Alicia Aragón
Gestora cultural frustrada, refugiada en el ascenso y caída del ladrillo. Trato de esconderme en las salas alternativas, pero mi pelo naranja me delata. Defensora a ultranza de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, creo que no falta talento; faltan medios.

Crítica de Nuestras mujeres

¿Cuánto vale tu amistad?

Fotos: David Ruano|
01/10/2015 • 
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Aunque estemos delante de las personas con las que hemos compartido nuestros mejores y peores momentos durante más de dos décadas, la amistad tiene sus límites. Pero, más allá de cuánto puedas soportar que te salpique un asunto tan delicado como la violencia de género, está el dilema de ser completamente sincero delante de tus amigos, algo que generalmente evitamos para no ser tachados de maleducados. Y eso que hay confianza.

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En Nuestras mujeres, de Pentación Espectáculos, Gabino Diego, Antonio Garrido y Antonio Hortelano forman el trío actoral que acaba reprobándose mutuamente en carne viva, sin edulcorantes ni anestesia. Ahora bien, la tragedia no es tan fiera como la pintan, de lo que dan cuenta las carcajadas de los espectadores.

La chispa la hace saltar Simón (Hortelano), que llega tarde a su habitual partida de cartas con sus amigos Max (Garrido) y Pablo (Diego) con una noticia bomba: ha estrangulado a su mujer. A partir de ese momento, el posicionamiento de Max y Simón, completamente inverso, dará paso a un debate sobre las fronteras de la lealtad cuando ésta se topa con la justicia. Las máscaras caen a gran velocidad. Tanta, que incluso los personajes piden tiempo para poner en orden sus ideas. El movimiento de las decisiones en tan fluido que obliga al público a permanecer atento a la acción y a los diálogos que ésta genera.

Sin duda, una situación de este estilo obliga a tomar partido sin medias tintas. ¿Delación o complicidad? Al menos, la decisión no resulta inamovible. De hecho, la catarsis de Max y Simón en esta hora y media es de máster de psicología.

Gabino Diego mantiene a raya su personaje, que discurre calmado y conciliador hasta que pierde los nervios y explota definitivamente cuando le tocan lo que más quiere con una fuerza interpretativa de aplauso en pie.

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Por su parte, Antonio Garrido maneja con pericia el carácter inmaduro de un personaje que no para de mirarse el ombligo, pero que finalmente termina por enfrentarse a sus miedos, no sin antes reconocer que no sólo le gustan los cantantes muertos y que incluso le ha dado una oportunidad al rap (momento WTF? de la función). Antonio Hortelano, aún siendo el demiurgo de las circunstancias, tiene menos texto en comparación con sus compañeros, lo que en cierta manera le eclipsa y no facilita el verle brillar con total esplendor.

Aunque las mujeres a las que se refiere el título de esta obra son invisibles, su existencia es la razón de ser de la misma, puesto que todo gira alrededor de las relaciones amorosas de los tres protagonistas, de cómo las viven, de qué hacer para mejorarlas y de lo pequeño o grandes que les hacen sentir. La combinación de estos tres perfiles del hombre (como individuo, a través de la amistad con otros hombres y por su amor hacia las mujeres) ponen a prueba los escrúpulos del público, que se da cuenta de que la indulgencia y la intolerancia admiten una nutrida escala de grises.

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