuestran que es posible plantear un tema de gran hondura sin caer en rebuscadas preguntas existenciales, pedantería intelectual y colores planos. Los gatos pardos es una fiesta con tintes setenteros donde suena música y se bailan coreografías muy locas, y en la que el destino ha querido reunir dos almas en pena.

No quiero cerrar esta crítica sin hacer mención a La Gatomaquia. Se trata de una casa de planta baja donde no encontraremos escenario ni butacas, y mucho menos un vestíbulo o un ambigú. El público pasa casi de inmediato de la calle a un salón vintage cuyas paredes están salpicadas de espejos sol y bancos afrancesados. La función comienza a representarse antes incluso de tomar asiento, invitando a los asistentes a curiosear por una pequeña exposición de juguetes eróticos, y durante la obra el público baja unas escaleras y se adentra en una cueva subterránea y húmeda con muros encalados de grano grueso. Para rematar la sesión tras la caída del (inexistente) telón, una fuente de rica sangría persuade a los asistentes a intercambiar impresiones con los actores y actrices. Todo un descubrimiento.

 

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