Alicia Aragón
Gestora cultural frustrada, refugiada en el ascenso y caída del ladrillo. Trato de esconderme en las salas alternativas, pero mi pelo naranja me delata. Defensora a ultranza de que las mejores esencias se guardan en frascos pequeños, creo que no falta talento; faltan medios.

Crítica de Chefs

Camarero, hay un gamberro
en mi plato

Fotos: Rafa Márquez|
20/06/2017 • 
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La gastronomía ha sido elevada a la categoría de arte. Si bien las croquetas deconstruidas de mi madre podrían pasar por un cuadro expresionista, palabras como alginato, rotavapor o sous vide le suenan a invocación demoníaca. En una época en la que muchos restaurantes se han convertido en laboratorios en los que se trabaja más con la química que con el corazón, comer ha pasado de ser una mera función fisiológica a convertirse en una carísima experiencia sensorial. Este cambio operado en el noble acto del yantar ha convertido en dioses a un puñado de nombres propios que son capaces de derrochar maestría y creatividad entre fogones.

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Sin embargo, la tentación de la vanidad es demasiado poderosa, así como la tendencia del ciudadano medio a sobrevalorar casi todo. Algo así debieron pensar los creadores de Chefs, las mentes pensantes de Yllana. En algo más de un cuarto de siglo han sido capaces de destripar varios universos, desde el ambiente de los ejecutivos agresivos en Brokers al imaginario del cine negro en The Gagfather, entre otros muchos. Y esta vez quisieron meterse con algo más sabroso: los cocineros.

El artista culinario en el que pone el foco esta desternillaste comedia comienza la obra en la cresta de la ola. Es un hombre de éxito con un ego que no le cabe en el cuerpo y que es reverenciado gracias a sus recetas revolucionarias. Sin embargo, una serie de calamitosas casualidades unidas a su falta de inspiración hacen que los galones que le convirtieron en un referente en su campo, la ‘niu cuisin’, vayan cayendo y cercenando su fama.

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Al pobre le pasa de todo. Primero, la máquina de última generación que usa para preparar sus platos resulta ser un fiasco. Después, recurre a la familia en un intento por volver a sus orígenes, pero la tradición familiar vuelve a enterrarle. Y, al tratar de competir mano a mano con otro cocinero, acaba metido en el más profundo de los lodos. Finalmente, tras una larga travesía por el desierto de la humillación, la crítica vuelve a abrazarle y a encumbrarle, cerrando el círculo.

La función sirve un estofado de tópicos, aderezado con repeticiones sobre un lecho de situaciones previsibles. Un plato único que, lejos de dejar al público con hambre, provoca una indigestión de carcajadas. El pinche que se agacha y deja a la vista sus encantos traseros cual fontanero arreglando una tubería, o el estornudo con tropezones sobre el inimitable ‘cucú de cuacuá’ son sólo algunas pizcas de ese humor escatológico que odiamos en público y amamos en privado.

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El surtido de clichés es interminable, y marida a la perfección con el resto del menú. Los lugares comunes que hacen referencia a la restauración internacional son de toma pan y moja, ya sean materializados en un cocinero asiático algo bajito y con mucha mala leche o en su homólogo francés, con un acento gorgoteante y más preocupado por los asuntos del amor que por la cuestión gourmet.

En escena, los tres actores (César Maroto, Carlos Jano y Rubén Hernández) y la actriz (Susana Cortés) protagonistas se las ingenian para traspasar sin titubeos la cuarta pared, ya sea organizando una cena romántica a lo First Dates o montando la bronca en italiano para, acto seguido, liarse con los espectadores a golpe de espagueti. En ocasiones, el nivel de hilaridad alcanza cotas tan altas, que uno no sabe si al elenco se le escapa la sonrisa de verdad o es sólo una estrategia para meter al respetable en harina.

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Todos aprueban con nota, pero, si tengo que destacar un rol, escogería al del crítico. Sus movimientos afectados y su rictus constreñido hicieron que se me saltarán las lágrimas de risa.

En este espectáculo, la gestualidad más macarra y los efectos especiales más locos y cutres sustituyen a la palabra, con excepción de algunas onomatopeyas exentas de cualquier floritura. Todo esto es, en resumen, el sello inconfundible de Yllana, y el ambiente festivo que se respira en el Teatro Alfil gracias a esta obra de cinco tenedores.

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