Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de El encuentro

Un extraño acuerdo

04/03/2014 • 
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En plena resaca del falso documental sobre el 23-F y en la misma semana del debate parlamentario sobre el estado de la nación, llega a punto a Madrid El encuentro, montaje de Julio Fraga sobre el texto de Luis Felipe Blasco Vilches, que ya se estrenara en Sevilla hace un mes.

José_Manuel_Seda_Eduardo_Velasco_el_encuentro


La obra permite al espectador adentrarse en la sala de estar del chalé donde tuvo lugar la histórica entrevista entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo previa a la legalización del PCE, y rememorar el diálogo, las disputas, la tensión y los acuerdos entre los dos políticos en aquella noche crucial para la Transición.

La acción transcurre entre dos apretones de manos: el inicial, cargado de reticencias e incógnitas; y el final, garante de un acuerdo limitado pero productivo, que supuso un cambio de rumbo en las relaciones institucionales y sociales a nivel nacional. En medio, la discusión entre dos hombres solitarios, conscientes de llevar consigo una importante carga ideológica e histórica.

Como corresponde a una buena recreación de este encuentro, el ambiente que les rodea se viste con los numerosos cigarros que acompañan la conversación. Una nube de humo, en perfecta conexión con las copas que bailan en las manos de los protagonistas, va hilando el avance de la noche, bañada con un juego de luces y colores (responsabilidad del propio Fraga) que remiten directamente a la estética de final de los setenta.

Del mismo modo, toda la dirección del espectáculo busca sumergirnos en aquel instante de 1977 de la forma más fidedigna posible. José Manuel Seda y Eduardo Velasco, a pesar del encorsetamiento inicial, van calando progresivamente en la personalidad de Suárez y Carrillo, consiguiendo una asimilación física y gestual sorprendente. El tempo de la obra va ganando fuerza e interés conforme avanza (haciendo incluso innecesarios esos ‘rounds’ que marcan con campana los saltos en el transcurso de las horas), y los personajes generan un magnetismo especial con su diálogo.

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Sin embargo, el texto no acaba de permitir que esa evolución explote y llegue a un verdadero clímax escénico. Blasco Vilches acierta siempre que concentra la atención del espectador en las estrategias dialécticas de los dos políticos –al fin y al cabo, sus verdaderas armas a lo largo de sus vidas–: en ese combate entre victimismo y conciliación, en las tácticas que van directas al orgullo del otro, en el uso de las arrogancias particulares de los protagonistas. Por ello, se echa de menos un mayor desarrollo de ese hilo, que se pierde entre recursos dramáticos no del todo explotados (coches que pasan, pistolas escondidas…) y reflexiones extemporáneas.

De hecho, este último aspecto es el que parece más delicado en la obra: la perspectiva histórica de escritura juega en el filo del anacronismo, atribuyendo términos y argumentos llenos de sentido hoy en día (la memoria histórica, el papel de ETA en la Transición…) que resultan difíciles de imaginar en aquella conversación.

Siendo tan rica la situación de partida, al espectador le cabe esperar que va a descubrir más de aquella conversación secreta y desconocida; una recreación más atrevida, que se alejara de la imagen que la historia ha creado de aquellos dos políticos y de aquel momento histórico (y que se refleja explícito en un aparte -algo moralista- a mitad de función).

Así, el acuerdo llega y sabemos que es Suárez quien sale ganando, pero nos queda la impresión de habernos perdido una parte del enfrentamiento dialéctico que ha llevado al desequilibrio final de la balanza. Por ello, en el apretón de manos que cierra la obra quedan en el aire muchas incógnitas sobre ese extraño acuerdo, flotando suspendidas con el humo del tabaco que llena la atmósfera de la sala.

 

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