Julio Provencio
Espectador desde pequeñito. Maravillado por la escena, ya sea en primera fila, palco o gallinero, se ha ido metiendo en los teatros de las ciudades por las que ha pasado, para aprender, para disfrutar… ¡y para criticar!

Crítica de Ensayando Don Juan

Tropezando con Don Juan

Fotos: Owain Shaw|
10/02/2014 • 
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Afirmaba Albert Boadella en alguna de las entrevistas previas al estreno de Ensayando Don Juan que mientras las pretensiones sociales de grupos como Els Joglars se acabaron traduciendo en un teatro burgués, quienes de verdad vinieron haciendo un teatro popular fueron creadores y actores como Arturo Fernández o Lina Morgan.

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Si bien cabría preguntarse qué entiende Boadella por “teatro popular” (él que, por ejemplo, conoce bien qué supuso ese concepto en los propósitos de Vilar en la vecina Francia), lo cierto es que Ensayando Don Juan nos pone desde el primer momento de cara a los dos aspectos que el director parece conjugar en esa expresión: lo social y lo teatral. Para intentar ser lo más justos posible con él, quizá lo sensato sea seguir esos caminos que nos marca la obra (la sociedad y el teatro de hoy en día), tanto en su texto como en la puesta en escena, y descubrir hasta qué punto consigue conducirnos por ellos.

Para hablar de las hipocresías igualitarias de la sociedad de nuestro tiempo, Boadella recurre al Don Juan Tenorio de José Zorrilla y lo sitúa en mitad de un conflicto generacional completamente estereotipado. Por un lado, una directora teatral que considera obsoleto ese texto, y pretende convertirlo en una alegoría vanguardista de los “automatismos del machismo” ibérico. Por otro, el actor curtido en tablas –interpretado por Arturo Fernández-, que se aferra a los valores de galantería y romanticismo de los versos de la obra. El texto de Zorrilla se convierte así en vehículo de entrada y salida en la dramaturgia de Boadella para esa lucha entre la directora moderna y el actor clásico.

Cualquier buen amante de Els Joglars no puede por menos que suponerle aún a Boadella aquella ironía mordaz hacia la sociedad contemporánea de la que hicieron gala en tantos espectáculos. Por eso, uno la busca de nuevo en este título con cierta desesperación, confiando en que se le está escapando algo de lo que el director propone. Desgraciadamente, no la encuentra: la ironía requiere complejidad, diversos niveles de lectura, buenas dosis de autocrítica… nada que la bufonería de Boadella no conozca bien.

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Sin embargo, el espectador no encuentra aquí más que reduccionismos atrevidos sobre una multitud de aspectos sociales: bravuconadas en ocasiones cargadas de ingenuidad, que no esconden más que el puro gesto explícito de contar chistes machistas, de contraponer el “Cara al sol” a los “rojillos exhibicionistas”, o de postular lo que debe ser un ‘hombre’ como dios manda. En definitiva, una simple carta blanca a todo eso que el ala más conservadora de nuestro país expresa hoy en día sin tapujos: la crítica socarrona y despreciativa al feminismo, a la homosexualidad, a la juventud que sale a la calle… y la reivindicación de unos modos de antaño, donde, por ejemplo, el hombre “cuida y respeta” a la mujer teniendo que salvarla de los malos tratos de otros (jugando en esa fina línea entre el honor galante y el machismo).

Por momentos, parece que Boadella hubiera querido jugar con Arturo Fernández, con su presencia en una obra así, con los estereotipos sociales con los que viene cargada su figura para explotarlos en el escenario del Canal. Nada más lejos de la realidad: los lenguajes de Boadella y (el que él le atribuye a) Arturo Fernández van en perfecta consonancia, dando lugar a un resultado rudimentario. En esta ocasión, el hecho ir de cara y poner en escena las frases más provocadoras (que tantos buenos frutos dio otras veces) desvela una propuesta carente de interés y dinamismo.

En el fondo, no es otro el resultado de analizar simplemente el lado puramente teatral del espectáculo: ni interés ni dinamismo encontramos en la propuesta escénica de Boadella. Con una sala de ensayos como espacio de acción, buena parte de la obra se basa en la controversia entre dos formas de hacer teatro: la vanguardia atropellada, chusca y confundida de una directora llamada Angélica, trasunto de la Liddell (que tres meses antes de este estreno ocupó durante tres días la misma sala roja), y el teatro del que el personaje de Arturo Fernández parece ser superviviente.

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Boadella apuesta sin pudor por el segundo bando (desde el inicio, pues desde su entrada todos los personajes están juzgados y cerrados, factor que con Joglars nunca fue inconveniente), dejando perlas como “el teatro es otra cosa” o “el teatro es el teatro”, y dando lecciones bastante contradictorias, que tan pronto caen en el historicismo, como se pasan al divismo más chabacano. El espectador recibe cientos de frases sobre cómo hacer teatro desde un espectáculo que incumple casi todos los consejos que parece sugerir: el ritmo es plano, no hay evolución, se pasa de una idea a otra sin continuidad, los actores esperan en línea su réplica sin apenas interacción real, Arturo Fernández (de quien se dice que consiguió cortar los ‘chatines’ del texto) prepara a su manera las réplicas y las bromas que hace (con ese “Ven acá” gesticulado…)

En resumen: una mala dirección escénica de un texto hecho a la medida de lo que Albert Boadella supone que es el público de Arturo Fernández. Al final, “gana el teatro de verdad”, la feminista se viste de mujer seductora, y el galán octogenario enamora a la más joven (requiebro de renuncia y galantería incluido). Claro que, oyendo el magnífico monólogo final de Arturo Fernández con el texto de Zorrilla, uno se hace la pregunta fundamental: ¿por qué en lugar de que este “Don Juan de Boadella” (así lo ha llamado él) convertido en una fallida lección machacona de cómo se debe montar un Don Juan, no se ha atrevido el director a montar directamente el Don Juan Tenorio con Arturo Fernández de protagonista?

El resultado, por la calidad individual de los actores y por lo que apunta este Ensayando Don Juan (incluyendo esos giros homosexuales del Megías o del propio Fernández bailando un peligroso pasodoble con Janfri Topera), hubiera sido sin duda mucho más interesante.

 

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