Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Las heridas del viento

Una partida con el recuerdo

Fotos: Sergio Parra|
22/05/2014 • 
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Cambiar la visión que se tiene de alguien es aún más difícil cuando esa persona ya no está. El debate está sólo en el recuerdo, luchando con todo lo que se ha ido recibiendo antes y después de su muerte. Gestionar esa herencia (en todos los sentidos) puede ser aún más complejo si por el camino te encuentras con personas inesperadas, en las que el recuerdo del que se fue ha dejado una marca física y emocional que uno nunca hubiera sospechado.

LasHeridasDelViento_critica

Es en ese tablero de juego de la memoria donde Juan Carlos Rubio centra sus Heridas del viento, llevando al protagonista (Daniel Muriel) a un reencuentro totalmente inesperado con la vida de su padre ya fallecido. Un tablero de ajedrez en el que el propio Rubio se sitúa: en la casilla de la esquina, la de la torre, donde no tiene lugar la dura batalla entre la reina y el alfil… pero al fin y al cabo dentro del juego, en esa posición crucial que observa y marca los límites de la partida.

Todo ello hace que el espectáculo tenga un carácter marcadamente personal, con el autor y director haciendo la dedicatoria inicial, y recibiendo las últimas palabras emocionadas de los personajes antes de terminar la pieza. En el recorrido entre estos dos potentes momentos, ese carácter autorreflexivo llega en cambio a hacerse excesivo, y el relato por momentos se poetiza o sobrecarga de manera descompensada. A pesar de ello, la dirección acierta en su minimalismo, en su recurso a la ironía, y en su juego de entradas y salidas entre la ficción y el trato con el público.

Con todo, lo mejor Las heridas del viento es el impresionante viaje interpretativo de una Kiti Mánver, que atrapa al espectador en el vibrar de su emoción y su presencia, haciendo innecesario cualquier otro detalle escénico. En la hora y veinte de actuación consigue transmitir la profundidad de toda una vida a través de sus ojos vidriosos y su palabra certera, desengañada y cargada de sentimiento. Con la música de Mina de fondo, Mánver se transforma en aquel maravilloso Burt Lancaster de Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno) de Luchino Visconti, observando en el presente ajeno las huellas que el pasado ha dejado en su vida, ya a punto de concluir.

En definitiva, es ahí donde acaba jugando el espectáculo: en la reconstrucción del recuerdo del personaje de Mánver gracias al ímpetu de su joven interlocutor. Las tablas con que finaliza la partida son sin duda consentidas por la reina, vencedora desde un inicio. Pues de lo que se trata es de aceptar que el rey murió antes de que este combate empezara, y que ahora ya sólo se puede luchar contra la herida que esa pérdida dejó.

 

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