Alicia Aragón
Gestora cultural frustrada, refugiada en el ascenso y caída del ladrillo. Trato de esconderme en las salas alternativas, pero mi pelo naranja me delata. Defensora a ultranza de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, creo que no falta talento; faltan medios.

Crítica de De noche justo antes de los bosques

Hasta que pase la tormenta

21/05/2015 • 
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No son pocos los autores a los que su entrega en vida a mimar las letras sólo ha sido puesta de relieve una vez metidos en la caja de madera. Uno de los casos de éxito póstumo más rotundos dentro de la dramaturgia francesa es el de Bernard-Marie Koltès. Obsesivo de la soledad del individuo, vanguardista en las formas y con tendencia al vértigo del realismo, la fama le alcanzó tras agotar sus días víctima del SIDA. De noche justo antes de los bosques fue su primer texto para las tablas, un monólogo que busca a la desesperada un interlocutor y que hasta hace poco pudimos ver en la sala Nueve Norte.

No es la primera adaptación de este texto –ni probablemente sea la última– que hemos visto en Madrid (recordemos la dirigida por César Barló e interpretada por José Gonçalo Pais, así como la llevada a escena por Óscar Miranda a través de la piel de Juan Ceacero). De noche justo antes de los bosques es un capricho para el director comprometido y el actor sensible, por eso a Antonio Aguilar le queda tan bien este traje, cuyo patronaje recae en Carlos Alonso Callero.

La versión del tándem Alonso-Aguilar destaca por su tono, rebajado en agresividad gestual, lo cual no resta fuerza al mensaje. Se empatiza más desde la compasión y el desparpajo que Aguilar genera con su cercanía y su interpelación amable porque vemos que estamos igual de rotos por dentro que él. De este modo, el mensaje se acomoda sin tensiones y se evita llamar la atención manteniendo una postura tensa, que genera una sensación violenta en el público.

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No es una coincidencia que este áspero monólogo de Koltés se haya convertido en un must teatral desde hace un par de años. La fuga de jóvenes españoles a otros países con mejores expectativas laborales es lo que trae esta obra de finales de los setenta al contexto actual. Hablamos de ese goteo continuo, como la lluvia que empapa al protagonista, de licenciados novatos, pero también de profesionales curtidos, que ven cómo la sombra del paro se cierne sobre un futuro al que han dedicado horas y horas de café y biblioteca, o por el que han aceptado puestos de trabajo precarios de ‘date con un canto en los dientes’.

Desde que el agujero de nuestras finanzas y nuestra apatía se hicieran más y más grandes, miles de personas se han colado dentro. Muchas de ellas han aceptado el rol de emigrante sobrevenido, con la mala fortuna de pertenecer a esa generación –“la mejor preparada de la historia”, valga la paradoja– que tiene que volverse extranjera, a la que miran como si fuera una intrusa, y que encima tiene que aguantar estoicamente que la tachen de vaga y jaranera. De noche justo antes de los bosques es una obra tristemente necesaria porque nadie sabe hasta cuándo durará este ir y venir de maletas. Quizá la tormenta dure mucho tiempo.

 

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